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De los 130 partidos políticos registrados actualmente en Mali, 20 contienen en sus siglas las palabras “renacimiento” o “renovación” —los 110 restantes enumeran el repertorio conocido: “democracia”, “desarrollo”, “solidaridad”, etcétera.

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De pronto, caminando por la capital Bamako —en medio de las alcantarillas abiertas, los enjambres de motocicletas Jakarta, las mujeres con una tina de mercancías en la cabeza y un bebé amarrado a la espalda y todo lo demás que uno pueda acertadamente imaginarse de las ciudades africanas—, te topas con una glorietita absurda a medio pintar y en ella la escultura en fibra de vidrio de un cocodrilo erguido y sonriente dominando un balón de futbol, rodeado de unos botes de basura con los eslóganes de la última campaña electoral: “Vota por la renovación”.

Me sorprende la glorietita por lo aleatorio de este gesto que busca enderezar de algún modo el espacio público recurriendo a una estética de parque de diversiones con motivos africanos. Pero sobre todo me llama la atención el mensaje: no deja de parecerme que hay una desproporción en los términos de la ecuación. Por un lado, la sutileza técnica del procedimiento electoral —que se nos ha vuelto incuestionable como último resguardo de la legitimidad política— y, por el otro, el desboque mesiánico anunciando el comienzo de una nueva época. Es como si los visionarios febriles de antaño hubieran decidido un día cortarse las barbas, ponerse traje y corbata, y salir en busca de conversos como quien vende seguros de vida.

La palabra revolución ha prácticamente desaparecido del vocabulario político —los acontecimientos recientes en el norte de África han azuzado sólo moderadamente las sensibilidades subsaharianas que, salvo contadas excepciones, festejaron sus debidas transiciones al multipartidismo desde los noventa. Abundan, en cambio, las referencias a las reformas, los amaneceres, la esperanza, el renacimiento y la renovación. Se recicla con cierta regularidad la idea de que algo está a punto de cambiar. Los discursos políticos retratan, ineludiblemente, la historia como una sucesión de grandes desenlaces y comienzos. Pero lo que se nota más en África que en otros lugares es lo poco que se dice sobre la naturaleza, la dirección o el mecanismo de la transformación que se proclama. Como si todo mundo supiera de antemano a qué debe parecerse el futuro y estuviera de más hacer la precisión: el futuro es moderno y lo moderno es lo que llamamos “Occidente”.

El futuro no es un tiempo sino un lugar. Renovación y renacimiento son palabras que se bastan solas, se volvieron fines en sí mismos. Lo que conmueve y moviliza al electorado es anunciar el hecho formal de que una nueva época está por comenzar. A diferencia de la idea de revolución, la transformación que se anuncia no se concibe como mediada por un conflicto armado, no hace falta alterar las condiciones sociales o económicas. En realidad se trata de un acontecimiento en el orden de lo cultural o de lo moral. Su motor no es el interés colectivo de una clase social, sino unas ansias difusas y contradictorias de redimir al hombre negro y al continente africano.

Es verdad que las nociones de renovación y renacimiento tienen connotaciones y genealogías distintas. La primera se encuentra sobre todo en África francófona (como renouveau y renouvellement). Existen partidos de la renovación en casi todos los países de África Occidental, pero el término no parece indicar ninguna clase de orientación ideológica o compromiso con algún programa particular de gobierno. Creo que la palabra llegó con la literatura marxista de divulgación que se distribuyó en los sesenta en los países que optaron por el socialismo y la cooperación con la URSS. En Mali, por ejemplo, me lo he encontrado en los manuales del partido que explicaban a la juventud cómo marchar hacia la génesis de un hombre nuevo. Y en menor medida en los discursos de la dictadura militar de Moussa Traore (1968-1990) a la que con cierta regularidad le daba poner en duda la moralidad de los servidores públicos y —en una mezcla light de Islam y Estado totalitario que algunos recuerdan con nostalgia— enviaba un policía a buscar a tres testigos honorables que pudieran dar fe de la buena conducta moral y social de sus funcionarios. En esos casos se hablaba de campañas de renovación. En todo caso, el término parece hasta la fecha expresar un impulso relativamente vago de purificación o purga fundado en argumentos morales.

Creo que no es exageración decir que la mitad de los países de África subsahariana cuentan con un Partido del Renacimiento Africano, con ligeras variaciones en los nombres. Con frecuencia se sitúa el origen de la doctrina del renacimiento africano en el discurso “I am an African” del ex presidente sudafricano Thabo Mbeki, mismo que creó el Instituto del Renacimiento Africano y definió el sentido de dicho renacimiento como una combinación de democracia, crecimiento económico, influencia geopolítica, y florecimiento cultural y científico. Pero antes de que el término adquiriera este uso más bien liberal ya llevaba tiempo circulando. Se encuentra en los discursos del movimiento sudafricano de la Conciencia Negra que se opuso al apartheid en los años sesenta. Y los líderes de éste se inspiraron a su vez en autores caribeños como Frantz Fanon y Aimé Cesaire y sobre todo en los autores norteamericanos de los años treinta que se identifican con el Harlem Rennaisance. Para ilustrar esta cercanía entre los intelectuales de la diáspora y la primera generación de políticos africanos baste recordar que W.E.B. Dubois murió en Ghana donde cenaba cada semana con el presidente Nkurumah, o que Cesaire y el presidente Senghor estudiaron juntos en París. De esta genealogía intelectual —que por cierto tiene mucho de americana y cristiana— deriva gran parte de lo que hasta la fecha sigue siendo la forma corriente entre las elites africanas de articular las experiencias de la esclavitud, el colonialismo y en general la posición de África frente al mundo.

Esta historia intelectual acarrea también una serie de premisas y hábitos retóricos que reconstruyen viejos laberintos ahí donde uno esperaba encontrar la nitidez del borrón y cuenta nueva. La doctrina del renacimiento africano retoma, por ejemplo, el tema del hombre negro como un sujeto incompleto, violado en lo más profundo de su ser y en espera de un momento triunfal de entrada a la plenitud. Adolescente. Una visión que nos hemos cansado de reprochar a Hegel y a Sarkozy, pero que los profetas del renacimiento africano reiteran a su manera: África y los africanos no han logrado todavía ser. La doctrina recupera también el hábito de evocar un pasado africano glorioso e intacto —previo a la llegada de los blancos y todos sus males— que debe renacer. Es decir, el renacimiento es concebido como la entrada a una nueva época de desarrollo y abundancia, pero que debe poder ser reconocida como realmente africana. No en el sentido obvio de acontecer en el continente, sino en el sentido de emanar de la tradición, los usos y el talento africanos. No es difícil ver que este doble mandato desemboca rápido en un callejón sin salida, tiene algo de paradójico. Es como decir: “Vuélvete tú mismo”.

En 2010, con la celebración de los cincuentenarios de las independencias en todas las ex colonias francesas subsaharianas, la idea del renacimiento cobró nuevos bríos. En Senegal se construyó una escultura en bronce, enorme y espeluznante, de una pareja saliendo de un volcán con un niño sobre los hombros: “África emergiendo de siglos de ignorancia, racismo e intolerancia”, según la describió Abdoulaye Wade, el presidente senegalés. Una lista de intelectuales africanos de izquierda —entre ellos, Samir Amin y Aminata Traore— no tardaron en firmar un manifiesto criticando la hipocresía de este “monumento al renacimiento” y denunciar la continua injerencia francesa en los asuntos africanos durante estos 50 años de “dizque” independencia.

Más que los cincuentenarios, fueron las elecciones históricas en Guinea y Costa de Marfil a finales de 2010 las que desataron las expectativas de inaugurar una nueva época. La gente se dejó seducir por las imágenes que la cadena Africable transmitió en toda la subregión: al cumplir 50 años, África Occidental, donde existe ya libre tránsito transfronterizo y una política monetaria común entre ocho países, se volvería también un bloque enteramente democrático. En eso había quedado el renacimiento: multipartidismo y crecimiento económico. Pero pasó lo que pasó y la crisis postelectoral en Costa de Marfil adquirió para el público de toda el África francófona el sentido de una lucha simbólica entre “Occidente”, personificado en la figura de Alassane Ouattara, y “África” representada por Laurent Gbagbo. Mostrando que en momentos de crisis ése sigue siendo el eje fundamental de interpretación de lo político.

Creo que la idea de una modernidad alternativa, africana, capaz de formular y defender sus propias verdades, debe ser tomada en serio. Pero también pienso que la insistencia en la africanidad es inversamente proporcional a la independencia real que se tiene no sólo para tomar decisiones sino para concebir posibilidades. El pensamiento está sitiado por la doble exigencia de parecerse a Europa y de recuperar África, por lo dos lados se topa con muros igualmente rígidos e inhóspitos a la imaginación. Mientras no se resuelva esta oposición, el gesto mecánico de evocar renovaciones y renacimientos, que expresa más frustración que expectativas, no podrá adquirir ningún significado más allá de un festejo del multipartidismo, el pavimento y los negocios.

Natalia Mendoza Rockwell. Candidata al doctorado en antropología por la Universidad de Columbia. Es autora del libro Conversaciones en el desierto: cultura, moral y tráfico de drogas.