Es un acontecimiento de enorme significación que el gobierno mexicano le haya conferido al escritor Mario Vargas Llosa la Orden del Águila Azteca. Durante muchos años el Premio Nobel de Literatura fue visto como el apologista de las tecnocracias modernizadoras de América Latina, un epígono del neoliberalismo que oprimía a los pueblos. Sin embargo, ahora que el Consenso de Washington ha pasado, varios gobiernos latinoamericanos han adoptado políticas abiertamente antiliberales. De Buenos Aires a Caracas campea el populismo, el indigenismo y otros colectivismos. No obstante, el descalabro ideológico de los partidarios a ultranza del libre mercado creó el espacio simbólico para que Vargas Llosa pudiera ser finalmente reconocido como uno de los más grandes escritores en lengua española. El credo que defiende ha pasado de la ofensiva a la defensiva. México, sin embargo, lo celebra. Tal vez ello se deba a que aquí, como señalara en 2005, “aunque la palabra ‘liberal’ sigue siendo todavía una mala palabra de la que todo latinoamericano políticamente correcto tiene la obligación de abominar, lo cierto es que, de un tiempo a esta parte, ideas y actitudes básicamente liberales han comenzado también a contaminar tanto a la derecha como a la izquierda en el continente de las ilusiones perdidas”.1 Mientras que un grupo de intelectuales y artistas argentinos protestaron airadamente porque Vargas Llosa abriría con un discurso inaugural la feria del libro de Buenos Aires, en estas tierras no hubieron protestas por la condecoración que se le confirió, ni tampoco se saboteó el debut del escritor como actor en su propia obra teatral, Las mil noches y una noche en Bellas Artes.
Me parece que la defensa que hace el peruano del liberalismo es capital. Lo es porque ha renunciado al ensueño romántico de la comunión. La suya es una concepción modesta de lo que el liberalismo puede y debe hacer en el mundo. La comparación en este respecto con Octavio Paz, otro gigante, es instructiva. En 1989, en el discurso de aceptación del Premio Alexis de Tocqueville, Paz escribió: “El liberalismo democrático es un modo civilizado de convivencia. Para mí el mejor entre todos los que ha concebido la filosofía política. No obstante, deja sin respuesta la mitad de las preguntas que los hombres nos hacemos: la fraternidad, la cuestión del origen y la del fin, la del sentido y el valor de la existencia”.2 En los cincuenta había afirmado en El laberinto de la soledad: “El liberalismo es una crítica del orden antiguo y un proyecto de pacto social. No es una religión, sino una ideología utópica; no consuela, combate; sustituye la noción del más allá por la de un futuro terrestre. Afirma al hombre pero ignora una mitad del hombre: ésa que se expresa en los mitos, la comunión, el festín, el sueño, el erotismo. La Reforma es, ante todo, una negación y en ella reside su grandeza. Pero lo que afirmaba esa negación —los principios del liberalismo europeo— eran ideas de una hermosura precisa, estéril y, a la postre, vacía. La geometría no sustituye a los mitos”.3
¿Pero por qué tendría que responder el liberalismo a la mitad —o a un cuarto— de las preguntas que nos hacemos? ¿Qué tipo de oráculo nos imaginamos que es? Para quien anhele la comunión el liberalismo será, indefectiblemente, deficiente. Lo notable es que, como señalan Maarten Van Delden e Yvon Grenier en un libro reciente, a contracorriente del anhelo romántico, Vargas Llosa no espera que el liberalismo responda a todas nuestras dudas existenciales. No puede ni debe decirnos de dónde venimos, ni cuál es el fin de nuestras vidas; se conforma con la paz, la cooperación y la civilidad y abandona la pretensión de que todos seamos hermanos. No es poca cosa; tampoco es un ideal estéril o vacío. El peruano le exige menos a esa “doctrina abierta”, cuyos preceptos básicos son la democracia política, la economía de mercado y la defensa del individuo frente al Estado. Como señalan Van Delden y Grenier, para el novelista el liberalismo “no ofrece más, ni menos, que una guía para concebir mejores políticas públicas. Las ideas y la cultura son centrales para Vargas Llosa, pero la política no necesariamente es central para las ideas y la cultura, lo que significa que todavía existen amplias esferas de la vida que deben ser impermeables a las consideraciones políticas”.4
Como Paz, Vargas Llosa también reconoce el carácter intangible de las ideas del liberalismo: “democracia política y mercados libres son dos fundamentos capitales de una postura liberal. Pero, formuladas así, estas dos expresiones tienen algo de abstracto y algebraico, que las deshumaniza y aleja de la experiencia de las gentes comunes y corrientes”. Sin embargo, de ahí no concluye que el liberalismo sea insuficiente. El triángulo tiene una amplia base en la convivencia cotidiana de los hombres. Para él, “el liberalismo es más, mucho más que eso. Básicamente, es tolerancia y respeto a los demás, y, principalmente, a quien piensa distinto de nosotros, practica otras costumbres y adora otro dios o es un incrédulo”.5 El basamento de la libertad es el engañosamente modesto ideal de la tolerancia. Y la tolerancia, empezando por la religiosa, es uno de los grandes ausentes en la historia de las sociedades latinoamericanas desde la independencia. Lo que nos ha faltado en esta parte del mundo no son ideales de fraternidad o anhelos de autenticidad, sino más bien el plebeyo, mediocre, hábito de tolerar aquello que nos desagrada.
Vargas Llosa en cierto sentido es un romántico más radical. Lo es porque para él el individuo, y su mundo interno, tienen absoluta primacía. El individuo, “ese personaje al que los liberales consideramos la piedra miliar de la sociedad”. Lo es, también, porque cree que la libertad “se mide en el seno de una sociedad por el margen de autonomía de que dispone el ciudadano para organizar su vida y realizar sus expectativas sin interferencias injustas”. Las personas tienen preguntas existenciales, no las sociedades. Buscan respuestas en su fuero interno, no de manera colectiva. Cuando la búsqueda del origen se convierte en una empresa compartida degenera en nacionalismo u otras cosas peores. En Vargas Llosa la geometría no ha emasculado al arte; simplemente ha encontrado su lugar.
José Antonio Aguilar Rivera. Profesor-investigador del CIDE. Su más reciente libro es La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970.
1 Mario Vargas Llosa, “Confesiones de un liberal”, Letras Libres, mayo 2005.
2 Octavio Paz, Poesía, mito, revolución, Edit. Vuelta, México, 1989, pp. 61-62.
3 Octavio Paz, El laberinto de la soledad, Postdata, Vuelta a El laberinto de la soledad, FCE, México, 1994, pp. 139-140.
4 Maarten Van Delden e Yvon Grenier, Gunshots at the Fiesta. Literature and Politics in Latin America, Vanderbilt University Press, Nashville, 2009, p. 201.
5 Vargas Llosa op. cit.