A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Durante algunos periodos de la historia, la revolución se ha esparcido por ciertas regiones o alrededor del mundo como un fuego salvaje, pero estos momentos no se dan muy a menudo. Viene a mi mente 1848, cuando los levantamientos que propiciaron la Segunda República Francesa envolvieron a toda Europa. Pienso también en 1968, cuando las demostraciones de lo que podríamos llamar la Nueva Izquierda tomaron al mundo por asalto: México, París, Nueva York y cientos de ciudades presenciaron la revolución antibélica orquestada por los marxistas y otros grupos radicales. Incluso la gran revolución proletaria y cultural de China puede ser incluida en este recuento. En 1989 una ola de descontento impulsada por alemanes del Este, que querían pasarse al Oeste, generó un levantamiento en Europa Oriental que terminó por derrocar al régimen soviético.

image2049Type1

Cada uno de estos sucesos tiene su propia explicación. Los levantamientos de 1848 intentaron establecer democracias liberales en las naciones afectadas por las guerras napoleónicas. En 1968 se trató de reformar radicalmente la sociedad capitalista. 1989 tuvo como eje el derrocamiento del comunismo. Claro que todos fueron más complejos, y variaron de país a país, pero al final las razones detrás de cada uno de ellos pueden ser condensadas en una o dos frases.

Algunas de esas revoluciones causaron un enorme impacto. 1989 alteró el balance del poder del mundo entero. 1848 fue un fracaso en su momento —Francia regresó a la monarquía cuatro años después— pero sentó las bases de cambios políticos posteriores. 1968 produjo pocas cosas perdurables. Lo interesante es que aunque en cada uno de los países en que se dieron estos sucesos existieron diferencias significativas en los detalles, todos compartieron principios medulares en un momento en que otros países estaban abiertos a esos cambios, al menos hasta cierto punto.

El contexto de los levantamientos actuales

Si observamos las revueltas, el área geográfica parece clara: los países islámicos del norte de África y la península arábiga han sido el foco principal de estos levantamientos, en particular el norte de África, donde Egipto, Túnez y Libia están sumergidos en crisis profundas. Por supuesto, muchos otros países islámicos han sufrido eventos revolucionarios que no han escalado al punto de amenazar al régimen o a sus dictadores, al menos hasta ahora. Por otra parte, ha habido pequeños brotes de sucesos similares en otras regiones. En China ha habido pequeñas manifestaciones, y Wisconsin está agitado debido a los recortes presupuestales. Pero ninguno tiene una conexión con lo que está sucediendo en Medio Oriente. Lo de China fue algo pequeño y lo de Wisconsin no se inspiró en El Cairo. Así que lo que tenemos es una revuelta en el mundo árabe que, hasta hoy, no se ha esparcido más allá de sus fronteras.

El principio clave que parece estar impulsando los levantamientos es la sensación de que los regímenes, o un grupo de individuos al interior de los regímenes, han privado a la gente de sus derechos políticos y, más importante, económicos: en pocas palabras, que se han enriquecido más allá de lo permisible. Esto se ha expresado de muchas maneras. En Bahrein, por ejemplo, los chiítas (que representan a la mayoría de la población) se levantaron en contra de la familia real, que es suní: en Egipto se levantaron contra la figura de Hosni Mubarak; en Libia contra el régimen y la figura de Muammar Kadhafi y su familia. Pero, ¿por qué está sucediendo todo esto ahora?

Una de las razones es el gran cambio de regímenes en la región de los cincuenta hasta principios de los setenta, cuando los países islámicos crearon regímenes para reemplazar a los gobiernos extranjeros golpeados por la Guerra Fría. Desde principios de los setenta la región ha gozado de bastante equilibrio, salvo por Irán en 1979, en el sentido de que los regímenes —y las personalidades que se erigieron en la fase de inestabilidad— se estabilizaron y crearon gobiernos que difícilmente podían ser alterados. Kadhafi, por ejemplo, derrocó a la monarquía libia en 1969 y ha gobernado durante 42 años de manera ininterrumpida.

Con el tiempo cualquier gobierno dominado por un grupo reducido de personas utiliza el poder para enriquecerse. Hay pocos que pueden resistir 40 años. Es importante reconocer que Kadhafi fue, alguna vez, un auténtico revolucionario pro soviético. Pero, poco a poco, el entusiasmo revolucionario se apaga y en su lugar emerge la avaricia, junto con la arrogancia del poder perpetuo. Este principio prevalece también en las áreas de esa región en las que no ha habido cambios de gobierno desde la Primera Guerra Mundial, aunque, de manera interesante, con el tiempo el régimen aprende a repartir un poco la riqueza. Hasta ahora, lo que floreció en la región han sido gobiernos e individuos clásicamente cleptocráticos.

Si queremos definir esta ola de inconformidad, especialmente en el norte de África, debemos hacerlo como un levantamiento en contra de regímenes —y especialmente individuos— que llevan gobernando demasiado tiempo. Y agreguemos que estos individuos planean mantener el poder y el dinero instalando a sus hijos como herederos. El mismo proceso se está dando, aunque con variaciones, en la península arábiga.

Este es un levantamiento en contra de los revolucionarios de las generaciones anteriores. Las revoluciones llevan anunciándose ya varios años. Las revueltas de Túnez, sobre todo las que triunfaron, esparcieron el fervor revolucionario. Como en 1884, 1968 y 1989, condiciones políticas y culturales similares generan eventos similares que son detonados por el ejemplo de un país que luego se disemina. Eso es lo que está sucediendo en 2011.

Una región sensible

Todo esto está sucediendo en una región especialmente sensible. La guerra entre Estados Unidos y la Jihad, como en las anteriores oleadas revolucionarias, posee implicaciones geopolíticas amplísimas. En 1989, por ejemplo, significó el fin del imperio soviético. En este caso, la pregunta importante no es por qué se están dando estos movimientos, sino quién sacará provecho de ellos. No creo que estas revoluciones sean parte de una vasta conspiración de los islamistas radicales para tomar el control de la región. Una conspiración de esa envergadura sería identificable fácilmente, y las fuerzas de seguridad de los países la hubieran destruido rápidamente. Nadie organizó las oleadas revolucionarias del pasado, aunque existen teorías de la conspiración al respecto: surgieron gracias a condiciones específicas y siguiendo el ejemplo de algún incidente.

Sin duda ciertos grupos trataron de tomar ventaja del asunto, con mejor o peor resultado. En este caso, cualquiera que sea la causa de los levantamientos, no existe duda de que los islamistas radicales van a tratar de sacar provecho de la situación. ¿Por qué no hacerlo? Es un razonamiento lógico y natural para ellos. Que puedan lograrlo es un tema más complejo, pero es obvio que lo están intentando. Son un grupo grande, transnacional y disparatado, educado bajo métodos conspirativos. Esta es su oportunidad para forjar una amplia coalición internacional. Así que, como sucedió con los comunistas tradicionales y la Nueva Izquierda en los sesenta, ellos no provocaron el levantamiento, pero serían estúpidos si no trataran de aprovecharse de él. Agregaría que también Estados Unidos y Occidente están intentando encauzar el curso de las revueltas. Este es un juego difícil para ambos lados, en especial para Estados Unidos, que juega de visitante. Pero aunque no hay duda de que los islamistas desean tomar el control de las revoluciones, eso no significa que lo harán, ni que esas revoluciones triunfen. Recordemos que 1848 y 1968 fueron sendos fracasos y que aquellos que quisieron controlarlas se quedaron sin caballo que montar. Recordemos también que no es fácil controlar una revolución. Como vimos en 1917, en Rusia, no gana necesariamente el grupo más popular, sino el mejor organizado. Y por lo general no se sabe quién es el más organizado sino hasta después.
Las revoluciones democráticas tienen dos fases. La primera consiste en el establecimiento de la democracia; la segunda en la elección de los gobernantes. El ejemplo de Hitler sirve como advertencia sobre cuál es el tipo de gobierno que una democracia joven puede producir, ya que él llegó al poder mediante mecanismos democráticos y constitucionales y luego abolió la democracia frente a un público que lo vitoreaba. Así que tenemos tres problemas. El primero es la reacción contra el régimen corrupto. El segundo es la elección en sí misma. ¿Y el tercero? Estados Unidos debe recordar que, aunque aplaude la creación de una nueva democracia, ésta quizá no se desarrolle como esperaría.

En cualquier caso, el tema de fondo es si las revoluciones triunfarán a la hora de reemplazar a los regímenes anteriores. Consideremos por un momento el proceso de una revolución, empezando por diferenciar una manifestación de un levantamiento. Una manifestación es simple y sencillamente una gran masa reunida para dar y escuchar discursos. Esto puede molestar al régimen y puede también ser la semilla de eventos más serios pero, en sí misma, no significa gran cosa. A menos que la manifestación sea lo suficientemente grande como para paralizar una ciudad; fuera de eso, es simplemente un acto simbólico. En el mundo islámico se han dado muchas manifestaciones que no condujeron a nada; consideremos Irán, por ejemplo.

Resulta interesante resaltar que las revoluciones generalmente son protagonizadas por los jóvenes, como en 1848, 1968 y al principio de la de 1989. Esto es normal. Los adultos que tienen familia rara vez se lanzan a las calles para enfrentar a los tanques. Sólo los jóvenes tienen el coraje o la falta de juicio necesarios para arriesgar sus vidas y defender una causa que quizá esté perdida.

Sin embargo, para triunfar, necesitan el apoyo de otras clases en algún punto. En Irán, uno de los momentos clave de la revolución de 1979 se dio cuando los comerciantes salieron a las calles para apoyar a los jóvenes. Una revolución sólo de jóvenes, como el caso de 1968, raramente triunfa. Una revolución requiere una base más amplia, y debe ir mucho más allá de las manifestaciones. Eso sucede cuando la manifestación verdaderamente confronta a la policía y al ejército. Si la manifestación se dispersa, entonces no hay revolución. Si confronta a la policía y al ejército, y continúa haciéndolo aunque le disparen, entonces el asunto entra en fase revolucionaria. Por eso, las imágenes de manifestaciones pacíficas no son tan significativas como los medios nos quieren hacer creer: las verdaderamente importantes son aquellas imágenes en las que la gente sigue firme a pesar de los disparos.

La clave de una revolución
Todo esto nos conduce al evento clave de cualquier revolución. Los revolucionarios no pueden vencer a hombres armados. Pero si esos hombres armados, todos o una parte, se pasan al lado revolucionario, la victoria es posible. Éste es el evento clave. En Bahrein las tropas dispararon sobre los manifestantes y mataron a algunos. La gente se dispersó y luego se les permitió seguir con las manifestaciones. Eso fue una revolución contenida. En Egipto la policía y el ejército se enfrentaron entre ellos y éste apoyó a los manifestantes debido a diversas cuestiones. El cambio era inevitable. En Libia los militares se encuentran divididos. Cuando esto sucede se ha llegado a una bifurcación en el camino. Si la división en el ejército es igualmente dura y profunda en ambos lados, el asunto puede devenir guerra civil. De hecho, uno de los caminos triunfales de la revolución es por medio de una guerra civil, ya que convierte a los manifestantes en soldados, por decirlo de alguna forma. Es lo que Mao hizo en China.

Es bastante común que el ejército se divida. Si la división crea una fuerza antirrégimen abrumadora, esto conduce al éxito de la revolución. Siempre hay que ver si la policía se une o no a los manifestantes. Sucedió en 1989, pero apenas en 1968. Sucedió de modo ocasional en 1848, pero la balanza siempre estuvo del lado del Estado. Por lo tanto, la revolución falló. Este acto, el que la policía y el ejército se pongan de lado de los manifestantes, es lo que marca el triunfo o el fracaso de una revolución.

Por lo tanto, para regresar al tema anterior, la pregunta más importante en torno al rol del fundamentalismo islámico no es su presencia en el público, sino su grado de penetración en la policía y el ejército. Si hubiese alguna conspiración en marcha, seguramente se centraría en infiltrarse en el ejército, esperar a los manifestantes y atacarlos.

Aquellos que argumentan que estos levantamientos no tienen nada que ver con el radicalismo islámico pueden tener razón en el sentido de que los manifestantes son jóvenes amantes de la democracia. Pero no se dan cuenta de que los estudiantes no pueden ganar por sí solos. Sólo pueden ganar si el régimen lo permite, como en Egipto, o si otras clases sociales y al menos una parte de las fuerzas armadas —gente que sabe cómo usar las armas— se les unen. Por lo tanto, ver a los estudiantes en la televisión no dice gran cosa. Ver a los soldados dice mucho más.

El problema con las revoluciones es que la gente que las empieza rara vez las termina. Los demócratas idealistas que rodeaban a Alexander Kerensky en Rusia no fueron los que consolidaron la revolución. Ésos fueron los bolcheviques. En los países musulmanes, enfocarse en los estudiantes es desviarse del foco de atención. Como sucedió en la plaza de Tiananmen, no eran los manifestantes los que importaban, sino los soldados; si ellos hubieran cumplido sus órdenes no hubiera habido revolución. Desconozco el grado de penetración del islamismo en el ejército libio, por nombrar un caso. Sospecho que el tema tribal es más fuerte que el teológico. Sospecho que en Egipto el régimen se había salvado porque compró más tiempo. Lo de Bahrein tuvo más que ver con la influencia iraní sobre la población chiíta que con la labor de los jihadistas sunís.

El peligro del caos
Sospecho que algunos regímenes van a caer, y que van a llevar al país en cuestión al caos. El problema, como estamos viendo en Túnez, es que no hay nadie del lado revolucionario preparado para tomar el poder. Los bolcheviques tenían un partido bien organizado. En estas revoluciones los partidos están tratando de organizarse durante la revolución, lo que significa que los revolucionarios no están listos para gobernar. El peligro no está en el islamismo radical sino en el caos, seguido por la guerra civil o por los militares tomando el control para estabilizar la situación, o por el surgimiento de un partido islámico radical que tome el control —son los únicos entre el público que tienen un plan y están organizados. Así es como las minorías toman el control en una revolución.

Todo esto es pura especulación. Lo que sí sabemos es que ésta no es la primera oleada de revoluciones en el mundo, y que muchas de ellas fallan, dejando ver sus efectos décadas después en nuevos regímenes y culturas políticas. Sólo hemos visto un triunfo claro en el caso de Europa del Este, pero eso fue una lucha contra un imperio que se estaba desmoronando, así que pocas lecciones se pueden extrapolar de esa historia al caso musulmán. Entretanto, al observar la región, recordemos que no hay que poner atención en los manifestantes, sino en los hombres armados. Si apoyan al Estado la revolución fallará. Si algunos cambian de bando, existe una posibilidad de triunfo. Y si los manifestantes ganan y se declara la democracia, no asumamos que lo que venga le va a gustar a Occidente —democracia y cultura política pro occidental no son la misma cosa. Todo sigue en marcha y existen pocas certezas. Ahora es una cuestión que debe ser analizada país por país, en donde la mayoría de los gobiernos se las están arreglando para mantenerse en el poder.

Existen tres posibilidades. La primera es que, como en 1848, un movimiento grande pero desorganizado se desmorone y su eco resuene décadas después. La segunda es una revolución como la de 1968, que no derrocó ningún régimen y sólo dejó algunos remanentes culturales de mínima trascendencia histórica. La tercera es una situación como la de 1989, que derrocó el orden político de toda una región y que creó un nuevo orden. Si tuviera que adivinar, creo que nos estamos enfrentando a algo similar a lo que pasó en 1848. El mundo árabe no va a experimentar un cambio masivo de regímenes como sucedió en 1989, pero los efectos no serán tan efímeros como los de 1968. Como en 1848, esta revolución no logrará cambiar al mundo islámico, ni siquiera al mundo árabe. Pero plantará semillas que germinarán en las décadas siguientes. Creo que esas semillas serán democráticas, pero no necesariamente liberales. En otras palabras, las democracias que eventualmente surjan van a producir regímenes que van a orientarse a partir de su propia cultura, es decir, del Islam.
Occidente celebra la democracia. Debe tener cuidado con lo que desea: puede que lo consiga.

Publicado originalmente en
www.stratfor.com
Traducción de César Blanco

George Friedman. Director ejecutivo y fundador del centro Strategic Forecast (Stratfor).