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Los pies en movimiento: un paso, otro, luego otro más. La vista inmóvil en los bloques de la banqueta. Las manos aferradas al carrito del súper donde lleva sus pertenencias: un jorongo, un plato y una cuchara de peltre, dos cobijas deshilachadas, un vaso de plástico, la foto de una mujer y un niño decolorada por el sol, un suéter, una bolsa de papel con colillas y tres cigarros enteros, unos tenis casi nuevos, una botella con restos de alcohol, cartones y cajas vacías. Su vida: la que le queda. Empuja. Sigue avanzando sin ver los rostros de quienes vienen en sentido inverso. No veo. Nunca me fijo. No he visto nada, mi jefe, se lo juro. Por esta. Ni siquiera miro las casas o los edificios, nomás los letreros de las calles para saber por dónde ando. Camina sin escuchar el rugido de los motores, ni el estruendo de claxonazos que se anuda en torno a la glorieta, ni las voces, ni los rechinidos de llanta. No soy nadie. No. Tampoco oí nada. Nunca oigo nada. Estaba chachalaco, usted sabe. Sin notar el olor de las fritangas que sin embargo algo le alborota allá abajo, en el fondo del estómago. Sin sentir la lluvia, el calor o el frío mientras avanza. Sólo camina midiendo la banqueta a través de la cuadrícula de alambrón del carrito, sorteando con las ruedas bordos y baches. Como todos los días durante todo el día.

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Sí, camina sin oír, sin ver. Siempre igual. Desde que llegan los vigilantes uniformados de gris de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes y abren el portón de los estacionamientos, antes de apostarse tras los cristales de la cabina. Si le toca el turno de día al viejo de bigote blanco, le pica las costillas con el garrote ese que trae colgando de la cintura. Pero si es el gordo de la cara colorada, le da un puntapié en las costillas, suave, sin intención de hacer daño.
—Ora, pinche Vikingo. Ya amaneció. Ahuécale.

Y él, aún entre sueños, se pregunta quién será ese Vikingo al que se refieren, hasta que, en medio de los retortijones, los calambres y las brumas de la mente le llega la imagen lejana de una cabellera y una barba hirsutas de color rojo apagado que recuerda haber visto en algún espejo o en el reflejo de un aparador. El Vikingo soy yo. Pero antes no. Antes no tenía barba. Pos sí: el Vikingo. Nadie. Y con torpeza hace el esfuerzo de ponerse de pie mientras su lengua entumecida logra desprenderse del paladar para pedir una, dos, mil disculpas.
—Perdone, mi jefe, no lo oí llegar. Le juro…
—No me jures nada. Mira nomás qué puerco andas hoy. Seguro rompiste una botella y te cortaste, pendejo. ¿No?
—Yo no soy nadie. No. No oí nada.
—Mira, agarra tu carro y lárgate. No tarda en venir la gente a trabajar. Si te llega a ver algún director o el señor secretario capaz que me corren a mí también por dejar dormir en el portón a huevones como tú.

Por eso desde muy temprano comienza a mover los pies y a empujar su carrito. Primero despacio, tratando de ignorar la hinchazón de las articulaciones, los violentos latidos de las sienes, el asco. Cruza la avenida indiferente a los frenazos y las mentadas de madre de los automovilistas que se dirigen al Eje Central, y aspirando el esmog matutino aborda la glorieta donde pasea su humanidad entre oficinistas apresurados, ancianas que regresan de la misa de ocho en la iglesia de Romero de Terreros y hombres y mujeres con ropa deportiva que no tuvieron tiempo de ir a trotar hasta el Parque de los Venados.

Algunas con asco, otras con temor, todas las miradas se desvían al toparse con su enorme figura cubierta de pantalones de varios colores, camisetas, sudaderas, suéter, saco y un abrigo claro lleno de lamparones que arrastra por el suelo. El Vikingo alza la vista en busca del sol y se cubre los ojos con una mano, como si el resplandor le trajera malos recuerdos. Luego con ritmo lento rodea la circunferencia de la glorieta una y otra vez, esperando que al final de cualquier vuelta la negrura ya se haya instalado de nuevo en todos los cielos de la ciudad. No reposa en ninguna de las bancas de piedra, no se acerca a la fuente, no pasea por el jardín, ni se interna entre los troncos de los árboles. Nunca abandona la banqueta que ahí es de color ladrillo. Camina por horas para agotarse, para no pensar. Para deshacerse de las imágenes de una vida que vivió hace muchos años. Para dar tiempo a los vecinos del barrio de tirar en los basureros algo de comida o bebida útil. Para olvidarse de lo que sucede en las calles por la noche: de lo que sucedió anoche.

Algo que no tiene que ver con su entorno lo hace detenerse en seco. Dirige la vista hacia las copas de los árboles y el graznido de un zanate le trae a la mente el recuerdo de un hombre huyendo entre las sombras. El hombre gritaba, como el ave ahora. Se oían insultos. Sí. ¿Fue ayer? ¿O fue otra noche? Su memoria herrumbrosa se esfuerza por atrapar el dato, pero hay demasiada niebla en ella. Reanuda la marcha en tanto niega con la cabeza. No, no he visto nada. Se lo juro, mi jefe. Yo nomás camino. No sé hacer otra cosa. Doy vueltas por aquí. Me gusta la Narvarte porque es una colonia con muchos árboles y pájaros. La gente no se mete con uno. Recorro el barrio sin ver, sin oír. No soy nadie. Ni nombre tengo. El graznido del ave se repite en lo alto y lo distrae. El Vikingo escudriña el entramado de las ramas hasta que distingue un aleteo pardo entre el follaje. Sonríe y camina otra vez. Nunca veo nada ni oigo nada. Nomás los pájaros. Un paso. Otro. Luego otro más. Sólo eso, mi jefe. Sí sabe, ¿verdad?

Las ruedas del carrito rechinan como si quisieran llamar su atención. Él revisa su carga y la reacomoda sin disminuir la marcha. Antes traía más cosas: un portafolios con papeles de trabajo, una cartera sin dinero pero con documentos, un manojo de llaves, un peine, un reloj, una corbata. Eso fue en otra época, antes de vivir en las inmediaciones del Parque Delta que se llenaban de gente cuando había partido de beisbol y de que lo llamaran el Vikingo, porque según otro teporocho se parecía mucho a uno de los peloteros de los Diablos Rojos. Cuando demolieron el parque para construir el centro comercial tuvo que buscar otro sitio para vivir y perdió sus pertenencias. ¿O fue una de las veces que lo levantó la patrulla? Prefiere no acordarse. Esquiva a dos mujeres jóvenes vestidas con faldas y sacos idénticos que llevan bolsas de papel estraza manchadas de grasa. Después a un hombre de corbata que escarba sus dientes con un palillo. A un anciano que parece buscar una banca para reposar al sol. A un grupo de adolescentes con camisas y pantalones blancos que regresan a sus casas haciendo escándalo. Lleva muchas vueltas. Comienzan a arderle las plantas de los pies. Un paso. Otro.

Ni nombre tengo, mi jefe. Vikingo, sí. ¿Eso es un nombre? Aunque antes sí tenía. Fernando, creo. Como el niño de la foto. Ése que está con su mamá. Cuando vivía.
Ahora no soy nadie. Una mujer con casco, uniforme azul y una macana en la mano atraviesa la glorieta unos metros más adelante y el corazón del Vikingo se cimbra con fuerza. Aminora el ritmo de sus pasos. La imagen del hombre que huía aparece de nuevo en su memoria. No, yo no soy Fernando. Fernando era ése. Se iba cayendo.
Chocó conmigo y los otros gritaban su nombre. No vi nada. No soy nadie. Vuelve a detenerse. Su respiración es agitada. ¿Ya había pasado por aquí?, se pregunta.

Una muchacha está de pie cerca de él, contemplándolo con ojos muy abiertos. Lo recorre desde la roja cabellera revuelta hasta los tobillos llenos de costras. Clava una mirada sorprendida en las manos del Vikingo y se aleja con un gesto de repulsión. Sí, niña, no me las he lavado, piensa él, pero de inmediato la olvida para mirar la calle que se le abre al frente con un camellón central lleno de palmeras secas y las anchas banquetas pobladas de gente que se arremolina en puestos de tacos, tamales, tortas, jugos. El aire se ha cargado de olores densos, dulzones, pegajosos. Él impulsa el carrito hacia el arroyo y esta vez sí escucha con claridad el chirriar de llantas y los insultos. Uno de los conductores incluso abre la portezuela de su vehículo y baja furioso, pero en cuanto ve bien al vagabundo vuelve a subir sin decirle palabra.

El Vikingo llega a la acera contraria y se detiene al pie de un poste donde hay un letrero: Cumbres de Maltrata. Al pasar a su lado, hombres y mujeres lo observan con insistencia. Repasan su indumentaria con curiosidad, como si no pudieran creer que un hombre pueda llevar tanta ropa encima. Luego ven las mangas manchadas de su abrigo, sus manos, y se alejan de él con premura. Él levanta la cara y aspira el aire de la ciudad: entre los efluvios destacan el de la mierda y la sangre. ¿Se trata de su propio olor? Un paso. Otro. Luego otro más. Caminar. Empujar. Como empujó al hombre anoche. Era Fernando. Sí. ¿Fernando qué? No soy nadie. No vi nada, mi jefe, se lo juro. Por esta.

Oficinistas, amas de casa, estudiantes mastican y beben con dedicación, sus rostros reflejan placer y prisa. Platican entre ellos sin cesar, hacen bromas, ríen. Sus carcajadas retumban en los tímpanos del Vikingo. Algunos han terminado de comer y fuman, arrojando el humo al cielo, donde va a reunirse con las emanaciones de los coches. Ellos sí tienen una vida, se dice el Vikingo sin atreverse a mirarlos demasiado. Tienen nombre. Fernando o Juan o Lupe. Son alguien. Yo no. Ni nombre tengo. El borroso recuerdo de la noche anterior le provoca unas intensas ganas de sentir el humo del tabaco raspando su garganta, llenando sus pulmones. Con la cabeza gacha, se acerca a un tipo que acaba de prender un cigarro, y antes de que pueda hablarle el otro lo mira y retrocede. Entonces el Vikingo baja aún más la cabeza y continúa su camino intentando pasar desapercibido. Hurga en el interior de la bolsa de papel. Quiere ubicar con el tacto la colilla más pequeña, pero en cambio saca uno de los cigarros enteros. Está manchado, pegajoso, lo mismo que sus manos. Se lo lleva a la nariz para aspirar el aroma del tabaco y la boca se le inunda de una saliva con sabor a cobre. Un paso. Otro. Luego otro más. No tengo cerillos. Se dirige a uno de los puestos donde varios trozos de carne, racimos de tripas y largas tiras de longaniza chisporrotean en su baño de manteca hirviendo. La gente que come en torno a él se queda en silencio al verlo aparecer. El Vikingo titubea, está a punto de alejarse, pero se da cuenta de que en uno de los costados del puesto no hay nadie comiendo. La tabla que hace las veces de barra está llena de platos con sobras, salsas verdes y rojas, cebolla picada, hierbas y saleros. Cuelgan del techo algunos tubos de longaniza en forma de flor, como si alguien los hubiera manipulado para convertirlos en adorno del local. Adentro un tipo con gorro blanco y mandil sucio de sangre golpea un tronco de árbol con un cuchillo, arrancándole un tamborileo rítmico, casi musical. Los olores grasos y picantes son más intensos que nunca, pero el Vikingo no huele nada de eso, sino sólo el tabaco que aún inunda sus fosas nasales.
Estaciona el carrito junto a un tambo de basura y se acerca al hombre del mandil, quien sonríe al verlo.
—Quiúbole, mi Vikingo. ¿Ya comiste? ¿Quieres un taco?
—Fernando iba corriendo… —el vagabundo niega con un movimiento de cabeza y adelanta la mano que sostiene el cigarro—. Quiero fuego. Perdón, mi jefe. No vi nada. No soy nadie.
—Sí, carnal. Lo que tú digas. Pérame tantito.
Ante la mirada incómoda de los demás comensales, el hombre del mandil coloca frente al Vikingo dos tacos. Enseguida toma una cajetilla de su mesa de trabajo, saca un cerillo, lo enciende y levanta la flama. El Vikingo ni siquiera mira los tacos. Se coloca el cigarro entre los labios y se arrima para encenderlo. Aspira. Tose.
—Oye, ¿qué traes en las manos, güey?
El Vikingo recorre con la mirada las manchas sanguinolentas del mandil del taquero. La mano que sostiene el cigarro comienza a temblarle. También las rodillas. Tiene prisa de alejarse de ahí, pero responde:
—Chocó conmigo. Lo empujé con las manos. Yo no sé nada. Nomás camino. Un paso. Otro. No soy nadie.
—¿Quién chocó contigo?
—Se iba cayendo…
—¿Quién?
—No vi nada, mi jefe. No entiendo. Por esta. Tampoco oí. Ni nombre tengo, aunque sí tenía. Gracias por la lumbre. Un paso. Luego otro más.
—Pinche Vikingo, cada día estás peor, cabrón. Órale, ai te ves.

Ahora el corazón le late con ritmo veloz. Aspira el humo a grandes bocanadas, sin saborearlo, mientras los jugos gástricos reverberan y gruñen en su estómago. Tengo sed y no vi nada. Sed. Lleva la vista fija en la botella donde sabe que aún resta un trago, pero quiere dejarlo para después, porque algo en su interior le dice que lo va a necesitar. Trata de contar cada una de sus zancadas, cada metro ganado a la distancia, porque la imagen del hombre que corría, de Fernando, se le ha adherido a la memoria y no consigue deshacerse de ella. La gente y los puestos callejeros se multiplican en la banqueta y debe caminar más despacio para no golpear a nadie con el carrito. Más adelante se encuentra una de las salidas del metro, donde los que van y los que vienen se aprietan. No le gustan las multitudes. Prefiere la soledad. Pero en la ciudad las calles sólo están solas por las noches. El Vikingo mira el cielo: el sol aún no termina su recorrido. Falta mucho para que anochezca. Da vuelta en la esquina para huir de la gente.

Él venía hacia mí. No vi nada, mi jefe. No tuve tiempo de hacerme a un lado. No. Nomás pude quitar mi carro. Fernando, sí. Pero no lo vi. Tampoco lo oí. No. Nada. Yo camino y camino. Venía cayéndose. Agachado. Agarrándose la panza. Me alcanzó de lleno y lo empujé para que no me tumbara. Por eso traigo las manos sucias. Detrás venían los otros. Cuando la brasa de su cigarro llega casi hasta el filtro, mete otra vez la mano en la bolsa de papel. Ahora sí saca una colilla. La enciende con la lumbre moribunda del cigarro y chupa el humo con desesperación.

En esa cuadra hay menos gente y los que pasan a su lado no reparan en su presencia. Un bolero lo saluda, aunque él no se da por enterado. Dentro de los comercios, tras los mostradores, atisba rostros familiares. Conoce el barrio, las personas también lo conocen a él, y eso lo tranquiliza. Cruza una calle, da vuelta en otra esquina. Cada vez hay menos gente. Por fin se detiene frente a la iglesia. Ahí está el jefe, el mero jefe, se dice mientras contempla la cruz del campanario, las escaleras que conducen al interior. Siente el impulso de meterse al templo y sentarse en una de las bancas, con las ancianas que rezan el rosario de la tarde. Quizás ahí encuentre sosiego. Sí, sentarse en una banca en medio del silencio. Años atrás lo hacía. Cuando pasaba las noches alrededor del Parque Delta junto con otros como él. Y antes de eso. En la época en que tenía nombre y vivía en una casa con una mujer y un niño.

Pero en cuanto lo piensa, los recuerdos se le fugan del cerebro. Saca de la bolsa otra colilla que prende con la anterior. Sí. Fernando se tropezó conmigo. Yo no lo vi. Tampoco a los que venían atrás. No, mi jefe, se lo juro. No vi sus placas. Ni sus uniformes. No vi nada. Ni oí nada. No soy nadie. Ni siquiera los disparos que le entraron todos en la barriga porque estaba caído y no podía moverse el tal Fernando. Adiós, jefazo. Otro día lo visito con más calma. Echa otra mirada al campanario, a las puertas de la iglesia, y empuja el carrito. Un paso. Otro. Luego otro más.

Una nube negra que tapa el sol por unos instantes lo engaña haciéndolo creer que la oscuridad está por llegar. El Vikingo tiene un acceso de alegría, suspira. Alarga la mano hacia la botella, la acaricia con ternura. No la destapa; lo hará al regresar al portón de la Secretaría para pasar la noche. Sólo la levanta para verla bien. No es de alcohol del noventa y seis, sino de aguardiente. ¿Cómo llegó a sus manos? Se rasca la cabeza y sus uñas se topan con una mata de pelo apelmazado, pegajoso. Se huele los dedos: mugre y sangre. La botella fue un regalo, ahora lo recuerda. Un regalo de Fernando. Pobre Fernando. Chocó conmigo y se cayó. Ya venía cayéndose. Sí. La sangre es de él. Pobre.

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Cuando la nube libera los rayos solares una inquietud mordiente vuelve a apoderarse del Vikingo. Acelera el paso. Camina. Empuja. Tengo que llegar al portón. No vi nada. El aguardiente. No. No me lo dio el muerto, sino ellos. Los que venían atrás, persiguiéndolo. No soy nadie. No sé nada. La calle desemboca en otra avenida. El Vikingo busca un letrero en las esquinas hasta que da con él: Universidad. A la izquierda queda la glorieta. Un poco más allá su portón. Pero aún es de día. Debe seguir caminando. Como cuando vivía en los alrededores del Parque Delta. Caminar siempre. ¿Por qué? Porque si no te levantan los azules, los tecolotes, le decían. ¿Y por qué te levantan? Porque así es. Porque son la ley. Y si te llevan te ponen una madriza nomás pa divertirse. Mejor camínale. Un paso. Otro. Otro más.

Una mujer se atraviesa en su camino. Lo observa. Al Vikingo su rostro le parece familiar. Cree recordarla regañándolo por andar tan sucio y oler tan mal, corriéndolo de su banqueta, amenazándolo con llamar a la patrulla si no se va. Quiere sacarle la vuelta, pero la mujer se mueve para taparle la ruta. Piensa en ir hacia atrás, pero ha olvidado cómo hacerlo; sólo sabe dar pasos para adelante. La mujer es desagradable. Avanza hacia él y sujeta el carrito por el lado de la cuadrícula de alambrón.
—Ya sabía que tenías que pasar por aquí, apestoso. Ora sí no te me escapas. Ya supe lo que hiciste anoche. A ver, enséñame qué mugres traes en tu basurero.

Anoche. Yo no fui. No soy nadie. El Vikingo se paraliza. Las piernas se le deshacen en temblores. Su corazón ha enloquecido. La imagen del tal Fernando tirado en un charco de sangre se multiplica en su memoria. Fernando. Así lo llamaron quienes lo perseguían. ¡Fernando! ¡Párate ai, cabrón! ¿Quieres protección y no la pagas? ¡Venimos a cobrarte, hijo de la chingada! Eso gritaban los uniformados. Luego los balazos. ¡Y tú quítate de aquí, pinche teporocho! ¡Y si abres el hocico ya sabes lo que te pasa! Las imágenes saltan a la mente del Vikingo sin ningún orden, como si las desencadenara el gesto regañón de la mujer. Fernando corriendo. Su panza chorreando sangre. Lo empujo y me embarra. Fernando en el suelo. La sangre en mis manos. Y la botella… Ellos me dieron la botella. No has visto nada, teporocho. No, mi jefe. Yo no vi nada. Nunca veo nada. No oigo nada. No soy nadie. Así me gusta, cabrón. Mira, ten este pomo. Te va a ayudar a olvidar. Sí, mi jefe. Pero nosotros sí nos vamos a acordar de ti siempre. Y nosotros somos la ley. Te podemos levantar cuando nos dé la gana. ¿Entiendes? Sí, mi jefe. ¿Cómo te llamas? No tengo nombre, mi jefe. No soy nadie. Muy bien, así me gusta, lárgate y calladito.
—¿Cómo te llamas?
—No tengo nombre, mi jefe. No soy nadie.
—No me digas mi jefe. Soy la señora Chávez, jefa de vecinos de esta cuadra.
—Sí, mi jefe.
—La gente se ha quejado mucho de los borrachos y drogadictos que andan por aquí. Te acabo de reportar. Tú eres al que le dicen el Vikingo, ¿no?
—No soy nadie.
Trata de soltar su carrito de la mano de la mujer, que se afianza a la cuadrícula como una garra. Hace otro intento pero tampoco consigue hacerlo. Todos los huesos del Vikingo han perdido firmeza, parecen de hule, aguados, sin energía. Quiere suplicar a la mujer que lo deje ir, decirle que debe continuar caminando, pero de su boca sólo salen las mismas palabras de siempre.
—No vi nada. Tampoco oí nada. No soy nadie…
—¿Me vas a decir que no sabes del muerto que apareció en la madrugada a una cuadra de la Secretaría? Dicen que vieron por ahí un vagabundo con un carrito del súper. Y por aquí el único que arrastra un carro de estos eres tú. ¿Y ya te viste? Por lo menos deberías haberte lavado la sangre después de matar a ese pobre hombre.
—Fernando…
La mujer sonríe triunfante y su rostro se contrae en un gesto maligno.
—Sí, Fernando Aranda. ¿Ya ves cómo sí sabes? Ora le vas a contar todo a la policía.
—No sé nada. Yo nomás…
La desesperación le da algo de fuerza y mueve el carro, pero no logra arrebatárselo a la mujer.
—¡Tú no te mueves de aquí, criminal!
—Se lo juro. Por esta.

Varias personas comienzan a acercarse para presenciar la discusión. Algunos son vecinos del barrio, conocen a la mujer y lo conocen a él. Otros sólo vienen de paso. Se levantan algunos murmullos. El Vikingo reconoce palabras como cadáver, homicidio, asesino. Recuerda entonces cómo, cada vez que aparecía un muertito, los uniformados venían por él y por sus compañeros a los alrededores del Parque Delta para interrogarlos en los separos de la delegación. Recuerda las toallas mojadas estallando contra su piel, los toques eléctricos, los chorros de agua mineral entrando hasta su cerebro. Sus gritos de dolor. Las preguntas burlonas y sus respuestas repetidas hasta el cansancio. Las respuestas que terminaron por ser las únicas palabras que habitan su cerebro. Recuerda también, como entre nieblas, que antes de esos interrogatorios aún sabía quién era. Su nombre. Su pasado. Una oleada de furia y pánico lo atraviesa al distinguir en un cristal cercano los reflejos azules y rojos de la torreta de una patrulla. Los murmullos a su alrededor crecen. El muerto, dicen. Él lo mató. Jala el carrito hacia sí con ímpetu y la mujer lo suelta con un grito.
—¡Ay! ¡Animal! ¡Me rompiste una uña!
Los mirones le abren paso cuando lo ven caminar hacia ellos, mientras la mujer corre en dirección de la patrulla. No sé nada, mi jefe. No vi nada. No soy nadie. Dos uniformados descienden del vehículo. El Vikingo los mira de reojo y reconoce a los que perseguían a Fernando. Sin detenerse, toma la botella de aguardiente, la destapa y se bebe el chisguete que le queda. El alcohol le sacude el estómago, luego se desparrama por su cuerpo una agradable sensación de calor. Fernando, se llamaba. Ellos gritaron su nombre. Yo no vi nada.
—¡Eh, tú, cabrón! ¡Alto ahí!

Ahora es una voz idéntica a la que gritaba anoche. Incluso ha dicho palabras parecidas. Sólo le faltó gritar el nombre de Fernando. Fernando. Sí. Pero a diferencia del otro, el Vikingo no corre: nomás camina. No sé nada, mi jefe. Nunca veo nada. No soy nadie. Recita su letanía mientras escucha las pisadas que se acercan. Piensa que su historia se repite, que de ahí lo llevarán a los separos de la delegación o a cualquier sótano para sacarle la verdad, que van a querer cargarle un muerto al que ni conocía, como ya lo han hecho otras veces, y que después de unas semanas o un par de años en el penal lo volverán a echar a la calle donde tendrá que buscar un portón y un carrito de súper para seguir caminando. Qué ganas de fumarme otro cigarro. Pero no hay cerillos. Se lo juro, mi jefe. Por esta. Cuando las pisadas comienzan a detenerse a su espalda, ya muy cerca de él, en la memoria del Vikingo se dibuja el rostro del cadáver de la noche anterior. Yo no sé nada. No soy nadie. Nomás camino. Un paso. Otro. Luego otro más.

Eduardo Antonio Parra. Escritor. Algunos de sus libros son: Sombras detrás de la ventana, Juárez el rostro de piedra y Los límites de la noche.

 

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