“Si los estadistas tan sólo se reunieran y hablaran de corazón”, clama irónicamente Lewis Namier en una pretensión de apartar la diplomacia del mundo del secreto y la simulación. Un ensayo clásico sobre la secrecía y la política parece responder con una sonrisa a los ejercicios modernos de transparencia tipo Wikileaks

Habría poco que comentar sobre la “Diplomacia, secreta y abierta”, a no ser por los disparates que se dicen al respecto. La diplomacia es “el sistema organizado de negociaciones entre Estados soberanos”, y en su naturaleza y en sus métodos no difiere en esencia de otras formas de negociación. Las transacciones, como escribiera lord Hervey, hace dos siglos, entre los hombres, grandes y bajos,

Ilustraciones: Adrián Pérez

no dejan de ser el mismo juego, y se juega con las mismas cartas, la disparidad en la pericia de cada uno de los jugadores es igualmente grande… la única diferencia radica en que su juego puede ser más o menos profundo, mientras que el cortar y barajar, repartir y jugar es el mismo, así estén en juego centavos o millones.

Sólo que los juegos no se realizan con las cartas abiertas, y las negociaciones, ya sean entre Estados, firmas comerciales o individuos, rara vez, si acaso, se llevan a cabo en público.

En la raíz de buena parte de los disparates que se dicen sobre la diplomacia secreta se encuentra la confusión entre los fines y los medios, entre “política” y “negociaciones”. La distinción vital entre ambas la subraya el señor Harold Nicolson, uno de los más articulados expertos y uno de los autores mejor informados sobre la diplomacia. “La política tiene que estar sujeta al control democrático: la ejecución de la política se debe dejar a expertos preparados”. “La política nunca debe ser, ni tiene que ser, secreta”; pero la realización de las negociaciones debe ser confidencial. En otras palabras, el público tiene derecho a saber la tendencia general de la política nacional y cualesquiera que sean los acuerdos vinculantes en que se incurre a su nombre; mientras que la decisión sobre la cantidad de información que se ha de dar sobre las negociaciones, y la elección del momento para hacerlo, deben dejarse a quienes se confió su realización.

La publicidad destruye la libertad de las negociaciones. Toda palabra dicha en público puede comprometer al negociador. Esto lo lleva a ser sumamente cauto y deja poco espacio a las proposiciones tentativas. ¿Es posible discutir públicamente hasta un tratado no político, e. g., un acuerdo comercial? A cada paso se formarían “intereses creados” que lesionarían el posterior desarrollo de las negociaciones. Peor aún en donde hay fronteras de por medio: la que existe entre el Estado Libre Irlandés y Ulster admite mejorías obvias; pero cualquier idea sobre enmiendas semejantes, mismas que se podrían realizar sobre la base del estira y afloja, habría que eliminarla debido a los intereses creados a raíz del tratado en el momento en el que se hace público. Los incluidos en el Estado en el que desean estar, aun siendo menos numerosos, poseen una superioridad moral al afirmar el statu quo sobre los que se beneficiarían por un cambio.

De hecho, la publicación prematura, o la “exposición”, es método bien conocido para interferir en las negociaciones. Cuando en la primavera de 1919 un Comité inter-Aliado sugirió una frontera que habría satisfecho casi al máximo las reclamaciones territoriales polacas en contra de Alemania, su informe secreto llegó rápidamente a la prensa francesa, con la esperanza de parte de quienes incurrieron en semejante indiscreción de que el intenso sentimiento antigermano en los países aliados evitara ahí mismo cualquier cambio material en la frontera propuesta. Había mucho que decir sobre la frontera que le dio Danzig a los polacos, mas no por el intento de meter presión en lo que debió ser un cuerpo cuasijudicial, considerando las reclamaciones territoriales a la luz de ciertos principios reconocidos; y la discusión y la agitación públicas rara vez son una ayuda a los intentos de los negociadores decentes por encontrar soluciones justas. El fruto será pobre si manos incompetentes e irresponsables lo desprenden prematuramente, y por lo tanto las huertas necesitan de una razonable dosis de protección y de reclusión.

Hay otra razón, muy importante, por la cual las negociaciones diplomáticas se deben realizar en secreto. La mayoría de las naciones son extremadamente sensibles. El “honor nacional” y el “prestigio nacional” fueron un fetiche en Inglaterra durante el siglo XVIII, y continúan siéndolo en el continente europeo; y mientras menos sea el honor que en la práctica observen las naciones, más sensibles son a cualquier cosa que parezca cuestionar la cantidad que de él poseen. Los gobiernos británico y francés debieron reprocharles repetidamente a los italianos el abuso de confianza en el asunto de la no-intervención en España, aun antes de que Mussolini lo proclamara orgullosamente al mundo, y debieron haber sugerido lo que todos sabían sobre la nacionalidad de los submarinos piratas en el Mediterráneo. Sólo que uno solo de estos pronunciamientos públicos que se hubiera originado de nuestro lado habría hecho imposibles otras negociaciones.

En conjunto, el velo que se coloca sobre un gran número de transacciones diplomáticas, en lo que a la Gran Bretaña le concierne, sirve con frecuencia al objetivo de ocultar al público británico las malas maneras y la naturaleza irracional de los gobiernos extranjeros; en otras palabras, sirve al interés de la paz. De otro modo puede haber daños. El telegrama Kruger, que fue un acto público, es un ejemplo. Provocó un daño serio y duradero a las relaciones anglogermanas y tuvo un fuerte impacto en la opinión pública de este país. Pero en la relación diplomática con los alemanes tales incidentes no son nada excepcionales. ¿Qué recibimiento habría tenido el Káiser de parte del público británico en 1899 si este último hubiera sabido que aquél se rehusaba a aceptar la invitación de su abuela a menos que el gobierno británico resolviera primero sus petulantes e irracionales demandas surgidas de ciertas trifulcas oscuras en Samoa? De nueva cuenta, de haberse dado a conocer al público británico cada uno de los pasos en las negociaciones en torno a la limitación de armamentos navales, la política de Sir Edward Grey se habría visto plenamente justificada ante sus ojos, aunque habría sido imposible entablar más conversaciones.

Hablando en términos generales, el público y la prensa son más flamables que los diplomáticos profesionales, o que hasta los ministros del gabinete, quienes tienen que ponderar las consecuencias de “soltar presión”. El señor J. A. Spender, un testigo incensurable, describe así la postura en los años previos a la Gran Guerra:

El juego tal como lo jugaban los diplomáticos requería secrecía, y en tanto el juego estuviera en marcha, sus peligros estaban limitados mientras se excluyera a un público que se habría visto obligado a tomar partido. Lo que en nueve de diez casos temía un ministro del Exterior no era al oficio de su adversario sino el tan ardiente respaldo de los suyos, lo que le habría cortado la retirada. Mantén al público fuera, y el juego resultaba relativamente seguro; permítele acceder, y al instante se llenaba de un peligro mortal. Por regla sólo se permitía entrar al público cuando el secretario del Exterior o su gobierno habían decidido no retirarse.

Aun así, los más proclives a la “diplomacia abierta” asimismo están a favor de la “diplomacia por medio de la conferencia”. ¡Si los estadistas tan sólo se reunieran y hablaran de corazón! Entonces se darían cuenta que había algo que decir del otro lado, y cada cual descubriría que el otro a fin de cuentas no es tan malo. Y si se reúnen y el público los ve tan bien juntos en la prensa, con sonrisas como guirnaldas en los rostros, se siente que aquí se está dando una “diplomacia abierta”, no ese siniestro intercambio de apuntes reservados entre ministerios del Exterior. El corazón del público se suaviza, y también aparentemente los cerebros. Pues nada puede contra, o siquiera iguala, la secrecía de tales encuentros: lo que se dicen los dos estadistas con frecuencia permanece oculto a sus competentes asesores oficiales respectivos, a sus colegas en el gabinete, y a veces hasta a esos dos mismos hombres; tras una charla de esta naturaleza, cada uno sabe mejor lo que él mismo dijo, o lo que quiso decir, o lo que desearía haber dicho, pero sólo tiene un recuerdo vago y borroso de lo que el otro dijo, o trató de decir. Rara vez ha habido una charla que, puesta a prueba, no produjera una cosecha de desacuerdos fatales en cuanto a lo acordado en ella; véase, e. g., la entrevista entre Aehrenthal e Isvolsky en Buchlau, la cual condujo a la crisis bosnia, anticipo de la Gran Guerra. Hasta cuando tales entrevistas no resultan en malos entendidos, muy rara vez producen resultados positivos. En el interés de la diplomacia decente y de la deferencia internacional es preciso examinar y considerar con cuidado cada paso, de suerte que ninguna de las partes sienta que la “embaucaron”, o que cedió indebidamente al encanto y la persuasión. Rara vez se pueden sostener después los resultados o las ventajas sorprendentes surgidos en las entrevistas personales; en agosto de 1906, en Björkoe, el Káiser obtuvo lo que deseaba del Zar, pero el Ministerio de Relaciones Exteriores ruso en breve se las arregló para salirse de tan absurdo acuerdo. Hasta los tratados mutuamente ventajosos, siendo producto de una cordialidad entre estadistas que no comparten sus naciones, acaso hagan más daño que bien. El acuerdo Thoiry entre Briand y Stresemann es un ejemplo notable; llegaron a un acuerdo completo, y en poco tiempo los desconocieron sus países.

La diplomacia, como dice el señor Nicolson, para ser eficaz “debe ser un asunto desagradable”. Las negociaciones diplomáticas se deben realizar con claridad serena y con perseverancia obstinada —sobre todo en papel; incluso entonces se dan diferencias en la interpretación, pero infinitamente menos que en el caso de los acuerdos verbales. En las negociaciones por escrito no existe tampoco el mismo aliciente para realizar concesiones indebidas. Para citar de nuevo al señor Nicolson: “No existe nada más dañino para la precisión en las relaciones internacionales que el sentimiento amistoso entre las Partes en Juego”; las dificultades de negociaciones precisas en una conferencia surgen “de las cualidades más amigables del corazón humano”, de “la consideración, de la afabilidad o de los buenos modales comunes y corrientes” y de la “humana dificultad de ser desagradable con el mismo conjunto de gente, durante días seguidos”.

Los contactos personales y las conversaciones a veces son esenciales, pese a lo anterior, pues ofrecen esa dosis de libertad y de elasticidad que sólo la secrecía puede garantizar; las notas diplomáticas tienen su propia publicidad, con la posteridad y la historia. Pero entonces más valdría que las negociaciones personales no las realizaran los principales, sino más bien los oficiales y los nuevos. Lo que estos últimos sugieran o escuchen a nadie compromete; pueden explorar todos los acercamientos y discutir todo tipo de estratagemas. En el siglo XV, Phillippe de Commynes escribió en sus Memoires, al comentar un encuentro con Luis XI y Carlos The Bold:

Y dos grandes príncipes que desearan amarse no deberían verse nunca, sino mandarse buenos y sabios mensajeros el uno al otro, quienes se entrevistarían con ellos o disminuirían sus faltas.

Los encuentros entre los nuevos o los oficiales no podrán producir el dilema de que sus gobiernos tengan o bien que aceptar un acuerdo insatisfactorio o bien descalificar a alguien que tiene supuestamente el poder para establecer arreglos vinculantes. El fatal lío del acuerdo Hoare-Laval podía no haberse dado si el asunto se hubiera arreglado por medio de embajadores, o incluso por medio del subsecretario permanente sin el ministro. Como dice el señor Nicolson, “la ejecución de la política se debe dejar a expertos preparados”.

Aun así, el secretario de Relaciones Exteriores tiene que ser hasta cierto punto un experto, acaso más que cualquier otro ministro en el gabinete. Los mejores secretarios británicos de Relaciones Exteriores se limitaron a esa esfera por su propia elección: Castlereagh, Canning, Palmerston, Salisbury, Sir Edward Grey. Llevar las negociaciones internacionales es peligroso para los políticos comunes y corrientes. En primer lugar, su atención está sumamente dividida entre el público, en casa, al que acostumbran mimar, y los intereses que debieran ser la mayor preocupación de la política exterior. Más aún, está la vanidad de los políticos, la cual se conecta con su costumbre de actuar para la galería. Por último, existe el peligro de que no logren realizar los reajustes necesarios. Algunos sucumben a la deliciosa atmósfera de la cortesía diplomática; acostumbrados por años a los palos y moquetes de la Casa de los Comunes, están en condiciones de aceptar las cortesías de la vida diplomática por su valor aparente, y de confundir la forma con el fondo. El señor Snowden, por otra parte, estuvo a punto de producir un serio rompimiento con los franceses en La Haya cuando los trató como trataría a los “altos caballeros honorables de la oposición”; tras la escena que provocó su empleo de la palabra “grotesco”, señaló, algo perturbado, a uno de sus asistentes: “Pero con toda seguridad no dije algo poco parlamentario, ¿o sí?”.

A pesar de lo anterior, si bien el secretario de Relaciones Exteriores debe entender los métodos y las tradiciones de la diplomacia, debe estar completamente libre de gustos extranjeros. En primer lugar está el tema de los idiomas. No se ha de elegir a la ligera para el puesto del secretario británico de Relaciones Exteriores a alguien que sólo hable inglés; o por lo menos a una persona bajo tales alcances se le debería hacer jurar que no hablará otro idioma. Sabe que no conoce todos los idiomas extranjeros que importan; y si sólo está familiarizado con uno de ellos, tiende a desarrollar una indebida parcialidad en favor de esa nación en particular. Pero si, en el peor de los casos, se enorgullece de semejante conocimiento, y encuentra placer en parlotear esa lengua extranjera, entonces está perdido y los intereses esencialmente británicos están en riesgo. Lord Salisbury sabía francés, pero sólo hablaba inglés con los estadistas o los diplomáticos extranjeros.

Por último, el estadista que se meta en asuntos internacionales no debe saber nada de “Teschen”. No puede conocer todos y cada uno de los “Teschen” que aparecen en el mapa, y aunque sólo conociera uno, éste le ocultaría mundos completos; e incluso con el “Teschen” con el que resulta estar familiarizado, es probable que conozca menos que sus expertos, y la información con la que cuente será vieja, la mayoría de las veces. Un secretario de Relaciones Exteriores debiera contar con un conocimiento de los continentes mezclado debidamente con cierta ignorancia sobre algunos países extranjeros, y permitirse que sus expertos le informen cuando se dé la ocasión. Debe, eso sí, saber elegir a estos expertos. En un estadista atributo esencial es el juicio de los hombres, de su carácter, de sus mentes y de sus saberes.

Lo mismo aplica a las democracias; aquí todo depende de la elección que ellas hagan de los estadistas. La esencia de la “democracia” es que la nación cuente con el poder para elegir y cambiar a sus gobernantes, y que en todo momento goce de una cabal libertad de discusión política. Pero cuando el señor Harold Nicolson dice que la política exterior “debe estar sujeta al control democrático”, emplea un lenguaje que se presta al malentendido y a la mala interpretación. Resulta difícil percibir cómo es que se puede controlar la política democráticamente, salvo por medio del Parlamento, y por medio de la influencia que la atmósfera prevaleciente ejerce en el Parlamento y en el gabinete. Pues ¿qué cosa es la opinión pública y cómo se la puede determinar? O aun cuando se la pudiera determinar, sus mandatos serían en buena medida vagos y contradictorios, y por lo tanto impracticables. Podría ordenar al gobierno, e. g., que defienda la causa de lo que es correcto y que preserve la paz; que haga un omelet sin partir los huevos. Y hasta la intervención de la Casa de los Comunes (aparte de la influencia y la presión que todo el tiempo ejerce potencialmente) es peligrosa. Pues en su propia naturaleza es caprichosa, y por lo tanto irresponsable. De nuevo: lo que se le pide al público es que elija a sus gobernantes, y lo que el público está facultado para conocer es la línea general de la política nacional y cualesquiera de los compromisos vinculantes en que a su nombre se incurran.

Por regla, no se debiera incurrir en ningún compromiso que no sea dictado por el interés nacional, y rara vez, si acaso, se debiera hacer prometer a una nación cosas que no realizaría sin la promesa. En 1919 la Gran Bretaña y Estados Unidos le ofrecieron a Francia una garantía mutua sobre su frontera oriental en virtud de la cual Francia se anexaba la ribera izquierda del Rhin. En el momento en que Estados Unidos se rehusó a honrar la promesa del presidente Wilson, el señor Lloyd George se aprovechó de la cláusula que condicionaba la garantía británica de la participación de Estados Unidos. Esto estuvo mal, incluso políticamente, pues nunca debimos permitirnos ver quebrada a Francia y a los alemanes en control de los puertos del canal. Nuestra frontera es el Rhin. No concedemos nada al garantizar de antemano la seguridad de Francia, y mucho se pudo haber hecho en esa temprana etapa para calmar los temores franceses otorgándoles semejante garantía.

En 1914 cierta escuela de pacifista sostenía haber detectado el origen de la guerra en nuestra entente con Francia y en supuestos acuerdos secretos militares y navales que contrajo la Gran Bretaña. En realidad la guerra surgió de los temores yugoslavos sobre la monarquía habsbúrgica y su política en los Balcanes; y si existió una causa contribuyente en la Europa Occidental, ésta habría de encontrarse en la esperanza alemana de que permaneciéramos neutrales —en otras palabras, no en la existencia, sino en la incertidumbre de nuestros compromisos con Francia.

A pesar de eso, aun cuando la política exterior de una nación sea incierta y mal definida, los arreglos militares y navales contingentes deben ser precisos. Por lo tanto, cuando la opinión pública se pinta de un pacifismo sentimental, tal como lo estaba la nuestra antes de 1914 y antes de 1936, es tímida y no está dispuesta a encarar las realidades, los acuerdos militares y navales deben exceder necesariamente los compromisos diplomáticos. Una guerra moderna no se emprende como quien va de día de campo; no se sale manejando el carro hasta encontrar un sitio agradable en el que nos detenemos y almorzamos. A menos que de antemano se realicen acuerdos precisos en pro de la acción común, aparece el caos, seguido por la derrota, la cual se achaca a los hombres del servicio civil. En 1914 nuestra flota se concentraba en el Mar del Norte, y la francesa en el Mediterráneo; y este acuerdo, que fue tema de notoriedad común, llegó a ser una cuasialianza, mucho más cercano de lo que entonces se pensaba. Sir Edward Grey dio a conocer el 2 de agosto de 1914 que aun cuando permaneciéramos neutrales nos opondríamos a la flota alemana que pasara “por el Canal, o por el Mar del Norte para realizar operaciones hostiles en contra de las costas o de las embarcaciones francesas”. Semejante neutralidad asimétrica habría sido posible en una guerra corta; ¿pero la habría podido enfrentar Alemania una vez que los suministros ultramarinos adquirieran una importancia decisiva? No obstante eso, sin esta concentración de flotas y esta división de las responsabilidades, nuestros armamentos navales debían haber sido mucho mayores, lo que de nuevo habría desagradado y molestado a los pacifistas. No hay manera de escapar a este dilema: en la medida en que en este mundo existan los bravucones, aun la nación más pacífica deberá buscar seguridad en los armamentos y en las alianzas; y si no está dispuesta a asumir los compromisos inherentes en las alianzas, está obligada a incrementar enormemente sus propios armamentos.

Los pacifistas responden a esto con loas a la belleza de los tratados multilaterales en contra del agresor, quien quiera que sea, y sobre la “seguridad colectiva”. El Tratado de Locarno provocó en efecto en la Gran Bretaña un gran gusto y autocomplacencia. Era un instrumento espléndido, mientras no hubiera necesidad de emplearlo. Estábamos en condiciones de contar con Alemania en contra de una agresión francesa, cuando resultaba claro que los franceses no intentarían otro Ruhr, y de contar con Francia en contra de una agresión alemana, cuando los alemanes no tenían ejército. ¿Pero tales acuerdos serían posibles cuando las cosas se pusieran serias?

Quienes se manifiestan con mayor violencia en contra de la “diplomacia secreta” están a favor de la “diplomacia por medio de conferencia”, que es la peor de las diplomacias secretas; y al tiempo que se expresan en los mismos términos contra los “compromisos secretos”, están de parte de compromisos tan vagos y amplios que, de hecho, hacen de su sentido preciso (si es que lo tienen) algo secreto. Nunca asumieron un peor compromiso secreto los responsables de la política exterior británica que con la Alianza de la Liga de las Naciones; el cual aprobó el Parlamento prácticamente sin discusión, como mero apéndice al Tratado de Versalles, y bajo su techo. Cierto que los términos de la Alianza fueron públicos, y de hecho todas las bandas de jazz pacifistas lo dieron a conocer al mundo. Sin embargo, ¿cuántas personas entendieron en verdad el significado de esos compromisos y el peso que entrañaban, de realizarse con honestidad, o la futilidad y deshonestidad de esos mismos compromisos si se evadía tal peso? Una vez en la Alianza ya no nos podíamos limitar a la defensa de nuestros propios intereses vitales. Y quienes insistieron en que asumiéramos tan amplios compromisos, al mismo tiempo lograron el desarme unilateral de este país. En lo personal nunca creí ni en la Liga de las Naciones ni en la “seguridad colectiva”;* e inmediatamente después de la experiencia que ofreció Vilna en 1920 expresé mi objeción en este sencillo teorema: “Los que tienen interés no pueden ser imparciales, mientras los que no tienen interés no pueden ser eficaces. ¿Cómo, entonces, se puede tener una acción internacional?”. ¿Estábamos preparados para ir a la guerra por Vilna, Corfú, Manchukuo y Abisinia? ¿Estamos preparados para ir a la guerra por España o China, o siempre hemos de encontrar abrigo tras el voto contrario de alguna Albania o Portugal? Si a cada paso se requiere de la unanimidad y de una verdadera acción colectiva, la Liga seguirá siendo lo que es, una impostura, una farsa miserable. Si se adopta el gobierno de la mayoría, se volverá un peligro mortal. Pero esto es impensable. E incluso dentro de la esfera de las “sanciones económicas” la acción de la Liga se ha mostrado más difícil y enfadosa de lo que se esperaba, y ha resultado ineficaz porque fue tímida: nadie quiso llegar hasta el punto de la amenaza de guerra.

A la llamada “vieja diplomacia” se le acusó de dividir el mundo en dos campos, lo que se dijo que lleva inevitablemente a la guerra. ¿Y dónde estamos hoy? Con Alemania, Italia y Japón fuera de la Liga, aliados y más agresivos de lo que se habría atrevido cualquier nación antes de la guerra, pero dejando sus satélites en la Liga, con el presumible fin de completar su desconcierto fársico. La única medida efectiva de un carácter internacional, recientemente puesta en marcha, fue el Acuerdo Nyon, concluido por un grupo de Poderes, afuera del marco de la Liga. Y si hay alguna salvación para la decencia y la libertad en el mundo, no es en la Liga de las Naciones, deshonrada y desgraciada, ni en la “división de artículos” de Ginebra, sino en la cooperación entre Gran Bretaña, Estados Unidos y Francia, un grupo al que se podrían sumar otros Poderes, o con el cual podrían colaborar.

El mayor peligro en las relaciones exteriores radica en lo que el señor Nicolson una vez describió como la “rectitud complaciente, untuosa y hueca”; en las grandilocuentes imposturas que privan a la gente de la idea de responsabilidad, en un pacifismo que no enfrenta los hechos y por tanto les da todo el poder a los que no cuentan más que con los hechos y con la capacidad para crearlos. La última línea de defensa para la Liga de las Naciones está en sostener que la idea es buena, sólo que la gente no la realiza con honestidad. Es claro que la dificultad está en los hombres y en su naturaleza. Pero ¿de qué sirve un programa político práctico si no se ajusta a las condiciones reales de la vida? Los que fueron capaces de elaborar el plan de la Liga no requerían de una Alianza, y los que necesitan de una Alianza no la han de elaborar.

Está el viejo y bien sabido cuento del merolico que se puso a vender píldoras antisísmicas en el terremoto de Lisboa de 1755; pero se olvida un hecho: cuando alguien le dijo que no era posible que sirvieran esas píldoras, el merolico repuso: “¿Pero qué va a darles en lugar de ellas?”.

 

Lewis Namier
Historiador. Entre sus libros: In the Margin of History, 1848: The Revolution of Intellectuals y Germany and Eastern Europe.

Se publicó originalmente en The Nineteenth Century and After, en enero de 1938. Namier lo recogió en el libro In the Margin of History (MacMillan & Co., 1939).

Traducción de Antonio Saborit.


* Una cosa muy diferente a un Frente Defensivo dirigido al bravucón que amenaza a todos los que tiene a su alcance (abril de 1939). (N. del A.)