¿Qué pasaba en el febrero de entonces? Volvíamos al colegio. Habrá hecho frío, como ahora, pero no lo recuerdo. En cambio veo al tío Abelardo, detrás del mostrador de su papelería, surtiendo las listas de útiles escolares que recogíamos en el colegio unos días antes de la entrada a clases. Me fascinaba ese momento, aún me deslumbra. No se me olvida el olor suave a papel y madera temblando en la tienda. Se llamaba “La tarjeta” y entonces fue una institución, no un comercio cualquiera. Los dueños eran mi tío Abelardo y su hermano Basilio quienes, además, tenían una imprenta en la que hacían los cuadernos. En la segunda y tercera de forros estaba escrito el Himno Nacional. Nuestros cuadernos debían ser delgados, para que la mano al escribir estuviera a la altura del escritorio y no empinada, como había que ponerla para dibujar en las libretas de cien hojas que sí les permitían a mis hermanos.
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