La propiciación desmesurada de sacrificios en la santería costó la vida a nuestra amiga X. Ésta era una de las mulatas llamadas “de abolengo” en la ciudad de La Habana. La piel amarillenta de las llamadas blanconazas, el pelo negro, estirado y abundante, una ligera lipodistrofia céfalo-toráxica que abombaba anchamente las caderas, en contraste con unos senos mezquinos disueltos en el busto estrecho, el rostro bonito, eran sus armas para afrontar la vida. De esta buena disposición de su cuerpo pendió su destino y usó de él como una jugadora de bolsa. Changó era su Ángel Guardián y la protegía con una solicitud extrema. Dadivosa y jactanciosa, a cada golpe feliz en su juego colmaba a su deidad y demás santos de excesivos regalos. Abría festivales a todo lujo, con exceso de todo. La gente murmuraba: “Un día la van a castigar por fanfarrona; a los santos no les gusta tanto plante”.
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