Cuando era niño me sorprendía ver que mi padre, luego de beber una botella de vino, sonreía de manera poco habitual. Tal vez pensaba que si reía sus hijos le perderíamos el respeto. No andaba errado, porque su mano dura había dejado huellas en nuestro ánimo y no perderíamos oportunidad de tomar la plaza o al menos de escapar por unos momentos de las miras de la autoridad. En aquel entonces yo no sabía cuánta felicidad sabe ofrecernos el vino. Aún estaba yo instalado en mi pútrida adolescencia cuando mi padre se enamoró de una mujer más joven y nos abandonó durante una década entera. Llamar pútrida a mi adolescencia no es un reproche al hombre que se marchó de casa, es simplemente que los adjetivos son la sal de la vida. Quiso la mala suerte que la joven mujer de mi padre muriera antes de cumplir los treinta y entonces él bebió más que nunca: sufría, trabajaba a todo vapor como fue siempre su costumbre, pero en sus ojos y en su aliento las huellas del vino anunciaban ya cómo habría de ser su caída. Volvió a casa y mi madre lo recibió. Para entonces yo no conocía aún las desgracias que el vino trae consigo si lo bebes cuando has perdido el espíritu.
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