Aquel en quien el estadista pone su confianza debe ser ampliamente, por no decir ilimitadamente, confiable; y debe manifestar su confianza al mundo. En nueve de diez casos de confianza traicionada en cuestiones de Estado, la vanidad es el traidor. Cuando un hombre entra en posesión de algún secreto, lo tienta el alardear que lo tiene con este o aquel amigo. Pero cuando se le conoce como alguien confiable para todo tipo de secretos, a su vanidad le interesa no exhibir los secretos sino mostrar que sabe guardarlos. Y su fidelidad de corazón está igualmente mejor asegurada.
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