A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Realidades fue la serie fundadora de CNI/Canal 40. Canal y programa nacieron juntos en octubre de 1995 con un raro reportaje para la época sobre los mitos, mentiras y leyendas del narcotráfico. Tres partes, de una hora cada una, y una línea telefónica abierta para que los televidentes votaran a favor o en contra de la legalización de las drogas. El sí registró más votos, por cierto.

censura

Realidades tenía un formato flexible. Una noche era una crónica, otra un reportaje, entrevista en locación, documental, entrevista en estudio, debate, mesa de análisis. A mediados de 1996 debatieron cuatro veces los entonces encarnizados rivales Diego Fernández de Cevallos y Cuauhtémoc Cárdenas, quien más tarde nos diría que ahí calibró la posibilidad de ser el primer jefe de gobierno electo del Distrito Federal.

No se le ponía piiip a las groserías ni se difuminaban los penes. Tampoco se cortaban las escenas de siete minutos en que las tzotziles lanzaban a pedradas a los soldados en una carretera en construcción en los Altos de Chiapas. Un energúmeno Octavio Paz nos llamó para que no transmitiéramos la entrevista que Gina Batista le acababa de hacer a Elena Garro. El joven Andrés Manuel López Obrador, que días antes había sido descalabrado en una toma de pozos petroleros en Tabasco, tuvo su primera entrevista de una hora en televisión; y además con un entrevistador de lujo, Miguel Bonasso.

En Realidades debutaron Denise Maerker, Carlos Puig, Denise Dresser y una frondosa generación de reporteros, productores, realizadores y camarógrafos de calidad que llevarían con éxito ese lenguaje, cultura y temática, primero a CNI Noticias y luego a otros programas y canales. Realidades forjó CNI y trajo a la televisión mexicana un estilo de contar las historias sensacionales que comenzaban a ocurrir. Era un lujo. Y la cara de un canal pequeñito, pero gloriosamente joven y descarado que quería comerse la realidad de un país que se empeñaba en presentarse con una cara nueva.

Una mañana de marzo de 1997, la secretaria de Javier Moreno Valle me entregó la fotocopia de un artículo publicado por esas fechas en un diario del este de Estados Unidos. El reportaje del Hartford Courant descubría a un grupo de mexicanos mayores de edad que contaban una historia penosa y alarmante: décadas atrás sufrieron abuso sexual de un religioso llamado Marcial Maciel, de quien jamás había oído hablar.

Como director de Realidades, era el responsable de decidir la temática de los cinco días de la semana. Tenía un fólder atiborrado de recortes y propuestas. Allí metí la fotocopia.

Javier no sólo era concesionario del Canal 40 y dueño y presidente de CNI. Era un formidable proveedor de temas para Realidades. Medio en broma, medio en serio, le decíamos el “jefe de información”. Esa era su pasión en el 40: imaginar programas y ayudar a que avanzaran las ideas. Cuando se dio cuenta que no había echado a andar el asunto del Hartford Courant, se tomó una tarde para explicarme quién era el padre Maciel.

Saqué el texto del fólder, lo estudié, subrayé y pregunté qué reportero estaba libre. Me dijeron que Rocío Correa, una joven que no era precisamente la encargada de hacer las notas duras. Le pedí que buscara a los hombres que testimoniaban en el Hartford Courant y me desentendí del asunto. Antes de la Semana Santa, Rocío tenía a cuatro.

Los citamos en las oficinas del canal en Las Lomas. Invité al coordinador de Realidades, Marcial Ortiz, y pregunté qué productor estaba libre. Me dijeron que Marisa Iglesias, quien sí hacía programas duros. Se presentaron José Barba, Saúl Barrales, José Antonio Pérez Olvera y Alejandro Espinosa. Los escuchamos sin prisa, tratando de detectar el momento en que el relato se volviera volátil, de descubrir la menor de las exageraciones, la contradicción que los delatara. Preguntamos por sus razones para contar esa historia en televisión. Sesentones, profesionistas y con familia, querían narrar los abusos que les infligió un sacerdote casi medio siglo atrás.
Eran impresionantes. Barba, en especial. Un virtuoso en esa pesadilla. Un erudito que hacía citas al vuelo en italiano y latín. Uno de esos hombres al que la tragedia parecía haberle iluminado intelecto y carácter. Nos advirtió esa calurosa tarde de abril que los Legionarios no se quedarían con los brazos cruzados. Fanfarroneamos, nos jactamos de ser una televisora sin miedo y sellamos con un apretón de manos el compromiso de hacer el programa.

censura2

Le dije a Javier que la historia que contaban los cuatro era más verosímil, creíble y confiable de la que habíamos leído en el Hartford Courant. Respondió con su clásica expresión afirmativa, que escuché cientos de veces en los 10 años que trabajamos juntos: “A toda madre, don Ciro”. Me pidió que buscáramos también a la otra parte, como en cualquier otro reportaje de Realidades. Así se enteraron los Legionarios de Cristo.

No tardaron en visitarnos. Nunca quisieron dialogar. Iban a someternos. Prepotentes, groseros, jamás les escuché una palabra de duda o misericordia. Venían a conquistarnos, aplastarnos si no les quedaba más; legionarios al fin. Aseguraban que se trataba de una conspiración en contra del Vaticano y que esas cuatro voces habían sido corrompidas para dañar al padre Maciel. A los chantajes y advertencias siguieron las amenazas espirituales, comerciales y físicas: el programa no debería salir al aire. Amenazas del padre Gregorio, rector de la Universidad Anáhuac: ayuno, rústico, incapaz de superar el lugar común de los 20 siglos de ataques contra la Santa Iglesia. De Luis Garza Medina, alto jerarca de la Legión; de ex legionarios, amigos del Regnum Christi, familiares, anunciantes, funcionarios del gobierno federal.
—¿Quiénes presionaron? —le pregunto 13 años después a Javier. Conocemos la respuesta, pero no habíamos hecho el ejercicio de memoria en público.
—Roberto Servitje le habló a Raúl Archundia, que era nuestro director comercial. Le dijo, refiriéndose a mí: “¿Qué le pasa a este muchacho, voy a hablar con su papá, que es un general muy respetado, y le voy a decir que le diga que no pase el programa”. Raúl le contestó que sabía que tenía una magnífica relación con mi papá, pero que no imaginaba que siquiera me sugiriera que no lo pasáramos.
—¿Lorenzo Servitje habló contigo?
—No antes del programa. Al día siguiente que se transmitió, me habló su hija Marinela para decirme que si podía recibirla a ella y sus hermanas, porque la noche anterior se había armado una zacapela en la casa de su papá. Cuando me visitaron, me explicaron sus razones y me llevaron libros fotocopiados, donde había muchas historias de pederastia y abuso sexual de menores por parte de curas.
—¿Vieron bien el programa?
—Les pareció muy importante que se rompiera el silencio y que alguien se atreviera a hacer públicas esas denuncias.
—¿Hubo boicot comercial?
—Por supuesto. No sólo fue Bimbo.
—Don Lorenzo dice que él no llamó a ningún boicot.
—Él no llamó a nadie para que se sumara, pero sí instruyó para que Bimbo no se anunciara con nosotros. Su hermano Roberto, en cambio, fue muy activo tratando de armar el boicot.
—¿Quién más?
—Alfonso Romo también promovió el boicot. En ese entonces era un anunciante importante, dueño de Seguros América y de la tabacalera. Carlos Slim. A partir del programa, la inversión de su grupo se mantuvo casi estática por los siguientes años, a pesar de que nuestros niveles de audiencia aumentaron significativamente. En público hablaban de nuestros bajos niveles de audiencia, pero en privado decían que no nos iban a apoyar por lo del padre Maciel. Eso nos decía también la gente de las agencias de publicidad.
—¿Alguien te apoyó?
—Varios. El más destacado fue Augusto Elías.
—¿Cómo fue la presión del gobierno?
—Empezó con Liébano Sáenz, secretario particular de Ernesto Zedillo. Me llamó y me dijo algo así como: “Mi amigo, nunca te hemos pedido nada, pero en esta ocasión te quiero pedir que no transmitan el programa que están preparando sobre el padre Maciel”. Le dije que no, que me apenaba mucho, pero que me gustaría que platicáramos para que le explicara mis razones. Nos reunimos el primero de mayo en su oficina de Los Pinos. Me dijo que acababa de presenciar un hecho histórico: el funeral del movimiento obrero mexicano, porque por primera vez el movimiento obrero ya no pudo hacer su desfile en el Zócalo, y la ceremonia fue en un auditorio, no recuerdo si el Nacional o el de los ferrocarrileros. Entramos al tema. Le dije que no podía complacerlo y le dije por qué: un momento antes de que empezaran a grabar sus testimonios estas cuatro personas frente a la cámara, Ciro me pidió que platicara con ellos; José Barba me dijo que ojalá los testimonios no quedaran sólo en una cinta, y yo le dije que podía estar seguro de que los transmitiríamos. Liébano me dijo que vendrían muchas presiones. Le respondí que no importaba. Y le pregunté por qué no quería que se transmitiera. Respondió que porque se le haría un gran daño al país. Ah, caray. Le pedí que me explicara en qué consistía ese daño, porque éramos incapaces de hacer algo que le hiciera daño al país. Me dijo: “Mi amigo, tengo cierta información de Estado que no puedo compartir contigo”. Le dije que entendía que no la compartiera, pero que no era un argumento suficiente y que me apenaba mucho, pero sin los elementos para saber por qué le íbamos a hacer daño al país, no podíamos dar marcha atrás. Le dije que llevaba conmigo un video con una parte de los testimonios, que le dijera a su jefe que los viéramos juntos y que si, después de haberlos visto, me decía que no los transmitiéramos porque le hacíamos daño al país, lo consideraría. Me contestó que eso no iba a ocurrir nunca, que el presidente no iba a ver esos videos, porque no se iba a hacer cómplice. ¿Cómplice de qué, qué delito estábamos cometiendo? Me dijo: “Olvídalo. ¿Cuál es tu problema, es un problema de conciencia?”. Le dije que así era. Me dijo que entonces no teníamos nada más que hablar.

Al salir de aquel encuentro, Javier me pidió que nos viéramos para contarme en detalle la conversación con Liébano. Lo recuerdo muy preocupado. Fue sugerencia mía que olvidáramos la idea. Me ofrecí a hablar con Barba. Pero ahí mismo nos convencimos de que, pese a las precarias condiciones económicas del canal, sería un error monumental meter reversa. Para los dos, el programa ya no era meramente periodismo y televisión. Era la historia de un criminal todopoderoso y unas víctimas arrinconadas y calumniadas que habían confiado en nosotros. Para qué queríamos una señal de televisión si no podíamos contar una historia como ésta. Para qué, si íbamos a ceder graciosamente ante quienes se casaron con la bendición de Maciel, bautizaron a sus hijos con él y lo eligieron para que oficiara la misa de sus muertos.
¡Ni madres!
Nos olvidamos de Liébano y le conté mi idea del guión. Me sugirió reforzar el contenido con opiniones de especialistas (a la larga fue un error que le quitó dinámica a la producción, pero…). Le marcamos al director del canal, Hernán Cabalceta, para confirmarle que marchábamos al frente y pondríamos de inmediato al aire spots con fragmentos de los testimonios que anunciarían la fecha de salida: lunes 12 de mayo.
—¿Quién más apretó, Javier?
—Nadie como Liébano. Llamó Carlos Ruiz Sacristán, secretario de Comunicaciones y Transportes, la semana anterior a la transmisión del programa, para decirme que los medios no debían servir para calumniar y difamar a la gente, y que tenía entendido que eso íbamos a hacer con el padre Maciel. Le dije que no, que no se trataba de una calumnia, sino de testimonios verosímiles de gente muy valiente. Me dijo que a lo mejor no sabía lo que quería decir difamar, y me leyó la definición de lo que, dijo, era su diccionario que tenía frente a él: difamar era decir algo negativo de una persona, aunque fuera cierto lo que se decía, y que, si quería, me mandaba una copia de la definición. Le di las gracias por la lectura, ya que gracias a ello le podía confirmar que entonces la próxima semana íbamos a difamar al padre Maciel. Cambió el tono y me dijo que le apenaba llamarme para eso, que ni siquiera era un asunto de su correspondencia, pero que lo que pasaba era que no tenía idea de la presión que le estaban haciendo para que me llamara y pidiera que no transmitiera el programa.
—¿Quién más?
—Alfredo Elías. Era el director de Aeropuertos y Servicios Auxiliares. Uno o dos días después, me habló para decirme que Ruiz Sacristán le había pedido que me hablara para decirme que no pasara el programa del padre Maciel. Le dije que me parecía raro, porque ya le había dicho que sí lo haríamos. Me dijo que qué me pasaba, que si cuando era niño habían abusado de mí. Le dije que no, pero no sabía si a él sí. Le dije que los testimonios eran muy fuertes. Me dijo que en esa iba yo solo. Le contesté que en cuál no.
—¿Quién te apoyó?
—Miguel Limón, secretario de Educación Pública, y Rafael Tovar y de Teresa, presidente del Conaculta. Platicamos y Miguel me dijo que era importantísimo que no me fuera a rajar. Que él, por razones obvias, no podía hacer declaraciones, pero que en privado me apoyaría para que se viera quién era en realidad el fundador de los Legionarios.

Los rumores eran extenuantes. El viernes 9, Javier y yo aceptamos una súbita cita de medianoche con el rector de la Universidad Iberoamericana, el jesuita Enrique González Torres. Nos pidió no salir al aire porque le íbamos a hacer daño a la Iglesia y los Legionarios les echarían la culpa. Nos despedimos con un fuerte abrazo.
Cabalceta (quien ocho años después sería la pieza que TV Azteca utilizaría para apoderarse de la señal del 40) se quebró la tarde del lunes 12 de mayo. Sus administradores y publicistas lo convencieron de que era una estupidez transmitir el programa. Por esas horas corría el rumor de que la red de cableros del interior del país bloquearía nuestra señal, versión que el dueño de Cablevisión Monterrey y Grupo Multimedios, Francisco Pancho González, nos desmintió categóricamente. Animado por su entonces director editorial, Federico Arreola (un apoyo anímico invaluable en esos días), Pancho nos garantizó que en sus sistemas nadie cortaría nada. Pero lejos de Monterrey, en Mérida, Toluca y Guadalajara se aplicó la censura.

Un par de horas antes de la transmisión, me llamó mi esposa para decirme que hablaron a la casa para amenazarla a ella y a mis hijos, de tres años y seis meses. Se lo conté a Javier y reventó por primera vez en ese mes. “¡A la chingada, cabrón, paramos el programa!”, gritó y repitió. “No mames, don Ciro, eso sí no”. Nos servimos un whisky para volvernos a convencer de que no teníamos alternativa. Mandó a dos de sus guaruras a cuidar el edificio donde vivíamos.

Con Marisa, Marcial, Rocío y Gina Díez Barroso, la esposa de Javier, nos fuimos a una oficina del canal a esperar la hora.

El programa de 48 minutos se transmitió a contracorriente del enfoque de negocio. En un testimonial de una dureza y emotividad creo que nunca vistos antes en nuestra televisión, Barba describió paso por paso el abuso de Maciel. Alejandro Espinosa detalló la forma en que mon père seleccionaba a sus predilectos. Saúl Barrales explicó la cultura del engaño. Por temor, quitamos los testimonios sobre la drogadicción de Maciel.

Algunos anunciantes tardaron en perdonar la transgresión, otros no la olvidaron. Siempre pensé que estaban en su derecho. Era su dinero y era su inversión. Y era, en aquel 1997, la televisión que no querían ver.

Raúl Archundia renunció. La suerte comercial de CNI/Canal 40 (incipiente, pero prometedora) no volvió a ser la misma. Justo un año después de la transmisión de Medio siglo, una historia (así se llamó el programa; un título tan poco periodístico denota el tamaño de nuestros temores), Moreno Valle tuvo que entrar en negociaciones con Ricardo Salinas Pliego para firmar una alianza estratégica con TV Azteca, que sabemos en qué terminó.

La noche del 12 de mayo de 1997 pudimos confirmar que la rectoría de la televisión mexicana se había desplazado de Bucareli a las oficinas de los grandes empresarios, las agencias de publicidad y las embrionarias centrales de medios. Y que la apertura a los debates y reportajes políticos se acoplaba, en sentido contrario, con la intolerancia cultural. Polémicas sobre el fraude electoral, sí; sobre el celibato, no. Sobre Zedillo trastabillante, sí; sobre el nuncio Prigione hostigador, nunca. Cuernos de chivo, sí; condones, no. Priistas, sí; Legionarios, jamás.

Salvo muy apreciables excepciones (La Jornada, Federico Arreola, Joaquín López-Dóriga, Jaime Avilés, Francisco Martín Moreno, Raymundo Riva Palacio), los periodistas callaron. Los que un lustro más tarde se encumbrarían con la historia de Maciel bajaron la cabeza y se callaron la boca. “Yo hubiera querido apoyarlos, pero tú sabes quiénes son los Legionarios”, fue una frase que escuché una y otra vez. Julio Scherer se burló cuando Moreno Valle fue a exponerle nuestras dificultades. “Don Javier”, lo aleccionó, “nosotros nos ocupamos de cosas que pasan hoy, no de lo que ocurrió hace 50 años”.

En la primavera democrática 1997-1998 era negocio engallarse con el gobierno y reprobar la historia oficial. Pero nadie, salvo el delirante Canal 40, iba a pelearse con los bancos, las empresas automotrices, las compañías telefónicas, Bimbo, las cerveceras. Y nadie lo hizo hasta la crisis internacional de pederastia en la iglesia católica de 2001-2002, cuando los costos eran infinitamente más bajos. El resto de la historia, la cataclísmica derrota del padre Marcial Maciel, es bien conocida.
CNI/Canal 40 desapareció en mayo de 2005. Javier Moreno Valle sigue siendo el titular de la concesión, pero una escabrosidad de denuncias, amparos, suspensiones y demoras hacen que TV Azteca opere esa señal.

Como en 1997, el gobierno no quiere saber nada de Moreno Valle y estos asuntos tan conflictivos. Como en el 97, Javier sabe, sabemos, que estas peleas son de convicción y resistencia.

Ciro Gómez Leyva
. Periodista. Es director editorial adjunto de Milenio Diario y titular del programa Radiofórmula de la tarde.