En despeñaderos inaccesibles Patricio Novoa fue descubriendo especies de cactos y orquídeas que los botánicos habían declarado extintas. Gracias a su empeño casi suicida, el catálogo de la flora chilena se ha enriquecido con los sobrevivientes del mundo jurásico
En un día de trabajo, pendiendo de acantilados a 70 metros sobre las olas de Quintay, rodeado de cactos y espinos, bajo un sol castigador, Patricio Novoa, curador y jefe de horticultura del Jardín Botánico de Viña del Mar, abrió un sendero con tijera de podar en una zona inexplorada; le dio consejos a un especialista en orquídeas de Santiago; cerró por celular una venta de flores a una constructora para financiar el Jardín Botánico; tomó nota y recolectó cierta flor prehistórica que no había visto más que en la arena; descansó en una quebrada; habló pestes de los botánicos de escritorio y, pese a regresar a su oficina sin encontrar la flor única que fue a mostrarme, almorzó a las cinco de la tarde, con esa rara sonrisa que produce en algunas personas el placer por el sufrimiento.
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