Seco, duro y alegre, me sentía de acero, liberado por fin del pecado de existir; jugábamos futbol entre el Hôtel des Grands Hommes y la estatua de Jean-Jacques Rousseau; yo era indispensable, the right man in the right place. Ya no envidiaba nada al señor Simonnot; ¿a quién le habría dado su pase Meyre, después de haber burlado a Grégoire, si no hubiera estado yo, presente aquí, ahora?
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