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El predominio subjetivo de las clases medias

Gonzalo N. Santos, ese personaje de los peores (él diría mejores) tiempos del autoritarismo mexicano y estrella de la picardía más insolente, solía recordar una expresión usada por él para conseguir votos durante sus campañas: “Contra los ricos… hasta que nos emparejemos”. Más allá del humor, hoy los expertos podrían escudriñar en la expresión toda suerte de laberintos psicológicos. De seguro nos hablarían de una lectura “aspiracional”. Según esta expresión de un participante directo de la Revolución mexicana, ese movimiento no cargaba con una consigna ontológica en contra de la riqueza. En su versión lo que irritó a los revolucionarios en relación a la riqueza fue que unos tuvieran, y mucho, y otros estuvieran en la miseria. Se trataba entonces de igualar pero para arriba, no para abajo. Los pobres, según esto, querían vivir como los ricos, por eso estaban en contra de ellos, hasta emparejarse.

Ilustración: Patricio Betteo

El personaje murió hace ya muchos años. Sus memorias siguen siendo un referente del descaro. Pero su expresión provoca. ¿Cómo se imaginan los mexicanos que es su sociedad, cómo la dividen entre ricos, pobres y clases medias? Según la Encuesta Nacional de Vivienda de 2008 de Parametría, los mexicanos tenemos claros los extremos: la imagen de pocos muy ricos y muchos muy pobres crea una coincidencia de alrededor del 71% de los mexicanos. Así miramos a nuestra sociedad. En la parte baja de la pirámide está una base muy ancha; arriba en la cúspide sólo unos pocos muy ricos. Pero en el centro reina la confusión. Un 34% de los mexicanos piensa que la pirámide se adelgaza de abajo hacia arriba paulatinamente, como en nuestras pirámides de verdadera piedra. Pero un 37% no lo ve así: se imagina a México como un clavo pero con doble achatado, con cabezas en los dos extremos, o sea, muchos pobres y muchos ricos, y en medio una delgada clase media.

Para buena parte de los mexicanos la clase media existe y es poderosa; para otros es inexistente. El asunto no es una novedad: en los estudios clásicos de las clases medias de C. Wright Mills, de Ralph Miliband o de Ralf Dahrendorf las clases de ingresos medios siempre han sido un enigma. Para comenzar es la clase de los sin clase. Mientras un campesino se identifica en su forma de vida y problemática con otro campesino o un trabajador del proletariado, en su estereotipo tradicional, es decir, lo que ahora nombramos trabajadores típicos de cuello azul, lo hace con sus compañeros de línea de producción, un miembro de las clases medias puede estar confundido en su localización en la geografía de la sociedad. Una salida se ha dado en el lenguaje al usar el plural, la clase media tradicional hoy se divide en media alta, media media y media baja, por ejemplo. El plural es muy cómodo, clases medias, porque abarca rangos de ingreso muy amplios y formas de vida muy diferentes.

Las clases medias pueden oscilar en sus formas de expresión: un despachador de gasolina, un chofer de taxi, una enfermera, un profesionista, un técnico, un asesor financiero, un maestro. Ni la fuente de trabajo ni la actividad por sí mismas los definen. La mayoría pertenece al sector servicios. Su hermandad es menos evidente y sin embargo también viven situaciones similares. Entre los miembros de las clases medias el factor subjetivo es de gran peso; ¿cómo se miran a sí mismos los miembros de las clases medias? Algo queda claro, los ingresos no son suficientes para explicar el fenómeno.

Hay países con clases medias tradicionales que se colapsan en una crisis económica de mediano alcance. Hay otras sociedades en las que, por el contrario, el nivel de tolerancia de las clases medias a las tempestades económicas es mucho mayor. ¿Por qué? Parte de la explicación radica en los antecedentes y en la forma de vida. Un miembro de la clase media argentina acostumbrado a una vivienda más que decorosa, a comer carne y tomar vino varias veces por semana, entrará en crisis cuando ese consumo se sacude. Aunque su consumo siga siendo muy bueno en relación a otras clases medias, él sentirá una disminución que lo amenaza. Sostener sus hábitos de medianía es un esfuerzo que paga más allá de la carne ingerida, tiene que ver con un estatus que se pierde. Las clases medias, desesperadas por un consumo que se angosta y por la forma de vida que se puede perder, han sido factores de una gran inestabilidad.

Pero qué ocurre cuando se viene de muy abajo, cuando se es hijo de campesino, o de ejidatarios o comuneros para el caso mexicano, y lentamente se va accediendo a un mejor nivel de vida. Qué pasa cuando esas nuevas clases medias miran para atrás y comparan su situación con la de sus padres. Pensemos en asuntos básicos de México como el agua potable, el piso firme, el acceso a electricidad, a medios de comunicación masivos, a un automóvil, a diversión, etcétera. Los referentes y horizontes son totalmente diferentes. El proceso de formación de clases medias está íntimamente ligado a la urbanización, condición que en México ya alcanza casi al 80% de los mexicanos.

Si tomamos los datos más recientes del CONEVAL tendríamos que asumir que casi la mitad de la población vive en pobreza. Este conjunto incluye a pobreza de patrimonio, de capacidades y alimentaria. Sin duda la más estremecedora es esta última, que implica incapacidad para conseguir, en el día con día, la alimentación necesaria. Pero algo no cuadra del todo porque hay estudios que muestran un autorretrato de los mexicanos muy diferente. Por ejemplo, en un ejercicio autorreferencial del Opinómetro de Milenio de 2001 se arrojaron los siguientes datos: ¿Cómo describiría usted su situación personal, con cuál de las opciones se definiría? Un 1% describe su situación como rico; y sólo un 16% como pobre. El resto, más del 80%, se mira a sí mismo como miembro de las clases medias, alta, media y baja. Quizá de nuevo la explicación radica en los referentes. ¿Cuándo se ingresa a la clase media? ¿Qué define ese nivel? Jorge Castañeda ha abordado el resbaladizo tema (“Clase media: 60% de la población”, Reforma, 18 de febrero de 2009).

Aunque el criterio no es suficiente, los miembros de las clases medias se identifican porque consumen ciertos bienes que hermanan la forma de vida. Esos bienes han ido en incremento en las sociedades industrializadas o en proceso de industrialización. El concepto de marginación, tan usado en México en la década de los setenta, es otro camino para arribar a la misma conclusión. Un miembro de las clases medias en sus diferentes niveles ha escapado a la condición de marginado. Recordemos que la expresión aludía precisamente a aquellos grupos humanos, la mayoría indígenas, pero no exclusivamente, que se encontraban fuera del proceso de crecimiento e integración. De ahí la creación de programas especiales que buscaban romper los muros de la marginación. Las crecientes clases medias nos hablan de un arrinconamiento del fenómeno de la marginación. Regresemos al asunto del consumo como elemento unificador.

Por supuesto que en todos lo productos hay calidades muy diferentes, los productos de marca son una muestra de una creación artificial de las diferencias. Hay jeans muy baratos y muy caros, pero al final del día son jeans. Hay televisores de gran lujo pero quien cuenta con un aparato de precio bajo podrá ver básicamente lo mismo. A principios del siglo XX los relojes de pulso eran un artículo de distinción y de elegancia en círculos reducidos. Pero en la segunda mitad del siglo XX el reloj se popularizó de tal manera que un reloj de 100 dólares podía dar un servicio equivalente a uno de 10 mil. La más reciente moda, sobre todo entre los jóvenes, es no usar reloj, para qué si se carga un celular que cumple la función de darnos la hora.

Se calcula que en México los teléfonos celulares llegarán a 100 millones en menos de un lustro. Esto en un país que tendrá alrededor de 110 millones de habitantes. Lo mismo ocurre con el automóvil, que si bien sigue siendo símbolo de estatus, de prestigio, la verdad es que se ha popularizado tanto que termina por ser un agregado en la vida de una gran mayoría. El parque vehicular en México crece por millones cada año y si bien es cierto que hay diferencias abismales entre los precios de los vehículos, también lo es que la gran diferencia, como en el televisor o los relojes, tener o no tener vehículo, tiende a desaparecer.

Por supuesto que las zonas serranas, las de población indígena en particular, presentarán todavía rasgos de marginación, de exclusión del proceso general que vive el país. Pero la forma de vida de decenas de millones de mexicanos está cambiando todos los días. El cambio es real y de percepción. Ambos coexisten. En el primer nivel, el real, hay varias explicaciones. En las últimas dos décadas la economía mexicana ha crecido en promedio sólo 1.9%, lo cual es a todas luces insuficiente si queremos enterrar la miseria con rapidez. A la par desde 1970 el crecimiento demográfico se ha desplomado del 3.5% a poco más del 1% en la actualidad. La tasa de fertilidad ha caído por debajo del nivel de reemplazo que es 2.1 hijos por pareja. Las cifras más recientes nos hablan del 1.67. Por eso, a pesar del magro crecimiento económico, pero con una tasa poblacional en franco declive, hay bienestar creciente.

Según datos de A. C. Nielsen, de 2007, el 88.5% de los hogares cuenta con agua, no digamos potable porque la calidad es dudosa, pero agua entubada al fin, con las consecuencias en higiene que esto supone. Una cifra similar cuenta con drenaje. Con electricidad más del 95%. En 2008 el INEGI estimó alrededor de 26 millones 730 mil hogares con un promedio de cuatro integrantes por hogar y con sólo 1.1 menores por hogar, lo cual marca una diferencia abismal frente al México de hace un par de décadas. Otro cambio central y que está directamente vinculado a la integración de la mujer al aparato productivo es que, en los actuales hogares de los mexicanos, de los cuatro integrantes 2.3 son perceptores de ingresos. Parte de las bondades del bono poblacional están ya en curso a pesar de que no hemos hecho demasiado por aprovecharlo. Si bien es cierto que en el periodo 2006 a 2008 los ingresos cayeron en casi todos los niveles, también lo es que los aumentos previos fueron significativos.

En lo real, la vida cotidiana, a pesar de todo sigue habiendo cambios en la calidad de vida. El porcentaje de hogares con lavadoras automáticas se dobló en sólo seis años al pasar del 18% al 41%. Los hornos de microondas tuvieron un crecimiento aún mayor al pasar del 15% al 52%, lo mismo ocurre con los televisores y otros artículos de consumo duradero. De los 26 millones 700 mil hogares sólo un millón 370 mil carecen de algún tipo de televisor. Sin metáfora, México se está amueblando todos los días y por lo visto este cambio real trae consecuencias subjetivas de gran relevancia. No es la primera sorpresa que nos llevamos. Recordemos que de los resultados de la Encuesta Mundial de Valores en su edición 2005 se desprendió que los mexicanos se declaraban mucho más felices que moradores de países con niveles de vida muy superiores. ¿Cómo explicarlo?

Más allá de lo chusco y folklórico el asunto mereció atención de los especialistas: no es que los mexicanos sean por esencia más felices. Tiene que haber explicaciones racionales. Por qué si el país no ha crecido al ritmo que necesita y merece, los mexicanos en un alto porcentaje, 56%, se declaran felices o muy felices. Algunas de las salidas teóricas que se dieron se centraron en la ampliación de las libertades y opciones de las últimas dos décadas, libertades y opciones políticas las más evidentes, pero también opciones informativas, de diversión y de consumo. Costco cuenta con más de 30 establecimientos, 26 de los cuales no están en la zona metropolitana. Wall*Mart es hoy el principal empleador privado del país y tiene alrededor de 130 establecimientos, 105 fuera del Valle de México. Una tienda emblemática de las clases medias altas, El Puerto de Liverpool, ha salido del ámbito del Valle de México y se encuentra ya en 40 ciudades de la República. A partir de la apertura comercial el consumo en México ha mejorado sensiblemente, sobre todo para las clases de ingresos medios que no tenían oportunidad de cruzar la frontera en busca de bienes.

Pero advertimos que las clases de ingresos medios podían ser, en ciertas ocasiones, un factor de desestabilización, sobre todo si sus ingresos y formas de vida se ven afectados. ¿Cuáles son las expectativas de las clases medias mexicanas? En tres ocasiones Consulta Mitofsky y la Fundación ESTE País han medido las expectativas salariales. En noviembre de 2006 el 35% de los mexicanos se declaraba satisfecho con su salario; el porcentaje cayó en 2008 al 31%, y es explicable. No deja de ser significativo, sin embargo, que un tercio de la población esté en esa categoría. Pero sin duda lo más relevante es el 70% insatisfecho. ¿Quiénes son, dónde están, qué piensan? Una vez más las contradicciones e intrigas afloran.

Las mujeres, en lo general, se declaran más satisfechas. A menor nivel socioeconómico, menor escolaridad y menor edad, mayor insatisfacción. No pareciera extraño el razonamiento. Las sorpresas aparecen por la localización geográfica. Los más insatisfechos se encuentran en El Bajío, zona de una gran prosperidad desde hace tiempo. Ahí los niveles de ingreso son muy superiores a los de otras zonas. Cómo explicarlo: parte podría ser la espiral de ascenso que han perfilado algunos autores como Richard Easterlin. Una vez entrado en el consumo se desea más, por lo menos hasta ciertos niveles.

Pero quizá lo más asombroso del estudio es que la mayor satisfacción se registró en el sureste donde los ingresos son mucho más bajos y la prosperidad no se ha extendido como en El Bajío. Vamos al dato duro central: en 2008 los mexicanos, en promedio, se sentían satisfechos con un salario de nueve mil 924 pesos mensuales, es decir, 6.5 veces el salario mínimo. La cifra resulta interesante porque nuestro ingreso per cápita oscila los 10 mil dólares anuales, es decir que teóricamente ronda esos niveles. El problema es la distribución y la concentración. Los más insatisfechos son aquellos mexicanos de entre 30 y 49 años, viviendo en localidades urbanas del centro de México y, quizá sea una señal de salud nacional, con niveles educativos de universidad y más. A mayor información mayor es la exigencia.

Pero ¿y qué país les gustaría tener a los mexicanos? De regreso al estudio de Parametría. Un 18% desearía una sociedad con pocos ricos, clases medias abundantes y una fuerte dotación de pobres, pero menos pobres extremos. En esa visión los pobres no disminuyen demasiado. Un 31% vislumbra una sociedad con una clase media muy amplia y una dotación de ricos y pobres, los inevitables extremos, muy delgados. Y, finalmente, hay un 27% que le gustaría una sociedad con muchos ricos, un amplísimo grupo de clases medias altas y una disminución paulatina hacia la base. Sin embargo, todos ven riqueza en sus horizontes. O sea que al final del día Gonzalo N. Santos leyó bien a la sociedad mexicana, “Contra los ricos…”

Federico Reyes Heroles.
Escritor y analista político. Es presidente del Consejo Rector de Transparencia Mexicana. Su más reciente libro es: Alterados. Preguntas para el siglo XXI.