Hace 25 años la industria cinematográfica mexicana agotaba sus últimos espasmos entre el desprestigio cultural del cine de albures, sucesor del de ficheras: en 1990, mientras se filmaba en medio de penurias inmensas Cabeza de Vaca, Retorno a Aztlán y Ciudad de ciegos, en la cartelera reinaban Y Melón se comió las plumas, Las pelotas de Juan Camaney, Cuando te veo palpito, El trasero de oro, El diablo quiere sexo, Hembras de Tierra Caliente, Un macho en el hotel, No hay quinto malo, Papaya Beach y Las paradas de los choferes. Alguna vez se deberá estudiar y, si todo saliera bien, explicar cómo el país de los más fregados sostuvo esa industria viéndose retratado en sus caricaturas más aberrantes, sus rasgos más primitivos, su reducción a una imbecilidad orgánica, y cómo el medio se aplicó a denigrar así a su público como fórmula de éxito financiero.
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