A pesar de las decepciones acumuladas por la sufrida afición mexicana en las copas del mundo, la amnesia colectiva inducida por las televisoras renueva cada cuatro años nuestra fe en los milagros. Odio esta manipulación de las masas, pero cuando se trata de apoyar al tricolor guardo bajo llave el espíritu crítico, porque no puedo renunciar a una pasión contraída desde la infancia. Como la mayoría de mis compatriotas, yo también necesito suspender por un momento la incredulidad y hacerme la ilusión de que podemos vencer a las selecciones más poderosas. Mi fe en la genialidad de Cuauhtémoc y en el instinto goleador del Chicharito es la misma de cualquier albañil, porque nada es más aburrido que ver un partido de futbol con escepticismo. Pero cada año, cuando quedamos eliminados en la segunda ronda, me sorprende la desproporción entre la baja calidad de nuestro balompié y el enorme interés que despierta. En el 2002 nos eliminó en octavos de final la selección de Estados Unidos, un país donde el futbol soccer no ha logrado apasionar a las mayorías. Esa paradoja agravó el dolor de la derrota, puesto que ni siquiera le causó una gran euforia al país vencedor. Nos humillaron con displicencia, celebrando con palmaditas en la espalda una victoria que nosotros hubiéramos festejado con tumultos en las calles y salvas de 21 cañonazos.
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