Mientras que se está formando un creciente consenso en la naturaleza contraproducente y el fracaso en el largo plazo de la guerra contra las drogas, existe poco acuerdo respecto a qué es lo que la podrá remplazar. La cuestión de cómo responder al fracaso histórico de la prohibición produce, con demasiada frecuencia, un debate emotivo, mal informado y polarizado, muchas veces guiado por posiciones políticas populistas o por pánicos morales amarillistas, más que por un análisis racional y objetivo. En el frente político la respuesta inmediata al fracaso ha sido usualmente culpar a las drogas o a los usuarios de drogas por las evidentes fallas de la prohibición, peticiones de más de lo mismo o incluso llamados a buscar respuestas más represivas. La política pública así se autojustifica y se vuelve inmune al escrutinio de fondo.
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