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Lutero en Prusia                        

Gottfried Benn nació el 2 de mayo de 1886, en Mansfeld (Westpriegnitz), un pueblo del nordeste de Prusia. Su padre, el pastor protestante Gustav Benn (1857-1939), había nacido también en Mansfeld. Su madre, Caroline Jequier (1858-1912), nacida en la Suiza francesa, había sido institutriz de la familia Wilamowitz; allí conoció a su futuro marido, preceptor por un tiempo en casas de la nobleza prusiana. Gottfried Benn era el segundo de ocho hijos del matrimonio. A principios de 1890, el reverendo Gustav Benn se trasladó a la iglesia de Sellin, un pueblo de la región de Neumark, en Brandenburgo.

Benn

Los hechos de la infancia y adolescencia de Gottfried Benn requieren pocas líneas. La tradición de su familia no es burguesa ni urbana. Es campesina y eclesiástica. La severidad luterana del padre impuso en su casa una atmósfera de estudio y obediencia, más bien tensa y triste. A los diecisiete años aprobó sus exámenes de bachillerato, estudió lenguas clásicas, historia, alemán y matemáticas. En otoño de 1903, Gottfried Benn se matriculó en la Facultad de Teología, pero desertó a los dos años. A principios del siglo XX casi todos los escritores alemanes eran de formación académica, habían llegado a la literatura por el camino de la misma literatura, o de la teología y la metafísica. Gottfried Benn, no. Por esos días ingresó al ejército imperial y se graduó como médico militar. A partir de 1912 ejerció durante cuarenta años la medicina en la ciudad de Berlín. Se dedicó a la patología, la dermatología y la medicina preventiva, publicó numerosos ensayos sobre estos temas en revistas médicas de la época.

A los veinticuatro años Gottfried Benn publicó su primer libro: Morgue y otros poemas. Heine, Rilke y Hofmannsthal fueron los fervores esenciales del doctor Benn. Desde entonces buena parte de la virtud de sus poemas derivó de su música: de ahí la inutilidad —según muchos críticos— de querer traducirlos. En su ensayo “La carrera de un intelectual”, Benn escribió: “Cuando escribí Morgue era de noche, vivía en el noreste de Berlín y tomaba un curso de medicina forense en el hospital de Moabit”: un ciclo de seis poemas largos que surgieron en la misma hora, que brotaron de golpe. El profesor impartía el curso en el depósito de cadáveres, ”yo estaba vacío, hambriento…”.

Por ese entonces, Benn se enamoró de Else Laske-Schüler, la poetisa alemana de origen judío, diez años mayor que él. Else acababa de divorciarse de Herwarth Walden, gran promotor del arte moderno y fundador del “Sturm-Bewegung”, movimiento expresionista que publicó la revista Der Sturm, una de las publicaciones culturales más representativas, prestigiosas e influyentes en Alemania (1910-1932). Benn publicó sus primeros poemas en esa revista. Al año siguiente se casó con la actriz Edith Osterloh, y tuvieron una hija.

El yo tardío

La Primera Guerra Mundial lo sorprendió en Munich. Gottfried Benn fue destinado, en agosto de 1914, a Bélgica, donde tomó parte en las campañas de ocupación del país, trabajando en el cuerpo sanitario del ejército. Por su valentía durante la batalla de Amberes se le otorgó la Cruz de Hierro. Al poco tiempo se trasladó al hospital Saint Gilles de Bruselas, donde permanecería tres años. Aunque la actividad literaria de ese periodo apenas llegó a veinte poemas, Benn recordaba esos días como los más intensos y plenos de su vida. En 1917 apareció el libro Carne, poesía reunida, donde reunió toda la poesía escrita hasta entonces. Además publicó Cerebros, novelas cortas, cuyo protagonista central es el joven médico Rönne y sus desventuras. En su autobiografía escribió: “Yo era médico en un hospital de prostitutas, un lugar totalmente aislado; vivía solo, con mi ordenanza, en una casa confiscada de once habitaciones, tenía poco servicio, podía salir vestido de civil, no estaba unido a nadie, apenas entendía la lengua, el flamenco; caminaba por sus calles, era un pueblo ajeno y distante. De pronto, una primavera extraña, la vida comenzó a fluctuar en una zona de silencio y de perdición, habitaba en un espacio límite donde el Ser se disuelve y comienza el yo. Recuerdo con frecuencia aquellas semanas; eran la vida, no volverán más. Todo lo otro fue una ruptura permanente”. En el verano de 1917 regresó a Berlín. Gottfried Benn trabajó durante algunos meses de ayudante del profesor Bernard Lesser, eminente dermatólogo del hospital de la Charité; en noviembre del mismo año, a pesar de las restricciones financieras, abrió un consultorio de dermatología y enfermedades venéreas en la calle Belle-Alliance número 12, en el suroeste de la ciudad.

Los primeros años de la posguerra en Berlín fueron los del caos y la degradación: levantamientos sangrientos, asesinatos políticos, hambre, una devastadora epidemia de gripe; inflación, devaluación de la moneda y, además, innumerables redes de negocios prohibidos. En los campos del Jardín Zoológico se ofrecía “koks”, cocaína, la prostitución escapó al control de las autoridades sanitarias, cientos de “remolcadores” salían cada noche por el río Spree a la caza de clientes para todo tipo de locales secretos, clubes de estriptís, burdeles y casas de juego camufladas. Docenas de redadas nocturnas, miles de soldados y de oficiales licenciados y a la deriva, las luchas callejeras entre los grupos de izquierda y de derecha, las manifestaciones masivas contra las condiciones de la paz. El Estado fue incapaz de garantizar la seguridad, la República de Weimar nacía condenada a la desaparición.

Enfrentado vertiginosa e irremisiblemente a la derrota de Alemania, Gottfried Benn hizo un balance espiritual durante ese periodo del Berlín corrupto, fascinante y próspero, mitad París y mitad Chicago de los “roaring twenties”: “¿Cómo se puede vivir aquí? Cumplo treinta y nueve años y me encuentro liquidado, no escribo nada —se tendría que escribir con lombrices y mierda—; no leo nada, ¿a quién he de leer? ¿A los viejos y sinceros titanes, los ícaros del espíritu anterior? Me conmueve la imagen de Occidente, que cae y vuelve a caer en la sombra […] que hace frente al caos con su única arma: la honda de David, con la que lucha por su vida…”.

Pero en esa década publicó, en la editorial de su amigo A.R.Meyer, toda su producción poética: Escombros (1924), Anestesia (1925), Desdoblamiento (1927). Aquí Benn es el maestro de la música verbal, a veces en franca oposición a los contenidos triviales. Los poemas de esa época son una permanente negación de la historia, una fascinación desmesurada ante el arte y una naturaleza inventada y exótica. La historia es, nos dice Benn, el relato insignificante del interminable, pesado y deshilvanado sueño de la humanidad. El poema “El yo tardío” resume los terrores de ese tiempo: una trilogía ambiciosa que intenta resumir, bajo la influencia del libro La decadencia de Occidente de Oswald Spengler, la historia de los hombres desde sus orígenes hasta su aniquilación final. El Moi haïsable, el yo aborrecible, proviene del fragmento 455 de Pascal. “Cada yo es el enemigo y quisiera ser el tirano de los otros”. Sin embargo, Benn no condena la egolatría desde una perspectiva religiosa: el yo tardío es aborrecible, porque su historia se ha convertido en una suerte de autodestrucción definitiva.

La equivocación imperdonable

Durante la década de los veinte, Benn se mantuvo alejado de la vida literaria. Siguió siendo un asiduo huésped del Romanisches Cafe, donde se reunía con sus amigos Carl Sternheim, Georg Gross y A.R. Meyer. Hacia 1932 Benn fue nombrado miembro de la Academia Prusiana de las Artes. Su obra desencadenó en esos años discusiones y polémicas, su prestigió creció en el mundo cultural berlinés. Cuando Benn pronuncia el discurso durante el banquete que la Unión de Escritores Alemanes le ofreció a Heinrich Mann, con motivo de su sexagésimo aniversario, los escritores de izquierda le hicieron una crítica implacable.

En esa ocasión Gottfried Benn escribió: “Johannes R. Becher y Ergon Erwin Kisch creen que, hoy, todos los que piensan y escriben deben hacerlo en el sentido del movimiento obrero, deben ser comunistas, deben prestar su inteligencia y su fuerza al servicio del proletariado. ¿Por qué? Los pobres siempre han querido ascender, los ricos nunca han querido descender. Mundo horripilante, mundo capitalista, desde que Egipto monopolizó el comercio del incienso, desde que los banqueros babilonios comenzaron con las operaciones monetarias: exigían el veinte por ciento de interés. El gran capitalismo de los pueblos antiguos, mundo horrible, mundo capitalista; y siempre existieron las rebeliones que hoy llamamos revolución: unas veces, las hordas en las tenerías de Esparta; otras, las guerras de esclavos en el imperio romano […] Pero después de tres mil años de experiencia, uno puede pensar que todo eso no fue ni bueno ni malo, sino una parte del proceso de la sociedad humana […] La historia no tiene sentido, no es un movimiento ascendente, no es el crepúsculo de la humanidad. La historia no es sino un fragmento de nuestras vidas. Esta enseñanza me parece mucho más radical que todo conocimiento, mucho más profunda y de consecuencias espirituales mucho más ricas que las promesas de felicidad de los partidos políticos”.

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Cuando Hitler asumió la cancillería de la República, los nacionalsocialistas controlaron desde un principio todos los sectores del Estado. Por lo que se refiere a la política cultural, instituyeron el Ministerio de Prensa y Propaganda, bajo la dirección de Joseph Goebbels. A partir de entonces la vida cultural del país quedó sometida a una censura férrea. El 15 de febrero de 1933 Heinrich Mann, presidente de la Academia Prusiana de Literatura, fue destituido. Al día siguiente, en señal de solidaridad, todos sus miembros renunciaron. La gran mayoría optó por el exilio, pues se sentían amenazados en su propio país. Gottfried Benn, sin embargo, no sólo siguió siendo miembro de la Academia, sino que fue designado director interino de la sección de literatura. El 24 de abril, en un programa de radio que lamentaría siempre, Benn anunciaba el final del internacionalismo literario, se burlaba abiertamente de los liberales de izquierda, proclamaba la “renuncia de la libertad de pensamiento en favor del nuevo Estado alemán” y saludaba a los nacionalsocialistas como “representantes del nuevo tipo biológico de una heroica generación de los jóvenes del futuro”.

Las protestas de los escritores emigrados fueron masivas. A partir de entonces se le consideró, además de desleal y tránsfuga, defensor del régimen nacionalsocialista. Klaus Mann —hijo de Thomas Mann— publicó entonces una carta, donde censuraba su actitud. “¿Entre quiénes se encuentra usted en la Academia? ¿Por qué ha puesto su nombre —que ha sido para nosotros la suma de la más bella poesía de los últimos años— a disposición de los nazis, cuya falta de cultura es absolutamente sin par en la historia de Europa, y de cuyo proyecto político el mundo se aparta con horror?”.

Benn se equivocó. A principios de 1935 los nazis comenzaron a atacarlo, Das Schwarze Korps, la revista de las SS, calificó a Gottfried Benn de “poeta degenerado, cerdo, homosexual, judío y comunista”. El ejército era entonces, según Benn, la forma aristocrática del exilio. Unos meses después se trasladó a Hannover y se convirtió en médico de un batallón. Así comenzaban diez años de total aislamiento.

Como sus biógrafos han escrito, la caída del Tercer Reich no mejoró las condiciones de Gottfried Benn. Su pasado “ideológico” y su larga estancia en el ejército siguieron siendo una prueba de su filiación nazi. Sin embargo, “Monólogo” es acaso el poema más radical que se haya escrito sobre la Alemania nacionalsocialista. Todos sus intentos por publicar las obras escritas en los últimos diez años fracasaron, ninguna editorial le abrió sus puertas. En 1946, Benn escribió en su diario: “Y entonces, después de tanta muerte, de tanto dolor y tanto duelo, encontré a Herta, mi tercera esposa, lo demás interesa muy poco. Si publico o no es asunto de los dioses”. A principios de 1952, la editorial Limes Verlag publicó su poesía y sus ensayos, su obra comenzó a ser más conocida y leída. Sus últimos años vivió trabajando en su consultorio, dedicado por completo a la medicina. En su último libro de poemas, Aprèslude (1955), Benn escribió:

Me he preguntado con frecuencia, sin encontrar
[respuesta,
de dónde provienen el bien y la dulzura,
ni siquiera hoy lo sé, ahora que debo marcharme

Benn murió en Berlín el 7 de julio de 1956.


Chopin

Nada brillante en la conversación,
Los puntos de vista no eran su fuerte,
Los puntos de vista, hablar por hablar,
Cuando Delacroix desarrollaba teorías,
Él se inquietaba, porque no podía
Fundamentar los nocturnos.

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Un amante frágil;
Sombras en Nohant,
Donde los niños de George Sand
No aceptaban sus consejos didácticos.

Enfermo del pecho en esa forma,
Hemorragias, cicatrices, fibrosis,
Que se prolonga durante mucho tiempo;
Una muerte silenciosa,
Lo contrario a los paroxismos
Del dolor o las salvas en su honor,
Aproximaron el piano (Erard) a la puerta,
Mientras Delphine Potocka
Le cantaba en la última hora
Una canción de las lilas.

Viajó a Inglaterra con tres pianos,
Pleyel, Erard, Broadwood.
Tocaba un cuarto de hora por veinte guineas
Al caer la tarde, en casa de los Rothschild,
Los Wellington, la Strafford House,
Ante innumerables orquestas,
Ensombrecido por el cansancio, cercano a la muerte,
Regresó a casa
En el Square d´Orléans.

Allí quemó bosquejos.
Y manuscritos,
Nada de restos, fragmentos, noticias.
Esas perspectivas delatoras—,
Al final dijo:
“Mis ensayos se consumaron sólo de acuerdo
A lo que me era posible alcanzar”.

Cada dedo debería tocar
Con la fuerza de su propia estructura,
El cuarto es el más débil
(Un siamés del medio).
Cuando empezaba los ponía
Sobre do, sol, mi, re.

Quien haya escuchado sus preludios,
ya fuese en casas de campo
o en las montañas,
o en terrazas abiertas,
por ejemplo, en un sanatorio,
no podrá olvidarlos fácilmente.
No compuso ninguna ópera,
Ninguna sinfonía,
Sólo esas trágicas progresiones
Plenas de convicción artística
Y con las manos pequeñas.

Ministro de Relaciones Exteriores

Si los consideramos en líneas generales,
los pueblos bien valen una misa;
sin embargo, si los vemos en particular: que la trompeta le hable
[a los timbales,
ahora el rey brinda a la salud de Hamlet,
espléndida escena,
aunque las puntas de los puñales estén envenenadas.
“Isvolski reía”.
Citas a la mano. Sutilezas en la canasta,
aquí frío, allí chaleureux, Peace and Goodwill,
más vale una flauta de más,
los shake-hands de Mr. Witte en Portsmouth (1905)
fueron todo un récord, pero la paz se volvió más favorable.
Ante el Parlamento —esto no es una charlatanería—
el método, como el del sánscrito o el de la física nuclear,
da un trabajo enorme: discursos, intrigas, servicio de espionaje,
informaciones, investigaciones empíricas, encuestas,
los advenedizos seguro tienen carácter,
pero no por los posibles procesos judiciales:
el carácter es su verdadero sex appeal ético—
además: ¿qué es el Estado?
“un ente entre los entes”
según dijo Platón.


Tren expreso

Pardo como el coñac. Pardo como el follaje. Rojizo. Amarillo malayo.
El tren express Berlín-Trelleborg y los balnearios del Mar Báltico.

Carne que se desnuda.
Bronceada por el mar hasta en la boca.
Madura, inclinada hacia la felicidad griega.
En la nostalgia de la media luna, qué lejos está el verano
Ya es el penúltimo día del mes noveno.

Anhelamos el rastrojo y la últimas almendras.
Despliegues, la sangre, las fatigas,
la cercanía de las dalias nos aturde.

El moreno masculino se lanza sobre la piel bronceada femenina:

una mujer es algo para una noche
y si fue hermosa, ¡también para la próxima!
Oh! Y después, otra vez este estar-otra vez-consigo-mismo
Estos silencios. Este dejarse-llevar.

Una mujer es algo con aroma.
Inexplicable. ¡También muere! Reseda.
Allí está el sur, el pastor y el mar.
Sobre cada declive se recarga una dicha.
La piel trigueña femenina se tambalea hacia el cuerpo bronceado
[del hombre:
Detenme. Escúchame, me caigo.
Tengo la nuca muy cansada.
Oh, esta febril, dulce, última
fragancia de los jardines.
(1912)

Madre

Te llevo en la frente
como una herida que no cierra,
no siempre duele, por ella
no brota muerto el corazón.

Sólo a veces, de pronto,
estoy ciego y tengo un sabor
a sangre en la boca.
(1913)

Oh, noche

¡Oh, noche! Ya aspiré cocaína
y comienza a mezclarse con la sangre.
El pelo encanece, los años vuelan,
y debo, debo otra vez en el delirio,
florecer ante el destino.

¡Oh, noche! No quiero demasiado.
Un pequeño fragmento de condensación,
la niebla de un atardecer, una agitación
de espacios, de sensación del yo.

Cuerpecillo táctil, borde de células rojas,
un ir y venir con olores;
desgarramiento de palabras —quebrantamiento
[de nubes—:
demasiado hondo en el cerebro, demasiado frágil
[en el sueño.

Tus piedras le dan alas a la tierra,
el pescado atrapa pequeñas sombras,
Sólo astuto por la cosa —llegar a ser
se tambalea el cráneo— plumero.

¡Oh, noche!, apenas puedo retenerte,
sólo un pequeño trozo, un fragmento
de sensación del yo —en el delirio
florecer otra vez ante el destino.

¡Oh, noche! ¡Préstame la frente y el pelo,
derrámate sobre el día —marchítate!
Serás quien del mito de los nervios
me des la vida del cáliz y la corona.

¡Oh, silencio!, siento un pequeño golpe:
me convierto en estrella —no es burla—:
Mi cara, yo: Dios solitario,
que enorme se reúne bajo un trueno.
(1917)


Las rosas

Cuando las rosas se diluyen
en los floreros o en los tallos
y comienzan a deshojarse,
también caen las lágrimas.

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Sueño de la duración en horas,
cambio y nuevo comienzo,
sueño de la profundidad del duelo,
van hojeando las rosas.

Delirio del ascenso de las horas
todas rumbo a la resurrección,
delirio ante la caída y el silencio,
cuando las rosas se marchitan.

El yo tardío

Oh, mira, la marejada de alhelíes,
con su ojo ya ciego,
moribundo, personal-inmortal,
ya es tarde.

Con la última rosa, porque la fábula
del verano abandonó hace tiempo los corredores—
moi haïssable,
análisis ménade todavía.

II
Al principio fue la marea. Una balsa de lémures
empuja a un ciervo: una piedra lo dejó preñado.
Del mundo de los muertos, de los recuerdos, de la tortura
[de los animales
Dios emerge.

Todos los grandes animales: águilas de legiones,
palomas del valle del Gólgota—
todas las grandes ciudades: orillas de púrpura y de palma—
flores del desierto, sueño de Baal.

Cantos que ruedan desde el Oriente, balsa del Mármara,
Roma, entrega los caballos de Lisipo—
última sangre del toro blanco sobre altares silenciosos
y último mar de Anfitrite—

Basura. Bacanales. Profecías.
Barcarolas. Porquerías.
Al principio fue la marea, una balsa de lémures
se desliza por los últimos mares.

III
Oh, alma, podrida hasta la médula,
apenas vives todavía y es ya demasiado,
porque ningún polvo de ningún campo,
porque ningún follaje de ningún bosque
se derrumba cargado sobre tu sombra

Las rocas arden, el Tártaro es azul,
el Hades se alza en colores de adelfas
hacia el párpado del sueño y quema en gavillas
de mítica dicha el espectáculo de los muertos.

El árbol del hule, el bambú,
el lago deslava las losas del Inca,
el palacio de la luna: cantos que ruedan y sombras,
antiquísimos y azulados muros consumados.

Qué dicha fraternal en torno a Caín y Abel,
por quienes Dios trazó las nubes—
causal genético, haïssable,
el yo tardío.
(1922)

Jena

“Frente a nosotros se encuentra Jena,
en un hermoso valle”.
Escribía mi madre, durante un viaje,
en una postal a orillas del río Saale;
en el verano, se sometía a una cura,
en Kösen. Hace mucho tiempo
olvidados, se apagan nuestros mayores,
su misma escritura, grafología,
años del llegar a ser, años del delirio,
nunca pude olvidar esas palabras.

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No era una postal conocida, nada importante,
no se veía, para ser hermoso, ningún retoño,
papel barato, restos de madera,
en las montañas tampoco aparecían las cepas verdes,
sin embargo, viniendo del campo,
los valles eran acogedores y hermosos,
no necesitaba color, no necesitaba papel de tina,
uno creyó que los otros lo verían.

Eran unas frases de gran estilo,
una orden guió su mano,
le pidió al mesero una postal,
tanto la impresionó el paisaje,
y sin embargo —como arriba— se apagó mi madre,
desde luego, esto les sucede a todos,
y también a aquellos que
—años del llegar a ser, años del delirio—
hoy ven la ciudad en el valle.

Pequeño espejo cultural

Las épocas cambian lentamente,
Tosca (1902) es todavía la pasión,
La Bohemia (1890) el amor,
aunque en el final del Ocaso de los Dioses (1876)
se derrumban nuestras cumbres:
Algo fue vergonzoso:
Ifigenia, acto V
(en el estreno 1779 Goethe
interpretó a Orestes),
la renuncia de Thoa y el humanismo
no lograron imponerse políticamente.

Los Idus de marzo se encuentran bajo sospecha:
si un nuevo gobierno quiere ascender
el antiguo debe retirarse.
La mayoría ríe sobre Leónidas
(yo, por mi parte, nunca).

Un barbero, que de verdad rasure bien,
(algo tan insólito!)
es más notable que un predicador
(aunque no desconozco lo trágico ni el problema de la culpa).

Y hablan mucho de la angustia de la vida
en el desayuno algo de serpiente,
en la noche Okeanos, lo ilimitado,
entonces el-estar-arrojado-en-el mundo
desaparece y se puede dormir bien.
El Occidente ya no quiere defenderse más,
quiere angustiarse, quiere estar arrojado.

Y ahora el nuevo himno nacional,
el texto muy sugerente, quizá sin mucho vigor,
el próximo paso sería entonces
la piel de un conejo como bandera del Reich.

Una canción popular en 1950 es más
que 500 páginas sobre la crisis cultural—
En el cine, adonde uno pude llevar sombrero y abrigo,
hay más aguardiente que en las botas
y sin la incómoda pausa.

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No obstante, hay que seguir con la espada…

El denominador sociológico
Que dormía detrás de los siglos
Se llama: algunos grandes hombres
Que sufrieron mucho.

Se llama: algunas horas silenciosas
En el viento de Sils-Maria.
El apogeo viene cargado de heridas,
Si de apogeos se trata.

Se llama: algunos guerreros agónicos
Torturados y pálidos como una sombra;
Hoy ellos, mañana los vencedores,
¿Por qué creaste todo esto?

Se llama: las serpientes golpeando los colmillos.
El veneno, el mordisco, el diente,
El escalofrío del Ecce homo
La senda de sangre del hombre.

Se llama: las ruinas nos llaman,
La razas quieren tranquilidad,
Ve, pues, hundiéndote
En lo que nunca tendrá fin—

Se llama, en fin: callarse y gobernar
Al saber que se derrumba;
No obstante, debemos seguir
Con la espada en la mano
Ante la hora del mundo.

Gottfried Benn. Poeta, ensayista y narrador. Entre sus libros: Morgue, Poemas estáticos, El Yo moderno y otros ensayos.

José María Pérez Gay. Escritor. Su más reciente libro es La supremacía de los abismos.