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Lo que hoy asusta es la inconciencia con la que se sopla sobre el fuego de un volcán. En ese sentido, el movimiento pacifista representa un poderoso antídoto, un elemento de esperanza real. Por encima de las instrumentalizaciones políticas y retóricas sectarias, representa, por primera vez, una real fuerza política que revela una precisa inteligencia de la nueva, cambiada situación en la que se encuentra el mundo y una precisa voluntad de afrontarla.

El emperador Francisco José, escribe Joseph Roth en La marcha de Radetzky, nostálgica y conmovedora epopeya del imperio habsbúrgico, no amaba las guerras, porque sabía que se pierden. El sabio y venerable emperador sabía, por lo tanto, que todos pierden la guerra, incluso aquellos que al final se sienten victoriosos; el rostro de la guerra es la derrota; a la noche que desciende sobre cada batalla se le une el “Miserere”, no el “Te Deum”. Quien escribía esas palabras, en La marcha de Radetzky, no era un pacifista amante de marchas, asambleas y ayunos, sino un soldado que fielmente había luchado por su patria y por su emperador en la Primera Guerra Mundial, que amaba las banderas y el olor a grasa de los cuarteles y que —precisamente porque había visto las grandes masacres y las exaltaciones, que aunque generosas eran ingenuas, que les habían allanado a ellos el camino exaltando la guerra a priori— conocía directamente la bestialidad, la trivialidad, la insensatez, la cenagosa y sangrienta necesidad de la guerra y de su fascinación. Joseph Roth, devoto de los estandartes y de las insignias militares de su armada y acusador de la idolátrica fiebre bélica, no es un caso aislado; a menudo se aprende a conocer —y a rechazar— la cara mortal y obscena de la guerra no sólo y no tanto en las páginas de ideólogos pacifistas que no saben lo que es y dónde nace y extrae su terrible seducción, sino en las páginas de aquellos que ajustan cuentas con su realidad, con sus motivaciones, a veces con su necesidad, pero sabiendo que la guerra es el mal.

Si se leen las grandes páginas de Servidumbre y grandeza de la vida militar escritas por De Vigny se toca con la mano la desolación de la guerra más que en muchos slogans pacifistas. El sabio Francisco José indultaba en los desfiles militares para demorar lo más posible el momento de transformar la simetría de esos soldados en fila en el caos del matadero. Durante muchos años el no a la guerra, siempre sacrosanto, ha sido viciado por la ligereza y el sectarismo ideológico que lo hacían sospechoso de superficialidad gregaria —el placer de repetir acríticamente fórmulas genéricas— y de sectarismo. Incluso en los últimos meses, las encomiables movilizaciones en calles y plazas en contra de la arrogancia, la hipocresía y la superficialidad con la que el actual gobierno de Estados Unidos preparaba esta guerra, han pecado de sectarismo, levantando su voz contra la política del actual gobierno norteamericano, pero no levantándola en contra de crímenes todavía mucho peores que cometen otros regímenes imperantes en otros países: no se ha visto, por desgracia, que se quemen banderas de países en donde se lapidan adúlteras o se decapita a los homosexuales. Esta parcialidad es extremadamente peligrosa porque debilita la causa de la paz y la propia impugnación de la actual política del gobierno norteamericano, confundiéndola con un estulto y apriorístico antiamericanismo que no tiene nada que ver con la paz y la guerra. La justa crítica a la política de Bush parece a veces torcerse en una loca equidistancia entre Bush y Saddam, como si fuese la misma cosa ser ciudadano estadunidense y súbditos o esclavos del actual régimen de Bagdad. La guerra en Irak es un error desastroso no porque Saddam Hussein, vivo o muerto, merezca respeto, sino porque no se puede bombardear Palermo para eliminar a los delincuentes mafiosos, porque incluso otros países aliados de Occidente tienen regímenes igualmente ignominiosos como el que ahora agoniza en Irak, porque ningún Estado puede erguirse juez y policía del mundo y sobre todo porque no es lícito ser aprendiz de hechicero y poner en movimiento un proceso que podría provocar inimaginables reacciones en cadena, peligroso para el actual equilibrio de nuestro mundo.

Quien detenta el mando, democrática o tiránicamente, está a menudo, alegre y obtusamente, convencido de mantener bajo control el juego que ha iniciado. Así lo estaban los gobernantes en 1914, todavía después del atentado de Sarajevo, convencidos de que todo se resolvería con algunas pequeñas guerrillas locales, incapaces de pensar que estaban poniendo en movimiento una masacre inhumana, “la inútil matanza” —como la llamó el pontífice de entonces, Benito XV— o bien el suicidio de Europa. Para un análogo proceso psicológico, quizás incluso los médicos y científicos se hubieran reído de aquel que hubiera dicho, al final de la guerra, que podía desencadenarse una epidemia de gripe capaz de segar más víctimas que la propia guerra, como de hecho sucedió con la influenza española. Lo que hoy asusta es la inconsciencia con la que se sopla sobre el fuego de un volcán. En ese sentido, el movimiento pacifista —con sus dimensiones sorprendentes para todos, tanto por los adversarios como por los autores de la guerra— representa un poderoso antídoto, un elemento de esperanza real. Por encima de las instrumentalizaciones políticas y retóricas sectarias, inevitablemente presentes en un movimiento tan vasto y abigarrado, representa, por primera vez, una real fuerza política que revela una precisa inteligencia de la nueva, cambiada situación en la que se encuentra el mundo y una precisa voluntad de afrontarla. Durante medio siglo la Guerra Fría entre los dos bloques había parado y eliminado, para Europa y Occidente, la posibilidad misma de cualquier guerra; los conflictos se libraban, sangrienta y criminalmente, en otros lugares, in corpore vili, en otros continentes. Ahora esa situación se ha liberado, con el indecoroso desmoronamiento del mundo comunista derribado por la osteoporosis; pero se ha liberado todo, también la posibilidad de las guerras. A las alianzas rígidas y mutables de la Guerra Fría está arribando un periodo nuevo, de alianzas inestables y cambiantes, de nuevos conflictos, de nuevos problemas. Derrumbado el rígido sistema bipolar, se regresa a a una especie de situación como la anterior a la Primera Guerra mundial; las grandes y pequeñas potencias se liberaron de la tutela de los dos árbitros y la solución posible para sus problemas vuelve a ser la guerra. Esta última —que parecía hipotética sólo en la forma de un Apocalipsis nuclear global— vuelve a ser, tradicionalmente, una nueva eventualidad “normal”, la continuación de la política por otros medios, como decía Clausewitz, como siempre ha ocurrido y como podría volver a suceder.

Con la diferencia de que cualquier problema ahora asume una dimensión global y los espantosos medios de destrucción ahora a disposición de cualquier país por pequeño que sea, o de una organización terrorista, pueden transformar cualquier conflicto, incluso local, en una mecha que puede hacer explotar al mundo. Los millones y millones que impugnan esta guerra son aquellos que mejor se dan cuenta de este peligro y quieren detenerlo. Es reconfortante que sean muchos, que sean una fuerza, una real potencia política. No sólo son abstractos utopistas sino políticos realistas; han dejado de ser desaliñados protestantes para semejarse a esos ordenados soldados adversos a la guerra que tanto le gustaban a Joseph Roth y a su emperador.

 

Claudio Magris

Traducción de María Teresa Meneses