Como quise, al igual que Cicerón, evitar el sobreabuso del “dije yo” y “dijo él”, y como quise dar también una impresión de inmediatez, he distinguido entre las palabras de mi gran colocutor (San Agustín) y las mías poniendo simplemente nuestros nombres antes de ellas. Este modo de escribir lo aprendí de Cicerón, y él lo aprendió de Platón.

Fuente: Francesco Petrarca (c. 1347), My Secret Book, Hesperus Press, Londres, 2002.