Como quise, al igual que Cicerón, evitar el sobreabuso del “dije yo” y “dijo él”, y como quise dar también una impresión de inmediatez, he distinguido entre las palabras de mi gran colocutor (San Agustín) y las mías poniendo simplemente nuestros nombres antes de ellas. Este modo de escribir lo aprendí de Cicerón, y él lo aprendió de Platón.
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