La herencia de la Revolución Mexicana: Una entrevista con Francois-Xavier Guerra (Febrero, 1993) Sección: Ensayo

El proyecto maderista cobra mayor relieve cuando se le mira a la luz de los cambios de la ex Unión Soviética y los países de Europa del Este. Esa mirada a contraluz le sirve a Francois-Xavier Guerra como piedra de toque para revisar el legado de la Revolución Mexicana y su carácter de símbolo fundador

¿Desde su perspectiva de historiador, ¿con qué debemos quedarnos de la historia de la Revolución Mexicana?

La Revolución Mexicana no sólo es un acontecimiento histórico, como tampoco lo fue la Revolución francesa. Es decir, no un acontecimiento que pueda discutirse con tranquilidad, en la medida en que la Revolución se ha convertido en la base para legitimar a un régimen político que lleva en México más de siete décadas. Yo he intentado colocar a la Revolución Mexicana en su contexto global, como un acontecimiento que sólo se explica en función de toda una larga evolución de la modernidad europea.

Por lo pronto, me gustaría tocar algo que he dejado varias veces pendiente: ¿qué pasó después del maderismo? Durante el Coloquio de Invierno aludí al hecho de que en la época del maderismo se planteó una especie de alternativa política para México, la de construir un régimen representativo real. El proyecto de Madero era extremadamente moderno, semejante a lo que se intenta ahora en México y en los países del Este y de Europa oriental: construir, por una parte, una representación polí­tica ciudadana que haga posible los cambios de gobierno por la vía electoral, que permita la alternancia en el poder y, por otra parte, una representación
social a través de sindicatos que negocien entre ellos, y con los patrones y el Estado; esas dos representaciones deben ser independientes una de otra, aunque se conecten en un cierto momento.

Yo decía entonces que en el tiempo de Madero hubo una alternativa posible. Ahora bien, ¿por qué fracasó su proyecto? Cuando Bernardo Reyes se presentó como candidato posible y Díaz lo impidió y, más tarde, cuando Madero a su vez recogió los planteamientos de Reyes, es decir, la creación de un sistema democrático, en ese momento Madero se encontró encerrado en una lógica, que era la lógica de la voluntad popular. En Madero se reclamaba la voluntad de los ciudadanos, y como esa voluntad estaba impedida de expresarse en las urnas, tuvo que llamar a la insurrección armada. Pero ¿qué quiere decir la insurrección armada? Quiere decir romper todo el esquema civilista, pues a pesar de todo el porfiriato no fue un régimen militarista; Díaz disminuyó el papel del ejército e impulsó la educación, por mencionar dos particularidades. Con la insurrección armada empezaron a reconstituirse los grupos que fueron la base del caudillismo en el siglo XIX. En el alzamiento contra Huerta y en la pugna entre las fracciones revolucionarias volvimos, por las estructuras de los grupos en lucha y los medios que cada uno de ellos utilizaba, a las viejas prácticas caudillistas del siglo XIX.

¿Hubo una especie de restauración, de continuidad de un proceso?

Yo diría una especie de arcaización de las relaciones políticas, es decir, la fase armada de la Revolución se conformó sobre estructuras arcaicas; qué estructura más arcaica que la fidelidad de los soldados hacia su jefe y de su jefe hacia el jefe superior. Tenemos entonces una sociedad que se estructuraba en cadenas, en redes de fidelidades personales, en este caso de fidelidades armadas. Ahí­ desapareció el proyecto maderista, pues cuando hay grupos armados unidos por lazos de clientelas, de fidelidades personales, ya no queda plaza para el ciudadano individual que expresa su voluntad con un voto en la urna.

Cuando acabó el periodo de guerras civiles hubo que empezar prácticamente el mismo proceso que impulsó Juárez y que continuó Díaz en el siglo XIX: primero, acabar con los actores colectivos arcaicos (los grupos militares y los caudillos regionales) agrupándolos en una cadena de fidelidades (en ese sentido, Obregón fue un segundo Díaz, incluso hasta en su tentativa de reelección). Había que eliminar a estos caudillos, volver a reconstruir el aparato civil del Estado; a la vez, y como sucede en todas las revoluciones, se dio una extraordinaria movilización de actores muy antiguos, como los pueblos del centro de México (pensemos sobre todo en el fenómeno zapatista), para recuperar sus tierras, para recuperar su estatuto de pueblos de antiguo régimen atacados en sus privilegios por el liberalismo. Pero también se dio una movilización de los actores modernos que surgieron durante el Porfiriato: sindicatos obreros, asociaciones polí­ticas, algunas de tipo anarquista. Era necesario un sistema para integrar a estos nuevos actores, y eso es lo que harían los gobiernos posrevolucionarios, Obregón primero y Calles después, un sistema unificado de clientelas en el que cada uno de los nudos fuera un grupo de actores colectivos muy diversos. Por eso es muy difí­cil decir si eran nuevos o antiguos. Había nuevos y antiguos, pueblos y sindicatos.

Esto trajo consigo que el proyecto de representación polí­tica autónoma desapareciera en su totalidad, como ocurrió durante el Porfiriato, y que la insistencia en lo social sirviera de justificación a la falta de democracia real, a la libertad, al sufragio efectivo maderista. Fue necesario esperar hasta el 68, que quizá fue ya un primer giro, a los años setenta, a las movilizaciones electorales de los estados del norte y a las últimas elecciones presidenciales, para que volviera a surgir lo que fue el slogan fundamental de Madero, es decir, la petición de una representación ciudadana.

Si queremos que México deje de ser un caso original, sin duda único en el mundo como sistema político; si queremos llegar a una doble representación, que es la que existe en todos los países del área europea, una representación política, por una parte y, por otra, una representación social que asuma los intereses de todos los grupos tradicionales, extremadamente diversos, y de obreros, clases medias y grupos patronales, hay que soltar las amarras de esos grupos profesionales frente al Estado. Hay, por lo tanto, un problema de verdad electoral, el programa de Madero. Madero, sin embargo, no tuvo que afrontar la desaparición, en el sistema de
clientelas, de esos actores corporativos que son uno de los fundamentos del régimen.

¿Tendríamos que pensar en un nuevo Pacto constitucional?

No soy constitucionalista. Aun así, creo que cuanto menos se cambien las constituciones, mejor, porque son textos que tienen en gran parte un valor mítico. Por lo tanto, si hay que cambiar ciertas cosas lo mejor es hacer pequeños retoques, ir poco a poco más que intentar una cosa nueva. Eso es una especie de fuga ante la Pregunta que me acaba de Plantear.

Hay cosas que han cambiado en la Constitución de 1917, guardando siempre su carácter de símbolo fundador del México contemporáneo. Una de ellas es la normalización de las relaciones con la Iglesia. La ausencia de sufragio efectivo y real durante el XIX, y en algunos periodos del XX, está ligada a problemas religiosos, es decir, a leyes que una parte de la población mexicana consideraba injustas, a un temor de la gente en el poder. Eso es evidente en la época de Díaz; los positivistas lo decían con un cinismo total: preferimos una dictadura progresista a una democracia teocrática. En este sentido. La normalización de las relaciones con la Iglesia está muy ligada al repunte de la democracia real. En la medida en que no haya un punto de fricción, la democracia podrá oponer partidos diversos defendiendo intereses también muy diversos, pero sin el peligro que ya señalaba Luis Cabrera en 1911, cuando el Partido Católico Nacional ganó las elecciones legislativas pero fue eliminado en la Cámara. Cabrera decía: «Soy católico como ustedes refiriéndose a los miembros del Partido Católico Nacional. Pero no pueden utilizar la bandera católica para hacer una agrupación política». Cabrera tení­a razón, bajo una premisa, que la democracia permitiera cambiar ciertas leyes.

La democracia se consigna en la Constitución y sin embargo es un proyecto por cumplirse. En la Constitución hay también un capítulo muy importante que es la otra gran vertiente de la revolución, el capítulo social. El gran problema de todas las revoluciones es cómo encontrar un punto de encuentro entre los anhelos de democracia y de libertad y las justificaciones de orden social que a final de cuentas son el impulso que lleva a los pueblos a cambiar instituciones, partidos, Estados. Ese es también el gran tema de México.

Ese es un tema mundial, lo que pasa es que hubo una especie de leit motiv que decía: están los problemas de la democracia, pero también están los problemas de la desigualdad, de la pobreza y de la marginación. En teoría política nadie ha pretendido nunca que la democracia por sí misma lleve a la prosperidad. A lo único que lleva es a sancionar a los gobernantes cuando, por una serie de razones, han actuado mal o se han enriquecido ilegalmente o no han cumplido bien su deber.

Pero no hay que oponerlos nunca. Muchas veces el pretexto de lo social ha sido un pretexto para acabar con lo político, con la democracia y con el pluralismo político. No estoy comparando el régimen mexicano con un régimen totalitario; nunca lo fue. Sí señalo la falta de sufragio efectivo para emplear el lenguaje maderista. De ahí la ruina de los países del Este, de los regímenes comunistas: no basta escribir una constitución para que los derechos sociales puedan llevarse a cabo. ¿Cuáles son entonces los medios para obtener esos objetivos?

Hay otro riesgo: el de creer que con libertad de comercio o de producción, todo se arreglará. El Estado debe tener un papel de control en una economía de mercado y ocuparse de una serie de grupos no privilegiados.

Estoy de acuerdo con su declaración programática, pero no como condición del sufragio y la democracia; son cosas diferentes.

Es una época de globalización, de interinfluencia, de múltiples dependencias y de grandes cambios en los países de América Latina, sobre todo en México. Y vemos fenómenos concurrentes: la globalización, por una parte, y la emergencia de nuevos Estados nacionales. ¿Ante esto, cuál es la perspectiva de los Estados en América Latina?

La pregunta admite dos respuestas: una para México, y otra para el resto del mundo. México es un país privilegiado. Cuando la independencia de la América hispánica, México y Chile eran las únicas protonaciones, comunidades coherentes como tales, mientras que el resto de la América hispánica era una pléyade de provincias, de ciudades en lucha, sin unidad nacional. Con todo, es evidente que en el momento de su independencia, México no era una nación moderna tal como la concebimos ahora. México empeñó su siglo XIX en crear a la nación, es decir, en hacer que todos los individuos sintieran su pertenencia a una misma comunidad, y compartieran una visión común de la historia. La revolución continuó esos empeños, por eso la califico de mito fundador que consolidó esa memoria, y el concepto de identidad nacional.

Ese es el caso mexicano, ¿pero qué ocurre con la ex Unión Soviética?

Suele compararse la crisis de los paí­ses del Este con lo que ocurre en México en este proceso de democratización. Pero hay que hacer una precisión. El régimen mexicano no fue un régimen totalitario y no canceló las libertades fundamentales tal como en los países del Este.

Hay que llevar la comparación en el sentido contrario. Lo que pasa en Europa oriental y en la antigua Unión Soviética debe mirarse con el precedente de lo sucedido en Europa y en América en el siglo XIX. El imperio soviético es heredero del imperio ruso. En la desintegración del imperio español encontraríamos un precedente. Habría que buscar ahí las analogías entre los países del Este y los de América. Por ejemplo: la reconstrucción del Estado, y su debilidad ante el exterior. En la Unión Soviética, en Ucrania, vemos a estadounidenses, alemanes, franceses, utilizando su influencia y sus créditos para comprar empresas, lo que recuerda en mucho las acciones de las potencias europeas frente a los paí­ses pobres de la postindependencia en América Latina.

Hay que pensar también en cómo los paí­ses del Este afrontarán el paso de un régimen absolutista a un régimen liberal fundado en la soberaní­a del pueblo, algo que Europa y América conocen desde hace 180 años, y cómo afrontarán el problema de la nación. Deberán crear naciones en condiciones muchí­simo más complejas que las que conoció el antiguo imperio español, en la medida en que aquellos países eran homogéneos desde el punto de vista cultural. Había que transformar la cultura del antiguo régimen en cultura moderna. Los países del Este tendrán en cambio que inventar Estados-naciones, con todos los problemas que esto provoca.

El Estado-nación ha sido el ideal supremo de los miembros del área europea desde la Revolución francesa. A cada nación su Estado. Pero ese ideal es funesto en la medida de su origen. Francia es uno de los pocos países en el mundo culturalmente homogéneo; tardó casi ocho siglos, desde la Edad Media, en formar una protonación y dos siglos en construir una nación moderna, y eso con una población homogénea.

Hay que evitar que ese ideal de la población homogénea nos lleve a que cada nación más o menos pequeña, y a veces minúscula, intente levantar su propio Estado. Debemos volver a una valoración del sistema de pactos, como los que existían antiguamente, entre nacionalidades diferentes dentro de un mismo Estado.

Francois-Xavier Guerra. Historiador, es autor de un clásico de la historiografí­a contemporánea: México: Del Antiguo Régimen a la Revolución.

Adolfo Sánchez Rebolledo
. Coordinador de TV nexos

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Publicado en: Sólo en línea