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A la memoria de Angel Palerm (1917-1980),
estudioso del agua, la agricultura y los campesinos.

La memoria remota

La combinación de tierras fértiles con un régimen de lluvias favorable a la agricultura, con corrientes de agua permanentes o con depósitos lacustres superficiales y extensos, fue un ideal constantemente perseguido por los pueblos agricultores que habitaron el antiguo México. Los olmecas iniciaron la era de las altas civilizaciones mesoamericanas asentándose en las costas de Veracruz y Tabasco, en el punto donde los grandes ríos que nacían en la selva tropical inundaban anualmente las tierras bajas y depositaban los limos fértiles que hacían brotar las espigas del maíz. Más audaces, los mayas se instalaron en el centro de la selva tropical, en la región donde eran más abundantes las precipitaciones pluviales y más pródigas las cosechas, por donde la irrupción frecuente de grandes avenidas y perturbaciones climáticas exigía esfuerzos gigantescos para contener, almacenar y distribuir el agua. Los pueblos nahuas y tarascos eligieron en cambio las tierras altas y frías, en las que un régimen anual de lluvias más reducido era complementado por abundantes depósitos lacustres.

Pero el asentamiento de estas poblaciones en las áreas con más recursos acuíferos no las liberó de los ciclones y huracanes en las costas de los desbordamientos impetuosos de los ríos que devastaban los cultivos ganados a la selva, o de las sequías y heladas cuyo fuego convertía en yermo los campos. Si en el transcurso de siglos estas sociedades crearon formas de organización de la tierra y del trabajo humano que les aseguraron un control eficiente de la superficie cultivable y de la fuerza de trabajo en el plazo corto, los imprevisibles cambios climáticos y la dependencia crítica de la agricultura del arribo regular y suficiente de lluvias convirtió el agua en el máximo dispensador de la vida, en el factor esencial de la estabilidad social y la supervivencia de la población.

Las crónicas, los calendarios astronómico-adivinatorios y otros textos antiguos indican que el peor azote de esas sociedades fue la sequía, la temible serpiente cuya lengua de fuego calcinaba los campos. La sequía afectaba al cultivo del maíz en dos momentos críticos: en la época de siembras (marzo-abril), en que era indispensable la humedad para que la semilla germinara, y en el período de gestación de la mazorca (junio-septiembre), que exigía lluvias regulares y abundantes. Si la falta de lluvias ocurría en los meses de la siembra, el retraso de ésta exponía a la planta a la contingencia de las heladas tempranas, muy frecuentes en las tierras altas. Si las lluvias no llegaban en el momento de la maduración de la espiga, era seguro que se perdiera una parte considerable de la cosecha esperada. Las peores catástrofes agrícolas las ocasionaron los períodos prolongados de sequía y la conjunción de sequías y heladas. En esos años, al desaparecer de la tierra el sustento precioso y agotarse los graneros familiares y estatales, el hambre hacía presa de la población. En la sequía registrada en los años 1450-54 “llegó a tanto la penuria” que “los hombres se vendían los unos a los otros” a cambio de maíz; en años afectados por sequías muy severas, grandes contingentes de población desertaban sus lugares de origen en busca de alimentos, se dislocaban todas las actividades, el pavor y las enfermedades se multiplicaban y los hombres morían por millares. El efecto causado por esas catástrofes terribles quedó grabado en las profecías de los sacerdotes que transmitieron su palabra en los libros de Chilam Balam:

6 Ahau: Se comerán árboles, se comerán piedras; grandísima hambre será su carga, la muerte estará sentada en su Estera y en su Trono… Acontecerá por tres veces que no habrá sino pan de jícama silvestre y frutas del árbol ramón; tremenda hambre y despoblamiento y destrucción de pueblos… (El libro de los libros de Chilam Balam, FCE, 1963, p. 53 y 62).

Tardíamente, con el inicio de los estudios dedicados a indagar el fundamento material de esas civilizaciones, hemos empezado a comprender que los mayores esfuerzos de la organización social de esos pueblos (el reparto de la tierra a quien la hacía producir), el rígido control político de la población (dedicado a manejar central, masiva y coordinadamente el trabajo colectivo, aplicándolo en forma compulsiva a la expansión del área cultivable y a la creación de gigantescas obras hidráulicas), sus ciencias exactas (astronomía) y aplicadas (botánica, ingeniería hidráulica, tecnología agrícola), todos esos saberes, más el gran poder de la religión, estaban dedicadas a reducir, conjurar y exorcizar los peligros de la sequía, las heladas, el granizo, los malos temporales.

Los mercados del conquistador

Los conquistadores españoles destruyeron los libros pintados que guardaban el conocimiento astronómico y empírico acumulado durante siglos sobre la naturaleza, asesinaron y persiguieron a los sacerdotes que interpretaban y aplicaban ese saber y deshicieron la antigua organización económica que relacionaba tierras, agua y trabajo para el sustento de la mayoría de la población campesina. Bajo la dominación española la tierra, los recursos naturales y la fuerza de trabajo indígena dejaron de nutrir la recreación de la economía y la sociedad campesina para servir a la nueva organización que aceleradamente comenzaron a construir los españoles. En las violentas décadas de finales del siglo XVI una extensa parte de la tierra indígena pasó a ser propiedad privada de conquistadores, funcionarios, instituciones religiosas y colonos españoles y fue dedicada a producir alimentos para los mercados urbanos y mineros. Otra, más considerable, se incorporó al dominio español a través de sucesivas conquistas y colonizaciones que ampliaron enormemente el área cultivada e iniciaron un proceso de difusión progresiva de plantas y animales europeos que transformaron súbitamente el uso y la explotación del suelo.

A la vuelta de un siglo, el proceso de mercantilización de la economía que desencadenó el descubrimiento de yacimientos de plata había operado un cambio radical en la producción la propiedad de la tierra y la explotación de los recursos humanos y naturales. De una economía de subsistencia, con escaso intercambio de productos entre las poblaciones y sin grandes divisiones entre el campo y los centros ceremoniales, se había pasado a una economía mercantil, dirigida a satisfacer las demandas de los centros urbanos y mineros, básicamente ligada al mercado internacional a través de la exportación de plata y la importación de manufacturas y con una creciente subordinación interna del campo a las ciudades. Bajo el impulso mercantil y la fuerza compulsiva de la dominación política, la hacienda, el latifundio y el rancho se expandieron sobre las tierras, aguas, bosques y recursos naturales indígenas, y mediante la explotación de trabajadores indígenas, mestizos y esclavos negros produjeron alimentos y materias primas baratas para los reales mineros y las ciudades.

En el tránsito de esta violenta y rapidísima transformación los campesinos indígenas estuvieron a punto de desaparecer. Conmocionados por la conquista y la caída de sus dioses y dirigentes, desquiciados por la destrucción de la organización económica y política que los reproducía, obligados a transferir gran parte de su energía humana y de sus alimentos a las nuevas actividades productivas que dirigían los españoles, e inermes ante las nuevas enfermedades epidémicas que trajeron sus vencedores, murieron por millones en el transcurso de un siglo, por la combinación de una serie catastrófica de terribles epidemias y grandes hambrunas. Los sobrevivientes, poco más de un millón “fueron compelidos a abandonar sus formas antiguas de poblamiento disperso (que les permitían practicar el cultivo itinerante del maíz y aprovechar diversos pisos ecológicos) y obligados a vivir en pueblos organizados a la española (repúblicas). La reducción forzada de la población en pueblos aceleró el proceso de erradicación de sus antiguas costumbres, fortaleció la evangelización y facilitó al cobro del tributo y la extracción de la fuerza de trabajo. Esta modificación brutal de sus antiguos modos de vida y de relación con la naturaleza resultó clave para su incorporación subordinada a la economía española. Si el área restringida que se otorgó a los nuevos pueblos (600 varas cuadradas) reconoció y legalizó los derechos ancestrales de los campesinos a la tierra, permitiéndoles sobrevivir y defender su patrimonio territorial, la reducción de sus tierras les impidió ser autosuficientes. Impedidos de aprovechar los diferentes pisos ecológicos que requería el policultivo agrícola de subsistencia y forzados a pagar los tributos y servicios religiosos en dinero, los campesinos indígenas se vieron obligados a trabajar estacionalmente en las empresas españolas y a vender en los mercados gran parte de su producción agrícola y artesanal. A partir de entonces el pueblo de indios se convirtió en el surtidor de la numerosa fuerza de trabajo estacional que requerían las actividades españolas y en el productor de alimentos y materias primas baratas para la economía dominante.

Esta división de la tierra en propiedad comunal indígena y haciendas, latifundios y ranchos de propiedad privada, benefició particularmente como se ha dicho a los nuevos centros y poblaciones que dirigían la economía mercantil: las minas y las ciudades, que a partir de entonces tuvieron un suministro constante de productos agrícolas.

Ciclos climáticos, ciclos agrícolas

Muy pronto los propietarios de las nuevas unidades de producción agrícola reconocieron los ciclos climáticos que por siglos habían determinado la vida de las antiguas poblaciones indígenas y sobre esta experiencia construyeron la racionalidad económica de la hacienda y del latifundio. El ciclo anual de lluvias de verano determinaba una cosecha de temporal en octubre-noviembre que producía una oferta abundante en los meses de diciembre a febrero y una escasez estacional de mayo a septiembre. Este ciclo de producción generó a su vez un ciclo estacional de precios bajos durante diciembre-abril y de precios altos entre mayo y septiembre, cuando las reservas de la cosecha anterior comenzaban a agotarse y disminuía entonces la oferta de granos en el mercado. Los propietarios de grandes y medianas haciendas aprovecharon este ciclo anual reduciendo sus ventas en la época de precios bajos y aumentando el volumen de la oferta en los meses de precios altos. mediante la construcción de graneros. Así, en los meses de precios bajos el indígena y el ranchero que carecían de crédito y necesitaban dinero líquido para pagar sus tributos y deudas eran quienes abastecían el mercado con grano abundante y barato, mientras que en el período de escasez nacional y altos precios era el grano de los hacendados el que llegaba al mercado y obtenía el mayor beneficio de la tendencia estacional del consumo y de los precios.

Este ciclo anual formaba parte del más largo ciclo decenal que agobió a todas las sociedades preindustriales: era un eslabón del período alternativo de años de cosechas buenas o regulares (las vacas gordas del relato bíblico), seguido por el período terrible de malas o catastróficas cosechas (la época de las vacas flacas). En México, los testimonios acumulados desde el siglo XVI hasta el XX permiten afirmar que éste ha sido el ciclo más pernicioso para el desarrollo de la agricultura y el más desastroso para la población. Pero si todos los estudios coinciden en señalar que la serie de malas cosechas que culminaba con una grave crisis agrícola decenal tuvo por causa una acumulación de años de sequía o una combinación de sequías y heladas tempranas, lo cierto es que las peores consecuencias económicas y sociales de este ciclo climático fueron creadas por la extrema desigualdad económica y social que beneficiaba a una minoría y oprimía a la mayoría de la población, la cual desde el siglo XVI hasta las primeras décadas del XX era una mayoría campesina.

El efecto primario y más importante de este ciclo decenal fue la desigualdad de las cosechas, la abundancia o relativa suficiencia en unos años y la pérdida parcial o generalizada del producto agrícola en otros. Esta desigualdad natural de las cosechas fue agudizada por la política económica que impuso la corona española, pues para impedir la creación de relaciones entre las colonias prohibió la circulación comercial entre ellas, de manera que en la época de cosechas abundantes la imposibilidad de exportar provocaba que el exceso de la oferta deprimiera los precios en todo el virreinato, mientras que en los años malos todo se encarecía, sin que los granos de otros países pudieran aliviar la extrema penuria de la población. De esta manera la política económica amplificó los efectos del ciclo agrícola y creó una situación constantemente denunciada por los habitantes de Nueva España:

hasta el día nos hallamos entre estos dos terribles escollos: si la cosecha de maíz es escasa… todo es llanto, hambre, miseria y carestía general de todos los efectos comestibles y aún de los de otras especies… Y si la cosecha es abundantísima… el importante gremio de labradores sufre notable quebranto por lo muy barato a que tiene que vender el maíz.

La decisión de favorecer a los centros mineros y urbanos para mantener la producción y beneficiar a los sostenedores del dominio colonial agudizó aún más los efectos del ciclo agrícola y trasladó sus peores consecuencias a los habitantes del campo. Desde el principio de la administración colonial los centros mineros y las ciudades fueron considerados prioritarios en el abasto de granos, de manera que en los años de escasez se requisaban los granos de diversas regiones para llevarlos a estos centros estratégicos de la dominación colonial. Más tarde se crearon ahí alhóndigas o mercados donde obligatoriamente se debían vender el maíz y la harina, y pósitos, o instituciones encargadas de mantener con ingresos públicos colectados por el cabildo- un abasto constante y barato de maíz. Luego los altos ingresos ahí concentrados y la alta densidad de población convirtieron a estos centros en los lugares favoritos de la especulación comercial, de suerte que allí obtenían sus mayores ganancias los hacendados y latifundistas que controlaban la oferta comercial de granos y productos agrícolas. Toda la política económica colonial favorecía así el dominio de los intereses urbanos sobre los de la gran masa de campesinos y trabajadores.

Calamidades públicas y beneficios privados

El último eslabón de esta cadena de privilegios que extraía los recursos del campo en beneficio de los habitantes de la ciudad era el pequeño grupo de hacendados y comerciantes dedicados a la especulación de granos y productos agrícolas. Como cualquier otro agricultor, el propietario de grandes y medianas haciendas padecía el inexorable ciclo decenal de la desigualdad de las cosechas. Pero a diferencia del labrador indígena, del ranchero, del aparcero y del mediero, el propietario de haciendas disponía de crédito, de acceso privilegiado a los mercados urbanos que controlaba la élite a la que pertenecía, y de todos los apoyos políticos que el sistema de dominación otorgaba a su clase. Con estos recursos los hacendados crearon una estrategia que les permitió sortear sin graves perjuicios los años de buenas cosechas y bajos precios y obtener las más grandes ganancias en los de escasez y carestía. Para obtener los mayores beneficios de sus empresas, los hacendados expandieron los límites de sus propiedades con el doble objetivo de aumentar el volumen de la producción comercial y multiplicar en la propia hacienda la gama de artículos necesarios para el consumo y la producción. La acumulación dentro de las haciendas de la mayor variedad de tierras (de riego, de temporal y de pastoreo) y de recursos naturales (ríos, manantiales, bosques, canteras) limitó por una parte la compra de insumos en el exterior y por otra dotó a la hacienda de mayores defensas para enfrentar las fluctuaciones del clima. De esta manera los hacendados pudieron dedicar las tierras más fértiles e irrigadas a los cultivos comerciales, otras o cultivos de autoconsumo, dejando el resto en descanso. Es decir, la hacienda y el latifundio se caracterizaron por practicar un policultivo al servicio de uno o dos cultivos comerciales.

La acumulación de enormes extensiones de tierra dentro de los límites de la hacienda dio también mayor poder a los hacendados para obtener un recurso escaso y caro: trabajadores. Con el cebo de unos cuantos pesos de adelanto y la cesión de una parcela en los límites de la hacienda los propietarios formaron sus equipos de trabajadores permanentes, y mediante arrendamientos, aparcerías y el procedimiento de “ir a medias” atrajeron manos adicionales y pusieron en cultivo tierras ociosas sin hacer erogaciones en dinero. Por último, la acumulación de tierras sirvió también para combatir a los competidores de la hacienda en el mercado: cada parcela que perdía el pequeño agricultor o el ranchero, cada pedazo de tierra arrebatado a los pueblos de indios, era una manera de reducir la producción, una forma de disminuir el autoconsumo de los productores y de ampliar el mercado para los productos de la hacienda. En suma, la inexplicable propensión de acaparar tierras y mantener miles de hectáreas aparentemente ociosas encuentra en estos resultados el rigor de una lógica económica.

La creación de esas múltiples defensas y la disponibilidad de crédito permitió a los hacendados resistir los años de cosechas abundantes y precios bajos y almacenar los granos en espera de los años de crisis agrícola, carestía galopante y hambre. Entonces aun cuando resentían los embates de la sequía y los malos temporales, sus extensas y variadas tierras, los sistemas de irrigación, las semillas seleccionadas, el abono, las técnicas agrícolas y las reservas de cosechas anteriores almacenadas en sus gigantescos graneros les otorgaban una superioridad total sobre los demás agricultores: disponían del mayor volumen de la oferta comercial en la época de más altos precios y mayor demanda. En el momento en que la mayoría de la población ejercía la demanda más angustiosa y apremiante eran los únicos que poseían granos para la venta y quienes por tanto imponían la ley de los precios.

La secuela de las sequías

Esos años de desastre agrícola no fueron pocos en la época colonial, como no lo han sido en los tiempos modernos. Aun cuando apenas se ha iniciado el análisis histórico de las sequías, un estudio preliminar registra 88 sequías entre 1521 y 1821. Con excepción de las décadas de 1520-29, 1580-89 y 1600-09, las demás de estos tres siglos registraron la presencia de sequías, algunas con incidencia de sequías en 3, 4, 5 y hasta 9 años, y otras con combinaciones terribles de sequías y heladas, como los años de 1749-50, 1771-72 y 1785-86. Esos años de caída de la producción agrícola fueron de carestía, hambre, dislocamiento de las actividades económicas, migraciones, epidemias, mortandades y agitación social entre las masas urbanas y campesinas.

El efecto inmediato de la pérdida parcial o generalizada de la cosecha era el aumento incontenible del precio del maíz, seguido por el de los demás cereales y el de la carne. La sequía, al producir la muerte de miles de cabezas de ganado, multiplicaba los efectos del desastre agrícola pues a la vez que encarecía otro alimento esencial, reducía considerablemente el número de animales disponibles para la preparación del siguiente ciclo agrícola y creaba una crisis en los sistemas de transporte, que en esa época dependían de la tracción animal. En las crisis más severas las minas también paraban sus actividades, pues dependían críticamente del maíz y los forrajes para el alimento de los trabajadores y los miles de bestias de tracción y carga que movían los molinos y transportaban los productos. Al paro de las actividades seguía luego la migración de los trabajadores hacia las ciudades del occidente, el Bajío y el centro, formando largas caravanas de hambrientos que infundían pánico en todos los lugares por donde pasaban, y que por su debilitamiento físico y la ingestión de malos alimentos iban propagando enfermedades de una región a otra.

La llegada a las ciudades de estos miserables, reforzados por los peones despedidos de las haciendas y por la migración de campesinos expulsados de las zonas de desastre, hacía crecer violentamente la tensión social, difundía con gran celeridad las epidemias y el pánico, y creaba innumerables problemas de atención y control para las autoridades civiles y religiosas. En la mayoría de las crisis agrícolas esta ascendente tensión social se convertía en desesperación ante la presencia masiva de la muerte. Desde el siglo XVI hambrunas y epidemias caminaron juntas, arrasando salvajemente poblaciones y regiones enteras. En el XVII y el XVIII amainó la frecuencia, la intensidad y el efecto mortal de las epidemias, pero en los peores desastres agrícolas revivieron las imágenes apocalípticas del siglo XVI. Sólo la gran hambre de 1785-86, al combinarse con una epidemia, dejó un saldo de más de 300 mil muertos.

En estos años de hambre, muerte y terror colectivo las ciudades se convertían en focos de tensión bullente que explotaba con violencia al agregarse cualquier nuevo ingrediente. En 1624 las pugnas entre el cabildo de la ciudad de México y el virrey se cruzaron con una sucesión de sequías, malas cosechas y gran carestía y de esta mezcla explosiva brotó un violento tumulto popular que acabó en saqueo de las tiendas de comerciantes y en destitución del virrey. En 1693 otra desastrosa sequía y la manipulación de los granos por hacendados y funcionarios de la capital hizo estallar la furia de los pobres de la ciudad; entre gritos contra “los gachupines que se comen nuestro maíz”, mueras al corregidor y al virrey y lemas sediciosos: “¡Viva el rey y muera el mal gobierno!”. Una multitud hambrienta apedreó la alhóndiga, el palacio municipal y acabó saqueando el mismo palacio virreinal y las tiendas de los comerciantes españoles. En ese año los amotinados incendiaron todos los símbolos del poder que los oprimía: el palacio municipal y el virreinal, la alhóndiga, la casa del corregidor de la ciudad, las tiendas de los comerciantes, la cárcel y la horca.

En el campo los desastres ocasionados por la pérdida de las cosechas fueron más terribles, pero menos concentrados que en las ciudades. En el lugar donde el campesino labraba la tierra para hacerla entregar sus productos anuales, la penuria y el hambre aparecían más pronto y prolongaban su presencia más tiempo porque el dispositivo de la dominación dejaba sin reservas a los campesinos apenas corrían las primeras noticias acerca de la mala cosecha. Luego, sin pósitos, alhóndigas e instituciones hospitalarias o caritativas a las que recurrir, invadían los bosques y montes en busca de alimentos, vendían sus escasos animales y aperos, abandonaban sus chozas y familias para engrosar las caravanas de hambrientos que afluían a las ciudades, aunque la mayoría moría en sus aldeas presa del ataque conjunto del hambre y las epidemias. Los más desesperados formaban pequeñas bandas que asaltaban caminos, haciendas y hasta pueblos. Cuando las sucesivas sequías de 1808, 1809 y 1810 dejaron yerma la tierra y por esos campos estériles se extendió la rebelión de Hidalgo, las masas campesinas formaron el grueso de los ejércitos de la insurrección. Los rebeldes de 1810 eran campesinos desesperados, peones sin trabajo y hambrientos. La revolución de independencia fue precedida por una sucesión de sequías, malas cosechas y crisis agrícolas y estalló al culminar una oleada de altos precios que agudizó la carestía, el hambre y la desesperación.

Las sequías en el siglo XIX

La independencia política de España no dio más tierra a la creciente población indígena y campesina que la demandaba, ni mejoró la situación económica de los grupos mayoritarios que componían la nueva república. Por el contrario, al abolir las disposiciones paternalistas de la época virreinal, declarar a los indios iguales en derechos a los demás ciudadanos y promover al mismo tiempo la industrialización y la modernización de la economía, los gobiernos republicanos abrieron la puerta a una continua presión sobre las tierras, los brazos y los modos de vida campesinos. La expansión en las primeras décadas y durante todo el siglo XIX de una nueva agricultura de plantación dedicada a abastecer el mercado mundial y las fábricas textiles, la conversión de miles de hectáreas de cultivo de subsistencia en cultivos comerciales. La extracción de grandes contingentes de fuerza de trabajo campesina y los disturbios políticos crearon un malestar generalizado en las regiones indígenas y campesinas. La sequía con sus secuelas las tradicionales, agravó más la terrible situación de los campesinos.

Durante la primera mitad del siglo XIX una sucesión de sequías, inundaciones y plagas de langosta afectó todo el sureste del país, deterioró gravemente las defensas de la población y estimuló la inestabilidad política. En los años de 1822-23 y 1834-35 las sequías convirtieron a la península de Yucatán en una zona de desastre y por primera vez provocaron compras masivas de maíz y otros cereales en el extranjero. En esos años grupos de indígenas hambrientos recorrían las ciudades en busca de alimentos, mientras que en el campo cuadrillas asaltaban haciendas y poblados. La guerra de castas y las sublevaciones indígenas del centro y norte del país estuvieron también precedidos y acompañados por grandes desastres agrícolas.

Durante el porfiriato (1876-19l0), aunque el área de cultivos irrigados aumentó) a 700 mil hectáreas y mejoraron notablemente el transporte y la comunicación por ferrocarril, la irrupción de las sequías continuó provocando carestía, hambre, migraciones, inestabilidad social y mayores compras de cereales en el extranjero. En este período dos sequías generales (1877 y 1891-92) castigaron toda el área cerealera del país, en tanto que en el altiplano central, el bajío y el norte se registraron sequías en 20 años de los 35 de ese lapso. En muchos lugares la carestía y el hambre rompieron el orden establecido. En Durango la sequía de 1877 produjo motines entre la población y saqueo de comercios y bodegas. La sequía de 1891-92 hizo sentir a los habitantes de la ciudad de México que vivían en estado de sitio: racionados, acuartelados, hambrientos y temerosos. En Oaxaca, la sequía de 1891-92 provocó tensiones tan graves que las autoridades decretaron la venta forzada del maíz almacenado por los comerciantes. Un testigo describió así la situación de los indígenas:

han salido de sus chozas como salen de sus madrigueras los lobos en invierno y se han arrojado sobre algunas haciendas para apoderarse del grano que en ellas encontraban. Lo que más llama la atención en estos asaltos es que los indígenas, pudiendo apoderarse de otros valores, no han tenido más interés que el de tomar maíz, frijol, etc., lo que demuestra que no se trata de un robo por criminal codicia, sino por hambre.

En los últimos diez años del porfiriato hubo una intensificación notable de la sequía en todo el territorio y particularmente en el norte. Los estados de Querétaro, Hidalgo, Chihuahua y Nuevo León padecieron casi tres años consecutivos de sequía, pérdidas cuantiosas de cosechas, gran mortandad de ganado y alzas considerables en el precio de los granos y la carne. Como en el caso de la revolución de Independencia, la de 1910 ocurrió en un clima de grandes desastres agrícolas, carestías desempleo, hambre y descontento campesinos.

La sequía en el México postrevolucionario, 1917-1977

Entre 1917 y 1977 se han registrado por lo menos 38 sequías, 27 de las cuales están relacionadas con otras ocurridas en diversas partes del mundo. En este lapso se distinguen dos períodos. En el que va de 1910 a 1930 la sequía se presenta con bastante frecuencia, pero solo la ocurrida en 1925 fue extremadamente severa y produjo daños cuantiosos. En cambio, en los años de 1930 a 1977 la sequía disminuyó en frecuencia, pero aumentó en intensidad: 20 de las sequías registradas fueron severas y 6 resultaron extremadamente severas (1935, 1957, 1960, 1962, 1969 y 1977). Además de la sequedad progresiva, también es notable la concentración de la sequía en el norte del país, particularmente en los estados de Coahuila, Nuevo León, Chihuahua, Sonora, Tamaulipas, Hidalgo y San Luis Potosí.

Según una investigación reciente, promovida por la Comisión del Plan Nacional Hidráulico, estas sequías afectaron con mayor rigor a los productos agrícolas básicos (maíz, frijol, trigo y arroz) y secundarios (papa, chile y haba), y en menor medida a los productos de exportación (algodón, jitomate, café), a algunos cultivos de transformación industrial (cebada, caña de azúcar, cacao), y a los forrajes y frutales. Es decir, como en tiempos remotos, los efectos más desastrosos de la sequía siguen concentrándose en la agricultura de temporal que practican los campesinos y ejidatarios más pobres, carentes de crédito, riego, abonos y semillas mejoradas.

Junto con los cereales básicos, la ganadería fue el sector más afectado por las sequías, pero también en forma marcadamente diferencial. Mientras que las explotaciones ganaderas ubicadas en las regiones tropicales y subtropicales casi no conocieron este fenómeno, las situadas en el norte recibieron la visita reiterada de la sequía y padecieron estragos y pérdidas considerables. Sin embargo, es más importante notar los efectos diferenciales de la sequía según el tipo de propietario y de explotación ganadera. Los propietarios de ranchos pequeños y de parcelas ejidales situadas en tierras de temporal fueron los más castigados, tanto por la menor calidad y resistencia de sus animales, como por la ausencia de riego, bordos, aguajes, forraje y crédito para mantener el ganado. En cambio, se defendió mejor el mediano productor, el ranchero que criaba ganado de carne o leche para el mercado interior, pues la disposición de tierras con riego y la mayor calidad de sus pastos, animales y técnica, junto con el acceso al crédito, le permitieron preservar su ganado, o venderlo antes de que la sequía lo destruyera. De todos los criadores de ganado el más exitoso para resistir las sequías fue sin embargo el poseedor de grandes explotaciones capitalistas dedicadas a la exportación. En los casos de sequía leve o media este productor sobrellevaba el mal temporal sin pérdidas de monto porque sus animales de alto registro estaban protegidos por riego abundante, por pastos resistentes y porque podía adquirir grandes volúmenes de forraje especial. Y en los casos de sequía severa o extremadamente severa porque antes de que el ganado muriera o disminuyera de peso, era vendido en pie a los criadores estadounidenses, o a las grandes empacadoras con las que frecuentemente estaba asociado.

Desde el porfiriato, y de manera notable a partir de la década de 1960, uno de los efectos más visibles de la sequía ha sido el de incrementar las importaciones de productos agrícolas y disminuir los ingresos por concepto de exportaciones. A partir de 1960 el continuo deterioro de la producción agrícola y de la superficie cosechada ha convertido a la agricultura en el sector crítico de la economía, a tal punto que la irrupción de las sequías o de otros siniestros afecta gravemente la balanza de pagos al reducirse las exportaciones y aumentar considerablemente las importaciones de productos agrícolas.

Como en la antigüedad, en el siglo XX los más afectados por el deterioro de la agricultura y la incidencia de las sequías han sido los campesinos y las clases trabajadoras urbanas. En un proceso suicida y de autoaniquilamiento, se ha mermado continuamente la capacidad de autosuficiencia del país merced al apoyo a la agricultura y ganadería de exportación y de reiterado debilitamiento de la agricultura de subsistencia. La crisis que desde 1960 afecta a la agricultura es una consecuencia de ese proceso. En la década de 1970 esta tendencia se agudizó al unirse a la crisis estructural de la agricultura con la inflación y la visita reiterada de las sequías. Cada nueva sequía produjo en esos años estragos semejantes a las peores crisis agrícolas de antaño: desempleo, migraciones, bracerismo, desmantelamiento de las familias campesinas y miseria y hambre continuas en el campo. Lo más alarmante es que la acumulación de estos factores negativos ha debilitado enormemente al país en el exterior, haciéndolo cada vez más dependiente de la producción agrícola extranjera, al mismo tiempo que ha desestabilizado y deteriorado como nunca las estructuras de la sociedad campesina. Ningún otro sector de la sociedad mexicana padece hoy tanta miseria, opresión y desamparo. Los hombres y la cultura que por siglos alimentaron a este país y sobre cuya economía se levantó la actual sociedad mexicana, no sólo son los más explotados y miserables, sino que por añadidura son obligados a dejar de ser campesinos. Con la postración de sus campesinos, México ha perdido una de sus mayores defensas como nación: la seguridad alimentaria de la población.

 

Enrique Florescano
Historiador. Sobre los problemas agrícolas de México ha publicado: Precios del maíz y crisis agrícolas en México (1708-1810); Origen y desarrollo de los problemas agrarios de México, 1500-1821; y el estudio Análisis histórico de las sequías en México que coordinó.