No se había convertido, aún, en el galán más entrañable del cine mexicano. Todavía no adoptaba el apellido artístico que iba a acompañar su consagración. Faltaba un año para que realizara su discreto debut en La muerte enamorada (Ernesto Cortés, 1950). Sin embargo, hace exactamente medio siglo, en una casa soleada de Cuernavaca, Mauricio Garcés —entonces Mauricio Feres Yazbek— filmó una película. O mejor dicho, dos.
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