reuiem

Jorge F. Hernández,
Réquiem para un Ángel,
Alfaguara, México, 2009, 379 pp.

Al leer esta nueva novela de Jorge F. Hernández es imposible no pensar en La región más transparente, de Carlos Fuentes: se trata de revisitar la ex Ciudad de los Palacios, de hacer una nueva radiografía de esta urbe de locos desde diferentes perspectivas, desde las circunstancias que ahora vive y padece. ¿El resultado? Hablaré de eso luego de señalar que Hernández es un narrador experimentado: publicó los libros de cuentos En las nubes (1996), Escenarios de regalo (2006) y la novela La emperatriz de Lavapiés (1999).

Leída ahora, la novela de Fuentes puede evidenciar cuarteaduras, algún artificio, y sobre todo decir muy poco, casi nada, a los lectores de las generaciones actuales; sin embargo, queda como una de las mayores obras narrativas de Hispanoamérica y como uno de los frescos más vigorosos de la ciudad de México. Y tal vez al ver ese resquebrajamiento, tal paso demoledor del tiempo, Jorge F. Hernández haya querido entrar al quite. ¿Cómo?

El protagonista de Réquiem… (aunque en realidad se trata de una novela narrada por un coro, por múltiples voces) es Ángel Andrade, que luego cambia su apellido por Anáhuac, quien abandona a su madre enferma y loca en su casa de la capital y se dedica a recorrer la metrópoli con el propósito de convertirse en héroe salvador de sus habitantes. Y sí, impide asaltos, ayuda a los desvalidos, desface entuertos; mas eso es sólo el pretexto para meterse por cualquier rincón defeño, conocer a sus criaturas, involucrarse en vidas ajenas y servir de atalaya para que nosotros, los lectores de la novela, de su novela, nos metamos en los intersticios más oscuros y sórdidos.

La obra tiene una estructura bien diseñada, aunque luego se vuelve predecible y, por eso, monótona. Inician los apuntes de A.A., “Cuaderno olvidado en un taxi”; siguen unos breves textos-ensayo y luego los capítulos propiamente dichos, en donde atestiguamos las aventuras de este moderno y estrambótico Quijote.

Desde su centro de operaciones, que es el primer cuadro de la capital, Ángel se desplaza por parques, calles laberínticas, hoteles de mala muerte, cantinas, restaurantes, iglesias, burdeles; observa a la gente moviéndose como hormigas mecánicas atendiendo sus quehaceres cotidianos: burócratas, desempleados, niños de la calle, jubilados, saltimbanquis, obreros… y cuando puede se mete entre ellos para arreglar algún desaguisado y, principalmente, a tratar de conocerlos para que, a través suyo, los conozcamos.

El novelista Jorge F. Hernández conduce las distintas facetas de la obra con acierto, se muestra minucioso observador, atento escucha, va siempre con las antenas bien dispuestas, y es obvio que conoce la ciudad, aunque a mi entender ni tanto ni tan a fondo, porque si bien registra los aspectos fundamentales de la circunstancia metropolitana, omite asuntos y situaciones que a otros no podrían escapárseles: no dice, por ejemplo, que por los rumbos de La Merced hay prostitutas y clientes tan miserables que deben hacer el amor en los jardines, a la vista de todo el mundo; habla —qué bueno— de los farsantes que esquilman a los necesitados haciéndose pasar por curanderos y/o psíquicos, pero no consigna a los hacedores de “limpias” que han tomado por asalto las calles del Centro Histórico; soslaya a los policías que rentan sus patrullas a delincuentes con uniforme y arma para que asalten durante el tiempo (dos horas) del alquiler a quienes puedan, etcétera, de modo que su “paseo” es abundante, aunque insuficiente. Pero eso no es culpa del escritor, sino de la monstruosidad de la urbe.

A cambio, Hernández ofrece fases de la ciudad que no todos podemos conocer: opera entonces una suerte de compensación. Y debe agradecérsele su peculiar sentido del humor, su vasta cultura, las referencias a varias materias y personajes, e incluso las autorreferencias: en las primeras páginas menciona a Pedro, el protagonista de su novela anterior; después se refiere a él mismo y al proceso de escritura de Réquiem… Es una novela llena de guiños.

Hernández posee enorme poder narrativo, y eso se nota en gran parte del libro, en especial en el capítulo 10, en el que rememora episodios de Tlatelolco 68; o en el que aborda los terremotos de 1985 (asunto del que suelen olvidarse nuestros novelistas). Pero, ojo: en mi opinión eso no basta, porque la tarea de radiografiar la ciudad se impone a la anécdota; es decir, hay más datos y cifras que pasajes dramáticos. Finalmente, me queda claro que en sus desmesurados propósitos (actualizar La región más transparente) lleva la penitencia: esta ciudad no cabe en un bolsillo, en un par de ojos, en una sola inteligencia; necesita ser vista, oída, olida, recorrida, conocida, vivida por más de uno, o mejor, por cada uno de nosotros. Pero es un gran esfuerzo que vale la pena conocer. De eso no tengo la menor duda.


Ignacio Trejo Fuentes
. Escritor. Entre sus libros: Crónicas romanas y Loquitas pintadas.