Toda nación debería entender su historia; ninguna nación puede permitirse ser dominada por ella, ser la presa, la prisionera de su historia. Nietzsche fue uno de los primeros en decirlo en su Segunda consideración intempestiva, en 1874. En la manía, compartida por todos los Estados y sus sociedades, de conmemorar sin tregua, el pasado no pasa, sino se amontona y pesa más y más. Para actuar, para caminar, dice Nietzsche, se necesita amnesia, mientras que “la historia reverencial”, la “historia de bronce” (Luis González) nos paraliza. “Hay un grado de insomnio, de rumia, de sentido histórico que hace daño al ser vivo y acaba por aniquilarlo, sea un hombre, un pueblo o una civilización” (Nietzsche).

En 1910 el ente que llamamos México festejaba su segundo centenario y se sentía muy joven; dentro de un año nos tocará el segundo centenario y no podremos exclamar como Nietzsche: “Tengo confianza en el poder inspirador que conduce mi barco, tengo confianza en la juventud y creo que me guió bien al empujarme ahora a escribir una protesta contra la educación histórica que los hombres modernos dan a la juventud”. En su extraordinario ensayo nos cuenta, en una parábola, la marcha de nuestra curación, nuestra “liberación de la enfermedad histórica y, por lo mismo, de nuestra historia, hasta el momento en que” seremos de nuevo lo suficientemente sanos “para poder de nuevo hacer historia, para servirnos del pasado, del triple punto de vista monumental, anticuario o crítico”.1

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Luis González, en su célebre discurso La historia académica y el rezongo del público (1978) cita a Stefan Zweig: “Antes aun de que pudiéramos contemplar bien el mundo se nos pusieron unos lentes para que pudiéramos contemplar bien el mundo no con una mirada ingenua y humana, sino desde el ángulo del interés nacional”, ver que nuestra patria en el curso de la historia tuvo siempre razón, nunca fue injusta, sino siempre víctima y, pase lo que pase, en adelante siempre tendrá razón.

Por lo mismo Paul Valéry tiene razón cuando acusa a esa historia conmemorativa, historia de bronce, historia reverencial, de ser “el producto más peligroso que haya elaborado la química del intelecto humano”. A propósito de la historia de Francia y de las fiestas justamente llamadas “nacionales”, el mismo Valéry señala que “a la violencia con la cual los partidos han siempre gobernado el país” se debe el hecho de que “ningún historiador ha logrado ser sereno y la violencia partisana de la mitad de los franceses ha siempre borrado con gusto la otra mitad del pasado y del futuro” (1938).

Toda conmemoración debería ser la oportunidad nietzscheana de curarnos de “la enfermedad histórica”, asumiendo los dramas de nuestra Historia, con mayúscula, en lugar de disimular ciertos hechos, ciertos actores, en lugar de juzgarlos como buenos y malos, según nuestros prejuicios. Marc Bloch tomó muy en serio las críticas de Valéry y tenía ideas muy claras sobre el papel de la historia en la vida de la nación. Dijo que lo mismo se emocionaba él con la evocación del sacro de los reyes de Francia en la catedral de Reims, que con la evocación de la Fiesta de la Federación, el 14 de julio de 1790; y que los que exaltaban sólo el sacro, o sólo el 14 de julio, eran hemipléjicos que no servían para la patria, sino para la guerra civil.

Nosotros los historiadores mexicanos, alumnos de un Luis González, gran lector de Valéry y Bloch, sabemos demasiado los usos y abusos que el juego político hace con la historia nacional y por eso preferimos que nuestra disciplina, nuestro oficio, se mantenga a un lado del foro y del circo conmemorativo. No preguntamos como Poncio Pilatos “¿Qué es la verdad?”, la buscamos, intentamos honestamente buscarla y esa búsqueda debe crear la disposición a defenderla, a servirla en la vida. La historia y el historiador deben encontrarse al servicio de lo verdadero y justo, de la libertad y de la fraternidad entre los hombres. Insisto en la fraternidad.

En lugar de intoxicarnos con un pasado machacado y rumiado hasta la indigestión, un pasado que proyecta una densa sombra sobre el presente y el futuro, la conmemoración de 1810, como la de 1910, debe propiciar una verdadera toma de conciencia histórica que permita, en palabras de Henri I. Marrou, maestro de Luis González, “una auténtica catarsis, una liberación de nuestro inconsciente sociológico un tanto análoga a la que en el plano psicológico trata de conseguir el psicoanálisis”.

Conste que no tengo nada contra las Fiestas Patrias: recuerdo cómo vibraba de emoción y alegría, agarrado de la mano de mis padres, cuando desfilaba la tropa al compás de las marchas militares; llevé a mis hijos, tanto en México como en Francia, a compartir la verbena popular del 16 de septiembre y del 14 de julio. Estas fiestas son inocentes y la mayoría de los participantes ni saben qué se festeja; felizmente, no les llegan las intenciones de los políticos que morbosamente “conmemoran”.

Escuchen, una vez más, a nuestro querido don Luis, quien nos hace más falta cada día: “El grito de Hidalgo del futuro próximo debe ser: ¡Señores, no hay más remedio que ir a remover supervivencias, encarcelar residuos y enterrar mártires! El nuevo grito de Dolores tiene que arremeter contra las ánimas de los difuntos que siguen metiéndose con nosotros. Las consignas deben ser: no más supervivencias inútiles o perjudiciales; no más basura fuera de su lugar; no más remembranzas encendedoras de odios, suspicacias y quejumbres; no más historias con aspecto de puñales”.2

Así podremos tenernos a nosotros mismos, poseyendo por fin nuestra historia nacional, toda ella con sus dramas interiores. No recuerdo quién dijo que un hombre —una mujer— necesita de su historia personal, de esa narrativa interior, continua, ininterrumpida, para preservar su identidad. La nación también, el país también, suma de hombres y mujeres que merecen algo mejor que conmemoraciones oficiales.

Jean Meyer. Investigador del CIDE. Su más reciente libro es El celibato sacerdotal. Su historia en la iglesia católica.

Pies

1 F. Nietzsche,Vom Nutzen und Nachteil der Historie für das Leben, Leipzig, 1938, pp. 92-93.
2 “La pesada herencia del pasado”, en Diálogos, El Colegio de México, julio-agosto de 1981.