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El barullo que han desatado los centenarios, la instalación de comisiones, convocatoria a concursos, programación de obra pública, organización de eventos de todo tipo y discusiones en torno a lo que se hace —y sobre todo en torno a lo que no— revelan un consenso, cosa rara en el México de hoy: las “grandes fechas” de la “historia patria” deben festejarse, desde el poder, en espacios y con dineros públicos. Partiendo de que la fiesta pública, que interrumpe la rutina cotidiana con fuegos artificiales, música y buñuelos es siempre cosa buena, cabe sin embargo preguntarse si lo que debemos celebrar es la “memoria nacional”; si el papel de la historia es el de proveer a la nación de un repertorio de fechas que festejar y de “ínclitos héroes” cuyo “inextinguible ejemplo” hay que recordar.

A la luz de lo que ha sido la experiencia nacional durante poco más de 200 años, hasta formular la pregunta parecería necedad. La historia, se nos asegura, ha desempeñado un papel central —aunque inconmensurable, en el sentido estricto de la palabra— en la forja de la nación, en el fomento del “amor patrio” y en la creación de una “identidad nacional”. Bien decía el filósofo francés Ernest Renan, en una conferencia dictada en la Sorbona en 1882, que se ha convertido en uno de los textos canónicos del nacionalismo: una nación es una “gran solidaridad”, fincada sobre “un pasado heroico”, sobre las hazañas de sus grandes hombres, sobre el recuerdo de haber “sufrido, gozado y esperado juntos”.

simbolos

Así, durante el último tercio del siglo XIX, para los artífices de nuestra “historia patria” —los autores del México a través de los siglos primero, Justo Sierra después—, el hacer historia rigurosa y científica, que se apoyara en copiosos documentos y confrontara versiones distintas, no estuvo de manera alguna reñida con la construcción de la historia oficialísima del liberalismo triunfante. Estos historiadores estuvieron, en el fondo, convencidos del papel casi sacerdotal que debían desempeñar para despertar el patriotismo en unas “masas” que no se movían “por reflexión, sino por sentimiento”.1 Prueba de su talento es la persistencia del relato que elaboraron, cuya trama es, esencialmente, la que estructura hoy el imaginario histórico nacional. La revolución de por medio no hizo sino expulsar a un héroe del panteón para que fuera a engrosar las filas de los villanos. Cabe preguntarse si el horno no está ya para otros bollos.

Aun reconociendo la utilidad de algunos “mitos unificadores” que imprimieron sentido al discurso y a la acción públicos,2 habría que preguntarse si asignar un papel trascendental a la historia en la construcción de la nación no le hace un flaco favor a la disciplina… y, en última instancia, a la nación. Incluso si no tomamos en cuenta a aquella versión que sirve, a veces de forma bastante burda, para justificar al régimen en turno, una historia nacionalista, cuyo objetivo primordial es “crear identidad”, deja demasiadas cosas fuera. Postular a la nación como el actor central y no como el producto de la historia, como un ente de cualidades inamovibles que avanza por el camino predeterminado de su “consolidación”, convierte en esencia lo que es fundamentalmente construcción, y por lo tanto conflictiva y contingente. El describir a México como el “país de un solo hombre” —léase Antonio López de Santa Anna—, o como fruto de la gesta compartida de los “héroes que nos dieron patria” —de Cuauhtémoc a Cárdenas— desdibuja la multitud de factores que dan forma a la experiencia humana. Cuando se busca proveer a una comunidad heterogénea de un pasado común se mira hacia atrás no en busca de explicaciones, sino para trazar linajes coherentes y aparejar a héroes y villanos.

Así, la historia nacionalista resalta el “patriotismo” por encima del tino, la inteligencia o la creatividad con que los actores históricos afrontaron circunstancias complejísimas. A partir de un pasado fraguado de posibilidades, construye desenlaces inevitables. Al erigir a la nación como marco natural y eterno de la acción humana, al insistir sobre las particularidades sublimes de la patria y la bondad absoluta de sus artífices, es un discurso histórico que a menudo nubla la naturaleza transnacional de muchos de los problemas que enfrentamos, que fustiga a la crítica y clausura —o polariza— la libre discusión de ciertos temas “sensibles” —el “petróleo de la nación”, el “Estado laico”— porque la historia así lo ha determinado. Se trata de una historia que busca despertar antes la emoción que la reflexión. Incentiva, sobre todo, una complaciente contemplación del ombligo propio.

La historia que no se avoca a “construir nación” no deja de desempeñar un papel cívico. Si no “hace patria” en tanto que dotarla de “padres fundadores”, colorida biografía y fiestas patronales, forma ciudadanos, miembros de una sociedad que enfrenta el presente comprendiendo mejor su pasado. Se trata de una historia que, como escribía el historiador estadunidense Carl L. Becker, “al liberalizar el pensamiento, intensificar las simpatías y fortalecer la voluntad […] nos permite controlar, no a la sociedad, sino a nosotros mismos”. Se trata, sin duda, de una “memoria nacional” que se presta menos a los discursos ampulosos, a la construcción de monumentos y a la organización de desfiles. Pero permite, en cambio, entrever la posibilidad de una nación que no se funda sobre la memoria de triunfos y tragedias compartidos, sino sobre los vínculos que logre materializar como comunidad de derecho y de derechos.

Erika Pani. Profesora-investigadora del CIDE.

Pies
1 La expresión es de Francisco G. Cosmes, El verdadero Bulnes y su falso Juárez, Talleres de Tipografía, encuadernación y rayados, México, 1904, pp. 64-65.
2 Véase Charles A. Hale, “Los mitos políticos de la nación mexicana: el liberalismo y la Revolución”, en Historia mexicana, XLVI: 4, 1997, pp. 821-837.