El contexto hispánico

Estamos a un año de que se cumplan dos siglos del inicio del “proceso emancipador novohispano”, una expresión que, de hecho, es más adecuada que “Independencia de México” porque, como es bien sabido, los sucesos que tuvieron lugar la madrugada del 16 de septiembre de 1810 no fueron concebidos por sus protagonistas como el comienzo de una lucha para independizarse de España. Antes de referir algunos de los aspectos que distinguen a este proceso nos detendremos en el contexto hispánico de los acontecimientos que tuvieron lugar en la Nueva España entre 1810 y 1821, lo cual es imprescindible para tener una idea relativamente completa —y compleja— del nacimiento de México; un alumbramiento que se enmarca históricamente dentro de la profunda mutación político-ideológica que vivió todo el mundo hispánico durante el primer cuarto del siglo XIX.

El inicio del proceso que desembocó en la independencia de México forma parte de una serie de acciones contra el gobierno metropolitano que se suceden en los territorios americanos; el caso mexicano es uno más. Los hechos ocurridos a mediados de septiembre de 1810 en el pueblo de Dolores fueron posteriores en varios meses a las declaraciones de autonomía (no de independencia) en otras partes de la región: Caracas en abril, Buenos Aires en mayo, Santa Fe de Bogotá en julio, y precedieron en unos cuantos días a las de Santiago y Quito. La dimensión hispánica del proceso emancipador novohispano se refiere también a los eventos peninsulares (quizás en mayor medida, considerando que España era la metrópoli). Si se les ignora o pone entre paréntesis, dicho proceso resulta prácticamente ininteligible. Por lo tanto, es fundamental conocer con cierto detalle los sucesos ocurridos en la península entre 1808 y 1814, así como las enormes transformaciones ideológicas correspondientes; un periodo al que la historiografía occidental contemporánea denomina la revolución liberal española. El origen de estas transformaciones se ubica en la invasión napoleónica de la península ibérica en el otoño de 1807 y, más concretamente, en el levantamiento del pueblo de Madrid en contra de los franceses en mayo de 1808.

El viejo esquema “España tradicional” vs. “América moderna”, que se mantuvo vigente en la historiografía latinoamericana hasta hace relativamente poco para estudiar los procesos emancipadores, no sirve si realmente queremos entender la revolución hispánica (o revoluciones hispánicas). Baste señalar que entre 1808 y 1814, primero, y luego entre 1820 y 1823 (durante el llamado Trienio Liberal), lo que existió en la península fue un régimen liberal. Al principio, al calor de la invasión napoleónica, no se empleó ese nombre, pero a partir de 1810, en el contexto creado por las Cortes de Cádiz, reunidas en esta ciudad entre 1810 y 1814, surgió, por primera vez en la historia occidental, el término “liberal” para referirse a un determinado grupo político. Este grupo fue el que se impuso en los debates de las Cortes y el que determinó el contenido de la Constitución de 1812 (o Constitución de Cádiz) que marca el inicio de la historia constitucional moderna de España y de no pocos países americanos, entre ellos México. La razón es muy simple: en las Cortes de Cádiz participaron más de 60 representantes americanos. Al respecto, un dato que con frecuencia se olvida: la provincia con mayor número de diputados firmantes del documento gaditano fue la Nueva España con 19; le siguieron Valencia con 17; Cataluña con 16; Galicia con 14; Extremadura con nueve, y Perú con nueve también. Este hecho da una idea de la contribución hispanoamericana a la revolución liberal española que fue, al mismo tiempo, una revolución hispánica; sobre todo en sus primeros años, cuando el influjo de las ideas liberales peninsulares sobre los territorios americanos fue notable. Esta influencia menguaría paulatinamente hasta la vuelta de Fernando VII al trono español en mayo de 1814, lo que significó la restauración del absolutismo y el final del experimento gaditano.

Ahora bien, ¿cuáles son los aspectos en los que el proceso emancipador novohispano se diferencia de los sudamericanos? Sin pretender agotarlos, señalamos los que nos parecen más importantes: primero, el hecho de que ese proceso se inició en una provincia del virreinato, no en su ciudad capital; segundo, que sus dos principales líderes eran sacerdotes; tercero, el carácter eminentemente popular de la insurrección en su primera etapa; cuarto, el hecho de que después de cinco años de guerra (1810-1815) los insurgentes fueran derrotados de manera prácticamente definitiva; quinto, la manera en que fue consumada la independencia de México (en 1821) y, sexto y último, el hecho de que el virreinato novohispano, a diferencia de casi todos los demás territorios en los que estaba dividido el imperio español en América, no sufrió desintegración territorial una vez obtenida la independencia (lo cual no quiere decir que se mantuviera intacto).

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Destaquemos el segundo punto: la dirección religiosa del movimiento novohispano, que sólo con Morelos se declaró abiertamente independentista, explica el tradicionalismo que lo caracteriza (comparado con algunos de sus homólogos de América del Sur). Destaquemos también el quinto: la consumación de la independencia de México se explica en gran parte como una reacción a algunas de las medidas liberales que las Cortes de Madrid discutieron y adoptaron durante los primeros meses del Trienio Liberal. Dicho de otra manera, ningún otro factor es tan útil para entender el contexto en el que Agustín de Iturbide no solamente concibió su Plan de Iguala, sino que pudo llevarlo a buen puerto.1 En cuanto al conjunto de los aspectos que distinguen al proceso emancipador de la Nueva España es importante no exagerar la nota, pues cada uno de los procesos americanos (el venezolano, el rioplatense, el neogranadino, el chileno, el peruano y el guatemalteco) tuvo cualidades distintivas. El principal motivo de la homogeneidad de estos procesos salta a la vista: los territorios en los que tuvieron lugar formaban parte de una misma monarquía, la monarquía hispánica. Además, pese a una legislación “plurimonárquica” y a la retórica política ligada a ella, en términos prácticos, esos territorios eran considerados por la metrópoli como colonias y tratados en consecuencia. Los elementos mencionados explican las enormes similitudes doctrinales e ideológicas que es posible encontrar en todo el imperio español en América (así como las analogías entre las reivindicaciones políticas y económicas fundamentales planteadas por los americanos) desde que comienza la inestabilidad en la región, primero en 1808 y luego, de manera mucho más radical, a partir de 1810.


Significado de las conmemoraciones
                  

Como se puede inferir del apartado anterior, las conmemoraciones bicentenarias son de naturaleza muy distinta en Hispanoamérica y en España. En la primera, lo que se conmemora es el inicio de los acontecimientos que desembocaron en la independencia de cada uno de los países de la región (aunque, insistimos, no se hayan planteado con ese objetivo). Más adelante, se celebrarán la declaración de independencia y la consumación de cada uno de los movimientos emancipadores. Esto significa la conmemoración de hechos que empezaron en 1810 y que no terminaron sino dos décadas después.2 Las celebraciones responderán (grosso modo, pues la lista podría ampliarse) a la secuencia siguiente: 1810 (Venezuela, Argentina, Colombia, México, Chile, Ecuador), 1811 (Paraguay), 1813 (México), 1816 (Argentina), 1818 (Chile), 1821 (México, Perú), 1823 (los países de América Central), 1824 (Perú), 1825 (Bolivia), 1828 (Uruguay), 1829 (Venezuela) y 1830 (Colombia, Ecuador). En otras palabras, tenemos por delante un prolongado festejo bicentenario.

La naturaleza de las conmemoraciones variará de acuerdo, sobre todo, al gobierno en turno en cada país. Pueden preverse, por ejemplo, celebraciones con un sesgo revolucionario, reivindicativo y antiimperialista en Venezuela, Nicaragua, Bolivia y Ecuador. En el caso de los dos últimos habría que agregar una connotación indigenista. Las deformaciones históricas que cabe esperar en estos casos son, por un lado, una idealización casi hagiográfica de Bolívar y, por otro, la adjudicación a los indígenas de un protagonismo que no tuvieron (al menos al inicio de los movimientos emancipadores).3 En cualquier caso, la “presentificación” de la historia y el hecho de mirarla sobre todo con base en inquietudes y preocupaciones contemporáneas, no son los mejores consejeros si lo que se busca es más una conmemoración histórica que una celebración política, algo que difícilmente sucederá si los gobiernos latinoamericanos se dejan llevar por sus filias y fobias actuales.

La conmemoración bicentenaria tiene un tenor muy distinto en España. Ahí, el año pasado, se conmemoró el levantamiento del pueblo de Madrid en contra de las tropas napoleónicas. En 2012 le tocará el turno a la conmemoración de la Constitución de Cádiz, que significó la entrada de España en la modernidad política de Occidente. Por lo mismo y considerando el lugar que España ocupa actualmente dentro del concierto europeo, es lógico pensar que su gobierno le dará a la Constitución de Cádiz y a 1812 un destacado lugar. El “problema” para dicho gobierno es cómo abordar la fecha de 1810 vis-à-vis América Latina. El nombramiento de Felipe González a mediados de 2007 como “Embajador Extraordinario y Plenipotenciario para la Celebración de los Bicentenarios de la Independencia en América Latina” es una medida que puede no dar los resultados esperados; no por falta de voluntad o experiencia política del embajador González, sino porque será difícil que España ocupe un lugar de cierta relevancia en conmemoraciones que, por motivos históricos, son “naturalmente” antiespañolas. El contexto político actual en varios países latinoamericanos puede magnificar este contenido antiespañol hasta diluir aspectos de las celebraciones bicentenarias que podrían darle al embajador González un cierto margen de maniobra. Por ejemplo, conmemorar la reunión de las Cortes de Cádiz (a partir de septiembre de 1810) o la promulgación de la Constitución gaditana (en marzo de 1812), cuya influencia sobre varios de los territorios americanos es incuestionable.4


El bicentenario en México

Dejamos para el final la conmemoración mexicana del bicentenario independentista. De entrada, un dato incontrovertible: el descuido y la improvisación han imperado, como lo muestran palmariamente los trasiegos que, desde su creación en junio de 2006, han caracterizado a la Comisión Organizadora de la Conmemoración del Bicentenario del Inicio del Movimiento de Independencia Nacional y del Centenario del Inicio de la Revolución Mexicana. México posee una de las tradiciones historiográficas más sólidas de América Latina; por este motivo, llama poderosamente la atención el hecho de que José Manuel Villalpando esté al frente de dicha comisión. No por las razones que hemos escuchado en más de una ocasión (su cercanía al presidente Felipe Calderón o su falta de formación universitaria en el campo historiográfico); como académicos, lo que nos preocupa es su manera de entender la historia. Cabe apuntar, antes de seguir, que a otros corresponde evaluar la conmemoración bicentenaria mexicana desde las perspectivas política, social o artística, las cuales, podría argumentarse, son tan importantes como la perspectiva académica; no obstante, es esta última la que aquí nos interesa.

El enfoque académico está obligado a hacer un esfuerzo por evitar el “presentismo”, el anacronismo y la descontextualización (tres formas distintas para aludir a la subordinación del pasado a los valores, los intereses y los objetivos del presente). Esta postura puede ser considerada “arqueológica”, ignorante del presente y renuente a ver hacia el futuro. Para nosotros, es la única que brinda la posibilidad de que la búsqueda de la siempre escurridiza “verdad histórica” rinda frutos (como los que rindió, por ejemplo, la conmemoración académica de la Revolución francesa) y la que nos da más elementos para pisar con firmeza en el presente y para caminar con mayor seguridad hacia el futuro.

Con base en lo anterior, nuestra inquietud en cuanto a que José Manuel Villalpando esté al frente de la conmemoración del bicentenario de la independencia de México no puede más que acentuarse. Trataremos de hacer explícita esta inquietud con base en el último libro que, hasta donde sabemos, ha publicado: Batallas por la historia (Planeta, 2008).5 Dejamos de lado el hecho de que Villalpando se considere “experto” en la independencia de México con base en haber escrito el guión de una telenovela de 160 capítulos sobre el movimiento insurgente y varios libros exitosos; algo que, en sus palabras, “podría equivaler a un doctorado” (p. 19).6 Lo que realmente nos preocupa de Villalpando como cabeza rectora de nuestra conmemoración bicentenaria es, insistimos, la noción que tiene de la historia y del quehacer histórico. De entrada, para él, la historia es “incorruptible”, pues “no se le puede comprar, ni coptar (sic), ni callar, ni borrar” (p. 38). Si algo ha demostrado la práctica historiográfica desde los tiempos de Herodoto es que la historia es corruptible y que puede ser objeto de todos los verbos mencionados por Villalpando (y de algunos más, no menos insidiosos). Contra lo que pudiera pensarse, considerar “incorruptible” a la historia nos vuelve más proclives a caer en alguno de los diversos tipos de manipulación de los que ha sido objeto desde hace 25 siglos. La razón es muy simple: considerar incorruptible a la historia nos vuelve menos alertas ante el hecho, incontrovertible, de su corruptibilidad.

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Para Villalpando, la historia, además de “incorruptible”, es tremendamente actual, al grado de que cabe desentrañar el pensamiento de José María Morelos y aplicarlo al mundo de hoy con base en una sola frase, como lo hace en “El país que imaginó Morelos” (pp. 38-41). La frase en cuestión (“que moderen la opulencia y la indigencia”) forma parte del doceavo de los Sentimientos de la Nación y se refiere, en concreto, a una de las cualidades que, desde la perspectiva de Morelos, debían tener las leyes emanadas del Congreso de Chilpancingo. Según Villalpando, la libertad con respecto a España era sólo un medio, pues el verdadero fin que perseguía la Independencia (la mayúscula es suya) era “mejorar las condiciones de vida de los mexicanos”. En cuanto a la frase citada, piensa que con ella Morelos no solamente reconoce el valor del trabajo de los asalariados, sino “también la labor de los empresarios”. Cerrar la brecha salarial entre los mexicanos (la preocupación central de Villalpando al redactar el artículo que nos ocupa, como queda claro al final del mismo) es, sin duda, una tarea urgente y loable. Lo que cabe discutir desde una óptica historiográfica es que para mostrar su urgencia se utilice una frase aislada de un sacerdote del sur novohispano; una frase escrita hace casi 200 años, que forma parte de un artículo que dista de ser simple (incluso en su redacción), el cual, a su vez, forma parte de un texto más amplio (cuya intencionalidad, por lo demás, respondía a una situación muy peculiar).

Una crítica similar se puede hacer al siguiente artículo que aparece en el libro que comentamos: “Ideario de la Independencia” (pp. 41-44), en el que Villalpando, después de enumerar a 18 grandes héroes de la gesta independentista mexicana, afirma: “Ellos creyeron que la Independencia era, tan sólo, el paso necesario para alcanzar lo que consideraban como la razón de ser del movimiento insurgente: ser libres para así poder mejorar y aumentar la calidad de vida de los mexicanos” (p. 42). Lo que más atrae nuestra atención en este caso no es el simplismo atroz que se esconde detrás de ese “tan sólo”, sino el hecho de que, para quien lea escritos, públicos o privados, de casi cualquiera de los 18 héroes mencionados por Villalpando, resultará realmente difícil dar con “la razón de ser del movimiento insurgente” y, más aún, llegar a la conclusión de que “aumentar la calidad de vida de los mexicanos” era el motivo principal de sus desvelos.7

En los últimos artículos que Villalpando dedica al periodo independentista surge con mayor nitidez su concepción de la historia. Su presentismo y su “populismo historiográfico” son evidentes en el artículo titulado “El abrazo de Acatempan” (pp. 67-69), que pretende ser un alegato por la unión de los mexicanos con base en el abrazo que escenificaron Iturbide y Guerrero en marzo de 1821 y cuyas palabras finales nos parecen reveladoras: “¡Cómo nos urge un nuevo abrazo de Acatempan!”. En el inicio del artículo siguiente, “La consumación” (pp. 70-72), el autor afirma que se ha profundizado poco en la consumación de la independencia de México por prejuicios políticos. Enseguida, escribe una oración aparentemente lapidaria: “Establezcamos de una vez la verdad de los hechos”. Villalpando presenta entonces su interpretación de la consumación (en siete párrafos); al final de la misma, asevera sin empacho: “Ésta es la historia”. Lo que tenemos aquí es una visión de la labor histórica como un juego entre seudohistoriadores; el cual, por fortuna, no puede durar mucho, pues existen historiadores (en toda la extensión de la palabra) que son capaces de establecer “la verdad de los hechos”. El resultado final, cabe concluir, es que esta verdad y estos hechos constituyen la historia; que no duda, que es única, que es la correcta. Curiosamente, si algo nos ha dejado el debate historiográfico de los últimos 30 años en la academia occidental es una idea de la historia que está prácticamente en las antípodas de la que tiene Villalpando. La sección dedicada al periodo de la independencia en Batallas por la historia termina con el artículo “Padilla, Tamaulipas” (pp. 72-74). En él, Villalpando hace lo que se puede considerar una personalísima (y para nosotros ininteligible) profesión de fe historiográfica: “…soy de los que creo (sic) firmemente en la justicia de la historia…” (¿qué es la justicia historiográfica?; ¿“colocar a cada personaje en su sitio”?, como afirma el autor).

La noción de la historia que se desprende de las páginas que Villalpando dedica a la independencia de México en Batallas por la historia, así como de las intervenciones radiofónicas y televisivas que nosotros hemos tenido oportunidad de escuchar, es no solamente presentista y maniquea, sino también simplista y simplificadora. Desde nuestro punto de vista, la divulgación de la historia no está obligada a caer en este tipo de deformaciones historiográficas. El reto que se nos plantea a todos los académicos interesados en el saber histórico y en su difusión, no sólo de cara al bicentenario sino también ante la avidez de historia que es posible percibir en las sociedades actuales, es cómo dirigirnos a un público relativamente amplio (mucho más amplio, por lo menos, que el del estrechísimo mundo académico) sin hacer creer a los lectores, radioescuchas o televidentes que la historia tiene las soluciones a los problemas del presente, que la historia es una batalla entre “buenos” y “malos”, que la historia carece de complejidad y, por último, sin dar a conocer la historia como si ésta fuese un rosario de anécdotas y heroicidades cuyas supuestas virtudes (ser entretenidas y edificantes) nos parecen sumamente discutibles.

Roberto Breña. Profesor de El Colegio de México. Es autor de El primer liberalismo español y los procesos de emancipación de América, 1808-1824 (Una revisión historiográfica del liberalismo hispánico).

         

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1 Desarrollé esta hipótesis (que no es nada original pues se remonta, nada menos, que a Lucas Alamán) en El primer liberalismo español y los procesos de emancipación de América, 1808-1824 (Una revisión del liberalismo hispánico), El Colegio de México, México, 2006, pp. 456-489.
2 Es en 1830 cuando termina de desintegrarse ese gran proyecto de Simón Bolívar denominado por los historiadores “Gran Colombia”. De su desmembramiento surgieron tres nuevos países: Colombia (nombre original de dicho proyecto), Venezuela y Ecuador, que si bien eran independientes de facto del poder español desde aproximadamente una década antes, no surgen como países independientes sino hasta el año mencionado. Por cierto, también en 2030 se conmemorarán los 200 años de la muerte de “El Libertador”.
3 De hecho, más allá de cualquier consideración axiológica, se puede argumentar que durante todo el periodo emancipador dichos procesos raramente salieron del control de las elites criollas (aunque hay excepciones, algunas notables, como el caso novohispano en su primera etapa). Se trató, es cierto, de un control relativo y siempre amenazado, pero control al fin.
4 Expuse y desarrollé con cierto detenimiento los temas apenas bosquejados en este apartado en mi ensayo “Las conmemoraciones de los bicentenarios y el liberalismo hispánico: ¿historia intelectual o historia intelectualizada?”, Ayer, n. 69, 2008 (1), pp. 189-219.
5 El título, como el autor reconoce en la introducción (titulada “Parte general de la guerra librada en defensa de la historia”, pp. 13-15), lo toma de Lucien Febvre y su célebre Combates por la historia. Para Villalpando, su bregar por la historia tiene varios objetivos: “para que ésta brille con luz propia, para que no sea botín de unos cuantos, no tenga secretos inconfesables, ni se convierta en un coto sólo abierto a los iniciados” (contraportada; ver también pp. 13-14). Batallas por la historia es una recopilación de artículos sobre la historia de México (desde el padre Hidalgo hasta el presidente Calderón) que Villalpando escribió a lo largo de varios años. No está de más apuntar que, además de ser comentarista de radio y columnista en varios periódicos, Villalpando es un autor muy prolífico: sólo en el lustro que va de 1999 a 2004, publicó más de una docena de títulos; entre ellos, dos novelas históricas, cinco biografías individuales (Hidalgo, Santa Anna, Juárez, Miramón y Maximiliano), una biografía colectiva (los Niños Héroes), una historia del Segundo Imperio a través de un diario imaginado, una historia de la Virgen de Guadalupe y dos libros en coautoría con Alejandro Rosas.
6 El desprecio de Villalpando por la vida académica es perceptible en otros pasajes del libro que comentamos: “…buena parte de los combates que he librado no han sido desde la trinchera de un cómodo refugio académico, sino desde la incesante y activa ‘guerra de guerrillas’ que he sostenido, siempre a la ofensiva, en artículos y ensayos breves, publicados en periódicos y revistas” (p. 14). Villalpando concibe su labor no sólo como guerrillera, sino también como “correctora”, pues enseguida añade que “casi en todos ellos la causa de su redacción fue el derecho de replicar las barbaridades de alguien en materia histórica”. Cabe añadir que, con mucha frecuencia, Villalpando no debate con historiadores, sino con políticos que opinan sobre historia.
7 La parte intermedia de la sección del libro dedicada a la independencia está dividida en apartados muy breves; su título es “Curiosidades de la Independencia” (pp. 48-66). En ella, el autor se ocupa sobre todo de aspectos militares, pero trata también el tema de las mujeres en la independencia. En el último apartado, sin motivo aparente, Villalpando refiere la proeza del “niño artillero” en el sitio de Cuautla, la famosa frase “¡Va mi espada en prenda, voy por ella!” de Guadalupe Victoria y la aún más conocida de Guerrero: “…mi patria es primero”.