Estamos a un año de que se cumplan dos siglos del inicio del “proceso emancipador novohispano”, una expresión que, de hecho, es más adecuada que “Independencia de México” porque, como es bien sabido, los sucesos que tuvieron lugar la madrugada del 16 de septiembre de 1810 no fueron concebidos por sus protagonistas como el comienzo de una lucha para independizarse de España. Antes de referir algunos de los aspectos que distinguen a este proceso nos detendremos en el contexto hispánico de los acontecimientos que tuvieron lugar en la Nueva España entre 1810 y 1821, lo cual es imprescindible para tener una idea relativamente completa —y compleja— del nacimiento de México; un alumbramiento que se enmarca históricamente dentro de la profunda mutación político-ideológica que vivió todo el mundo hispánico durante el primer cuarto del siglo XIX.
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