A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE


          A Soledad Loaeza, como primicia para futuro seminario

La Historia Patria no es una historia cualquiera. Se alimenta de los aciertos y desaciertos del historiador profesional, pero tiene mucho más que ver con el cómo y por quién se enseña, pero sobre todo, para qué se imparte. Es un producto especialmente diseñado para niños y adolescentes, mentes tiernas que se encuentran en los años cruciales de la formación de actitudes que luego habrán de regir la conducta del adulto, principalmente en materia política. La Historia Patria forma parte de una larga tradición, la de contar historias a los niños, pero se corporizó como tal cuando nació el Estado-nación. Su razón de ser es servir a los dos componentes de ese binomio: formar la identidad nacional que da soporte al Estado.

Por ello, las historias patrias de todos los países están conformadas por gestas patrióticas, héroes y mitos, y principalmente por fechas destacadas ya que son base sustancial de los ritos cívicos estatales. Apelan a la emoción, a veces buscan identificar un a enemigo, pero siempre buscan ubicar a los amigos y decantar los elementos simbólicos que puedan dar cohesión social y política a la comunidad. Los héroes funcionan como paradigmas modélicos para que el futuro ciudadano conforme sus actos y pensamientos a supuestas conductas excelsas y desinteresadas cuando de la vida pública se trata (a veces también de la privada).

En la educación primaria de los países con pedagogía avanzada se evita enseñar el conflicto porque se supone que el incipiente grado de desarrollo cerebral del niño no le permite procesarlo; pero en la educación secundaria es posible la enseñanza de la historia conflictiva (generalmente maniquea) que identifica claramente a los enemigos. Las nociones que a esas edades se reciben duran para siempre, salvo que uno se convierta en científico político, filósofo moral o historiador. O en un ciudadano muy maduro y muy leído. Estos personajes tienen la manía de modificar las actitudes básicas aprendidas en la educación básica. Pero no abundan entre la clase política; en ella son legión los que quieren dirigir los destinos nacionales con nociones inconmovibles provenientes de su más tierna infancia, sin conciencia del valor instrumental de la Historia Patria.

Todo esto viene a cuento por las reflexiones que provoca el evidente desgano del actual presidente de la República con los asuntos de la comisión oficial encargada de las celebraciones del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución. Estas efemérides corrieron con mala suerte pues cayeron en medio de gobiernos federales panistas. Hoy por hoy, la Comisión México 2010, creada por decreto del gobierno de Vicente Fox, ha conocido al menos a cinco coordinadores. El presente gobierno se inició en esta materia colocándose el presidente Felipe Calderón como presidente de la comisión en un acto solemne el 7 de marzo de 2007, en que pronunció un discurso por demás ortodoxo en sus referencias a la Independencia y la Revolución. Podría haberlo pronunciado un gobernante del más rancio abolengo priista. Quizá la pluma que la redactó es de esa persuasión política y, obviamente, no lo es quien lo pronunció.

De 2007a la fecha el liderazgo presidencial se ha dejado ver poco, amén de que ha habido cuatro sustituciones en la coordinación en menos de 20 meses. Uno de los sustituidos dejó entrever que nunca había sido recibido por el presidente, viéndose obligado a acordar únicamente con el director del INEHRM, instituto que pertenece a la Secretaría de Gobernación. Yo creo que la clave de tal desidia está en el discurso inaugural de 2007, al final, cuando el presidente Calderón hizo referencia al mural de Diego Rivera en Palacio Nacional y señaló “nos toca a esta generación decidir qué lugar queremos ocupar en ese mural”.

Al leerlo recordé la ocasión en que, apresurados, salíamos Carlos Castillo Peraza y yo de Palacio Nacional y nos detuvimos brevemente ante el fresco de la escalera principal. Dos, tres minutos de contemplación del ya conocido apelmazamiento de héroes y villanos y pueblo sufriente. “¿Sabes”, me dijo Carlos muy serio, “que un problema en México es que existen dos historias y la nuestra aquí no aparece?”. No me atreví a refutarlo; no había con qué. El pasado te hace daño cuando no es el tuyo.

pipila

Ya que como todo el mundo sabe Castillo Peraza fue el tutor político de Felipe Calderón en el PAN, la referencia del presidente de la República no resulta fortuita ni recurso retórico. Delata algo muy profundo. No me preocupa elaborar sobre el lugar que él y correligionarios ocuparán en un ficticio y futuro mural corregido y aumentado. Me interesa destacar algo que me parece muy importante: una elite formada en una Historia Patria conservadora dirige a un país formado en una Historia Patria liberal y revolucionaria. ¿No estará aquí el origen de muchos de los desencuentros que nos agobian?

En efecto, en México no se enseña una sola Historia Patria sino dos. Alguna vez el historiador Miguel León Portilla nos informó de su azoro como estudiante de secundaria al enfrentarse a ese hecho tras un apresurado cambio de escuela, que debió de ser de una pública a una privada católica o viceversa. Cierto, muchas de la escuelas privadas son laicas y se apegan a la versión de Historia Patria aprobada en planes y programas oficiales; pero muchas escuelas de orientación católica no lo hacen así. Antes de los años sesenta, de donde proviene el modus vivendi en la materia luego de las multitudinarias protestas de la derecha regiomontana en contra del libro de texto gratuito, la diferencia entre ambas historias era más marcada. Aunque algo difuminada la controversia por el paso del tiempo y ante el surgimiento de temas más importantes y apremiantes, las dos historias siguen ahí de alguna manera, coexistiendo lado a lado.

Las dos versiones tienen sus antecedentes. Podemos remontarlos a las historias de México de Lucas Alamán (conservadora) y de Lorenzo de Zavala (liberal) que más que historias fueron combinaciones de resúmenes autobiográficos de los autores, protagonistas políticos destacados de los primeros años de independencia, y proyectos de país para el futuro. La conservación de los viejos moldes de organización social y política frente a la “democracia baja” como la bautizó el mismo Zavala. Ahí nacen dos ideas de nación y de Estado que habrán de enfrentarse durante toda la primera mitad del siglo XIX. Hasta su resolución mediante la única forma que quedó disponible: la guerra civil, mejor conocida como la Guerra de Reforma. Retroceso contra progreso, dijo José María Luis Mora en su momento, acuñando así una eficaz frase de propaganda política para la época. Alamán se convirtió en proyectista de monarquías y Zavala en el primer alquimista electoral de la historia nacional.

al grito

Centralismo y monarquía fue la oferta de régimen de los conservadores; democracia popular y federalismo, la liberal. Para el asunto que nos ocupa lo importante es dónde quedó ubicada la iglesia católica mexicana, porque es el actor político más importante en las dos historias, en una por presencia y en otra por ausencia. Aunque hubo una corriente liberal y popular dentro de ella, la jerarquía finalmente consiguió ubicarla del lado conservador a medida que se romanizaba. Ya con el papa Pío IX este proceso resultó irreversible para la iglesia mexicana. Lo de la expropiación de los bienes fue secundario, pues lo que verdaderamente se defendía eran los privilegios de la corporación, es decir, el fuero, la jurisdicción exclusiva sobre sus miembros. Es decir, la subordinación o independencia absoluta frente al Estado. Por ello, en la historiografía conservadora es más odioso Benito Juárez, que estableció la separación Iglesia-Estado y eliminó el fuero eclesiástico, que Miguel Lerdo de Tejada, que compuso la ley de secularización de los bienes (inmuebles) en manos muertas. El problema para la Iglesia fue que los conservadores perdieron la guerra civil en 1867 y sólo les quedó acogerse a la buena disposición de Porfirio Díaz para que se reconstruyera institucionalmente a cambio de que sus seglares y laicos no participaran en política. Pero les quedó la escritura, la de sus versiones de los procesos históricos. Y la enseñanza en sus escuelas.

La versión liberal de la Historia Patria la conocemos la inmensa mayoría que estudiamos en escuelas oficiales. Exaltación del mundo prehispánico y postergación de la época colonial. Tres grandes momentos: Independencia, Reforma y Revolución, entrelazados por las luchas populares por la libertad. Héroes: Moctezuma y Cuauhtémoc, los resistentes; Hidalgo y Morelos, coautores de la Independencia; los gigantes de la Reforma encabezados por Benito Juárez, defensores todos ellos de la nación. Culmina el proceso con la Revolución y sus héroes: Madero, Carranza y Zapata, fundamentalmente, pues Villa como que no arraiga del todo por su original bandolerismo. Personajes problemáticos: Iturbide, Díaz y los hermanos Flores Magón, sobre los que pesa todavía la acusación de filibusterismo. Los manuales de Justo Sierra y Luis Chávez Orozco contribuyeron a la conformación de esta versión de Historia Patria.

La versión conservadora va más o menos como sigue. México se compone de dos patrias sucesivas e inseparables: Nueva España (1517-1821) y México (1821 en adelante). Dos hechos las conformaron: la Conquista y la Independencia. La Nueva España es crisol de razas y modelo de instituciones. Los factores dirigentes: Real Gobierno y la Iglesia. La Independencia fue posible por el liberalismo religioso (protestantismo) que rompió con la unidad de la cristiandad y el liberalismo político que exageró los derechos individuales y la soberanía popular. La Independencia se llevó a cabo en dos etapas. La guerra civil entre criollos, mestizos, indios y españoles; y la guerra nacional de un solo frente bajo las tres garantías —Religión, Unión e Independencia— del Plan de Iguala. La guerra civil fue sangrienta y destructiva y duró nueve años; la nacional, incruenta y terminó en sólo siete meses. El primer periodo postindependiente, el constitutivo, fue caótico y confuso por la revolución liberal, reforzada por influencia extranjeras.

Debilitó al país en el concierto internacional. Este periodo terminó con el régimen “aconstitucional” y dictatorial de Ayutla que decretó las leyes de Reforma y convocó al Congreso que redactó la Constitución de 1857, productos ambos de liberales exaltados. Después de 1867, tras el triunfo del Partido Liberal federalista sobre el Segundo Imperio, todos los gobiernos —Juárez, Lerdo, Díaz y González— fueron dictatoriales porque no respetaron la Constitución. Sin embargo, la pax porfiriana permitió el progreso general del país. Fue la época en que volvió a florecer la Iglesia. La Revolución mexicana es prolongación del odioso régimen liberal exaltado de 1867, incluso es una exageración de sus medidas como se podía constatar en el texto de la Constitución de 1917. Ambos periodos también se parecen en la falta de respeto de los gobiernos posrevolucionarios por la libertad y la Constitución. José Bravo Ugarte y José Vasconcelos son destacados representantes de esta versión de la Historia Patria.

Me hago cargo que debe ser sumamente difícil para la elite gobernante actual afrontar las celebraciones del bicentenario, particularmente la efeméride de la Revolución mexicana. Me hago cargo también que enfrentan el problema de una población formada en la Historia Patria liberal, a la cual tendrán que satisfacer en alguna medida en sus ansias de fiesta para ocasión cívica tan connotada. Debe resultarles incómodo gobernar a una nación con cuya inmensa mayoría se encuentran en constante estado de disonancia cognitiva y tener que respetar los ritos y símbolos heredados. Pero ni modo, así quiso la historia que se conformara la nación, que se educara en el paradigma de los vencedores, y no hay naciones a la medida de nadie. Es preciso aceptar que a pesar de que la mayoría mexicana es católica también es liberal.

Aparente contradicción que Héctor Aguilar Camín resolvió en un magnífico tropo al calificarla de guadalupanismo laico. Por lo pronto, la comisión presidida por el presidente Calderón anuncia apenas una teleserie para 2009. La celebración reducida a telenovela. En otras palabras, optan por refugiase en la estratagema mediática que evita los engorrosos e inquietantes actos públicos. Pero no hay mal que por bien no venga. La desidia oficial ha alentado a estados, municipios y personas con conciencia patriótica a tomar cartas en el asunto. Hasta la Universidad Pontificia de Tlalpan tomó el toro por los cuernos y organizó su coloquio. Bien por ella. Hoy, hay más instancias organizando eventos que en cualquier momento de nuestra historia. La pluralidad salió ganando.

Luis Medina Peña. Profesor-investigador del CIDE. Autor de Invención del sistema político mexicano.