El divorcio mexicano

Era uno de los hombres más ricos del mundo, heredero de una fortuna legendaria en Bolivia. Su familia había sufragado golpes de Estado contra los dignatarios más altos de su país y había financiado la larga y sangrienta guerra del Chaco contra los ejércitos de Paraguay. La revolución de 1952 nacionalizó las minas de estaño que sustentaban su riqueza, pero ya para entonces era presidente de Thailand Tin Mines y British American Tin Mines. Fue diplomático en Madrid, París y Londres, y más tarde en México, aunque ya sin el cargo de ministro de Bolivia. Estaba ahí por una razón totalmente distinta.

En 1931 Antenor Patiño había contraído nupcias en Madrid, mediante el régimen de separación de bienes, con María Cristina de Borbón y Bosch-Labrus, emparentada con la familia real de España. Antenor tenía entonces 35 años: había nacido en 1896 en Oruro, Bolivia, hijo de Simón Patiño, un cholo de Karasa que hablaba quechua y español, contemporáneo y congénere de Carlos Aramayo y Mauricio Hochschild, y al que la gente llamaba el Rey del Estaño. María Cristina, en cambio, tenía sólo 17 años: había nacido en 1913, hija del duque de Durcal, primo a su vez del rey Alfonso XIII, un tipo con alcurnia pero sin dinero (“daba cheques sin fondos, no pagaba sus deudas, era la oveja negra de la familia”), y con la ilusión de adquirirlo por conducto de su hija, menor de edad en el momento de su matrimonio con Patiño.1 El desenlace de su casamiento por conveniencia, que fue un desastre, sería uno de los episodios más célebres en la historia del derecho internacional privado, al ilustrar a la perfección el problema del conflicto de las jurisdicciones y el conflicto de las leyes, como lo explicaría un libro de texto con estas palabras: “Un boliviano se casa en Madrid con una española, que se vuelve boliviana por el matrimonio. La pareja vive a veces en Estados Unidos, a veces en Francia. Luego de muchos años de matrimonio, el marido exige el divorcio en Francia: no lo consigue. Entonces lo pide y lo obtiene, a su favor, en México. En fin, la esposa pide la separación de cuerpos en Francia”.2 ¿Cuál era la competencia de los tribunales franceses en los litigios internacionales? ¿Y cuál el efecto de los juicios extranjeros en Francia?

A principios de los cuarenta, en Nueva York, donde vivían ambos a causa de la guerra en Europa, María Cristina de Borbón inició un juicio por abandono contra Antenor Patiño que concluyó en un convenio de reconciliación, que incluía una serie de pensiones a su favor, pagaderas en Manhattan. Las pensiones eran exorbitantes: María Cristina, en efecto, recibió medio millón de dólares de Patiño cuando accedió a reconciliarse con él, en julio de 1944, y la promesa de recibir medio millón más siete años después, en 1951. Pero el matrimonio no tenía ya salvación. Más tarde, al terminar la guerra, Patiño, que retornó a París sin ella, la requirió formalmente a través del Tribunal Civil del Sena. Ella no volvió porque tenía, dijo, un litigio pendiente contra él en las cortes de Nueva York. Entonces Antenor emprendió —para desolación y vergüenza de su madre, católica de convicción, doña Albina Rodríguez— un juicio de divorcio en Francia.

Pero los años pasaron y el divorcio parecía imposible.

Al cabo de una década, sin resultados a la vista, Patiño llegó a México. ¿Por qué México? Algunos pensaban que posiblemente, al reconocer al gobierno de la República Española en el exilio, México, que no tenía relaciones con Franco, estaba en posibilidad de ayudar a un hombre que había contraído nupcias en España bajo las leyes de la República. Otros más bien señalaban que el país era entonces un paraíso legal para conseguir el divorcio, al que acudían incluso varios actores de Hollywood. El caso es que el presidente Adolfo Ruiz Cortines, al tanto de sus tribulaciones, le ofreció su apoyo para resolver el asunto de su divorcio… si hacía una buena inversión en México. Antenor Patiño, a pesar de viajar con pasaporte diplomático, estableció así su domicilio conyugal en la capital de México. Ahí, en 1956, empezó la construcción del Hotel María Isabel, un edificio muy elegante, situado en la zona más exclusiva del Paseo de la Reforma, y ahí también, más tarde, concibió y planeó lo que sería su obra más espectacular: el Hotel Las Hadas en la costa del Pacífico, junto con el aeropuerto de Manzanillo.

Antenor Patiño acababa de solicitar ese año de 1956 la separación de su cónyuge, María Cristina de Borbón, ante el Juzgado Séptimo de lo Civil en la ciudad de México. Los tribunales, al aceptar su solicitud, ignoraron que el matrimonio había sido celebrado en Madrid, entre un boliviano y una española, con domicilio conyugal en París y Nueva York y con juicios de divorcio pendientes en Estados Unidos y Francia.

Entonces María Cristina de Borbón escribió el 3 de febrero de 1957 desde Davos, Suiza, donde pasaba las vacaciones de invierno, un cable largo y alarmado al presidente Ruiz Cortines. “Excelentísimo señor presidente. Me permito enviarle este cable para acogerme a su internacionalmente reconocido espíritu de justicia y para rogarle que en nombre de todo lo que vuestra excelencia hace para mantener la integridad de la ley mexicana, tenga la gran bondad de interesarse para que se cumpla dicha ley mexicana imparcialmente y sin favores en cuanto a la competencia de los tribunales mexicanos con respecto a la demanda de divorcio introducida por mi esposo Antenor Patiño, contra quien hay en México investigación penal por falsificación de fechas documentos pruebas en demanda divorcio. Hasta la fecha, contra toda expectación de mi abogado licenciado Antonio Correa, las salas séptima y tercera de lo civil, más en estos últimos días el juez de distrito, han fallado a favor de mi esposo, a pesar de no haber cumplido éste en absoluto los requisitos de domicilio exigidos por ley mexicana para introducir demanda divorcio en dicha capital”.3

El divorcio mexicano

La revisión del caso iba a ocurrir en unos días, el 9 de febrero, en la ciudad de México. Ella no iba a poder viajar, ni tenía ganas de viajar, para estar a tiempo en el país, pero su abogado la convenció de que debía escribir al presidente de la República. “El tribunal colegiado ha fijado fecha de revisión competencia para próximo día nueve”, explicó en el cable, “por esto me pongo en manos de vuestra excelencia para que se cumpla justicia mexicana en protección de mi hija y nietas, por quienes lucho desde hace quince años sola pero hasta ahora con éxito contra la potencia internacional de Patiño. Solamente la brevedad inesperada del plazo concediome para la revisión ante tribunal colegiado de esta causa tan importante que afecta profundamente mi larga lucha me impide venir a tiempo a México para hacer esta petición a vuestra excelencia de manera protocolaria y me da el valor de dirigirme en esta forma rogando de corazón vuestra excelencia me perdone como madre y acepte mis más respetuosos saludos. Cristina de Borbón de Patiño”.4

Pero la suerte estaba ya echada. Patiño había cumplido con su palabra: empezó a hacer inversiones importantes en el país donde residía, primero en la ciudad de México y luego en la península de Santiago, al norte de Manzanillo. Y Ruiz Cortines habría de cumplir con su promesa: ayudó a que obtuviera su divorcio. En noviembre de 1958 un tribunal de México decidió el divorcio de Antenor y María Cristina. Y Patiño pudo al fin contraer matrimonio con la mujer que era su compañera desde fines de los cuarenta, la española Beatriz de Rivera. Se casaron el 8 de enero de 1960 en Londres, “ambos por segunda vez”, anunció la revista Time.5

Patiño vivía con ella en el Hotel Prado, uno de los más conocidos de la ciudad de México. Estaba contento. “Le gustaba mucho el país, se divertía muchísimo”, recuerda su familia.6 Era un hombre bajo y moreno, narizón, delgado, algo tímido, muy rico todavía pero bastante malo para los negocios, como lo habría de demostrar en la construcción de Las Hadas. Sus parientes y sus amigos lo llegaban a ver de todos los rincones del mundo, entre ellos también, en el verano de 1968, un banquero y viajero que conocía de sus años en Francia, el italiano Gian Franco Brignone, quien meses después habría de adquirir 12 kilómetros de costa y unas mil 400 hectáreas de selvas, manglares, acantilados y playas en Careyes. “Mi esposa era sobrina de Beatriz de Rivera, que estaba ya casada con Patiño”, explica Brignone. “Yo lo conocía de París, donde todo el tiempo me decía: Ven a ver, ven a ver… En México hay cosas muy interesantes”.7

Antenor Patiño, en efecto, era un polo de atracción en aquel punto de la costa del Pacífico. Fue por él, en parte, que llegó Brignone a México. Y por él también, en parte, que después llegaron otros personajes más, entre ellos Sir James Goldsmith, quien había estado casado con su hija María Isabel Patiño, con quien tuvo una bebita que habría de residir también, con los años, en la costa de Jalisco. Un poco por esa razón, Goldsmith empezó a frecuentar la costa de Jalisco, donde a mediados de los ochenta adquirió 800 hectáreas de litoral y nueve mil hectáreas de montaña en los alrededores de Cuixmala, al sur de Careyes. La historia del divorcio de Antenor con María Cristina —costoso, bochornoso, interminable— está así en el origen no sólo de Las Hadas, sino también de Careyes y Cuixmala.

Carlos Tello Díaz. Periodista. Es autor de La magia de Careyes.

1Entrevista con Luis de Rivera, Careyes, 2 de noviembre de 2005.
2Pierre Mayer, Droit International Privé, Editions Montchrestien, París, 1977, p.169.
3Telegrama de María Cristina de Borbón a Adolfo Ruiz Cortines, Davos, 3 de febrero de 1957 (Archivo General de la Nación, Galería 3, Caja 536, ARC 444.3/72).
4Telegrama de María Cristina de Borbón a Adolfo Ruiz Cortines, Davos, 3 de febrero de 1957 (Archivo General de la Nación, Galería 3, Caja 536, ARC 444.3/72).
5Time, 25 de enero de 1960.
6Entrevista con Luis de Rivera, Careyes, 2 de noviembre de 2005.
7Entrevista con Gian Franco Brignone, Careyes, 8 de noviembre de 2005.