Hay un periodista Guy de Maupassant. Ofrecemos esta, su fantástica viñeta sobre el secreto genealógico de los modales políticos.


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En nuestra sociedad democrática la expresión “clase dirigente” se ha convertido en un término de desprecio. Es un error. Pues precisamente por no ser en absoluto “clase dirigente”, nuestros gobernantes hacen política, a cuál más a cuál mejor, de atolondrados: tropiezan en Túnez, tropiezan en Berlín, tropiezan en Italia, hasta que regresan a París y tropiezan con la demagogia. No se puede ser un buen espadachín si no se practica esgrima desde niño. No se puede saber gobernar a los demás si no lo han educado a uno con la idea constante de que un día será llamado a tomar el poder. Se aprenden entonces, sin duda alguna, todas las mañas del oficio, todos los medios a la mano, hasta convertirse en un notable hombre práctico sin ser en absoluto un hombre de genio. Es gracias a esta educación secular que las clases dirigentes han conservado tanto tiempo la autoridad en Francia, a pesar de los horribles abusos de su administración; es gracias a dicho saber hereditario y sutil que la nobleza inglesa continúa siendo tan poderosa y que la monarquía subsiste en ese país. ¿A quién no le ha intrigado el fenómeno de que muchos reyes han reinado de forma suficiente, sin nada que los deshonre, a pesar de ser los seres más mediocres? Tal cosa fue posible al haber aprendido desde la cuna el arte de manejar a los pueblos, y así no perpetraban ninguna de las torpezas que desacreditan a un hombre con mucha más rapidez que las grandes tonterías de la política exterior.

Una pizca de esta ciencia práctica no les caería mal a nuestros grandes hombres modernos, a los mejores de entre nosotros, a los más astutos; y acerca de esto, el viaje del señor Gambetta a Normandía nos acaba de proporcionar un ejemplo contundente.

Todos los detalles del viaje me acaban de ser contados por un testigo presencial que justo acompañó también al modesto rey Louis-Philippe por una gira más o menos semejante. Resulta interesante comparar los diversos procedimientos políticos del príncipe y el eminente republicano en sus respectivos viajes.

El señor Gambetta, hombre sin lugar a dudas superior a Louis-Philippe, pero carente de esa educación gubernamental mamada con la primera leche llega, como conquistador audaz, y habla con la esperanza, según la admirable expresión de Michelet, de ganarse a las multitudes “con la sola virtud de un pico sonoro”. Habla con grandes palabras, repartiendo sentimientos generosos, generalidades entusiasmantes: “Patria, República, industria, progreso, democracia”, etcétera. Una asamblea de agentes comerciales lo hubiera llevado a hombros. Los normandos, por su parte, esperaban cifras, cosas precisas, términos técnicos. Guardaron una frialdad glacial. Al llegar a Quillebeuf, la aventura se volvió desternillante. Llevado por su improvisación, el ilustre licenciado, celebrando la canalización del Sena, proclama que, gracias a ese progreso, los pilotos dejarán de ser necesarios. Pero resulta que en Quillebeuf todo el mundo es piloto, es la patria del pilotaje. Es tanto como decirle a los administradores de la Compañía de Gas que, gracias a la luz eléctrica, el gas pronto será inútil. Ipso facto, una delegación se hace presente, con un mocetón de pecho amplio a la cabeza que se balancea sobre las piernas. Interrumpe de mala manera al orador anunciándole que él es piloto, ¡maestro piloto! Enseguida muestra al ejército que lo sigue, todos pilotos; y protesta en nombre del pilotaje desconocido. Súpito, el hábil abogado vuelve pronto en sí y exclama con entusiasmo que el pilotaje es el día más bello de su vida. ¡Pero el normando no es del Mediodía!

Cuando Louis-Philippe vino a Rouen, convocó de inmediato a todos los hombres especializados que podían prestarle información precisa sobre todas las industrias que iba a recorrer. De tal forma que en cada visita, sin frases grandilocuentes, preguntando siempre en tanto soberano deseoso de conocerlo todo, con habla circunspecta y sobria para probar que él ya sabía de qué se trataba, asombraba y encantaba a estos normandos serios y prácticos, gracias a la erudición espontánea que un cómplice le apuntaba a sus espaldas. Un ejemplo destaca por su fuerza entre todos los que podría citar. Louis-Philippe se entera que en Rouen vive un sabio de gran mérito, M. Pouchet, padre de Georges Pouchet, el eminente profesor actual del Museo de Historia Natural. En tan sólo dos horas, el rey conocía los trabajos, las obras, los descubrimientos, las luchas científicas de este hombre a tal punto que, desde el momento en que entró en el laboratorio del profesor, éste pudo creer que el soberano no había hecho otra cosa en su vida que ocuparse de historia natural y en particular de los estudios especiales de M. Pouchet. Aún se comenta en el país este viaje real. Louis-Philippe supo seducir sin caer en la charlatanería a pesar de ser, sin lugar a dudas, muy mediocre. Conoce su oficio de rey.

Por su parte, cuando el gran orador republicano abandonó Normandía, al comprender su fracaso, se dice que no pudo contener las palabras siguientes: “Yo soy un político; no entiendo nada de todos esos asuntos especiales”. ¿No debió haber actuado como si los conociera, al menos por cinco minutos?

Y es que no es sencillo este oficio de encantador, de conductor de pueblos. Hay que tomar con un tacto infinito las corrientes de ideas que lo rodean, hallar la palabra exacta, el cumplido necesario, no lastimar a nadie, ganarse a los desafectos, seducir siempre. Estos dones tan diversos tal vez sólo un hombre los tuvo de nacimiento y supo llevarlos hasta la perfección: Napoleón I (¡que el destino nos preserve, sin embargo, de sus semejantes!). Además de que, sin énfasis, sabía encontrar siempre la frase infaliblemente arrebatadora, también poseía un arte de interrogar tan implacable que era capaz de vaciar a un  hombre en unos cuantos minutos, sacándole todo lo que quería, todo lo que el otro sabía, con preguntas bruscas, inesperadas, singularmente precisas que desarticulaban la mala voluntad y quebraban las resistencias.

Para oponérsele se necesitaba una fuerza de espíritu casi sobrehumana. Era muy raro aquel que en su presencia no perdiera por completo toda entereza. Justo un normando tuvo la oportunidad de no deshacerse al hablar con él. La anécdota es casi desconocida. Se trataba de un prefecto de Rouen, espíritu independiente, cabal, audaz y burlón. Convocado a París junto con todos sus colegas para presentar sus respetos al rey de Roma que acababa de nacer, cuando le tocó su turno se aproximó a la cuna donde dormitaba el bebé augusto y, doblándose casi hasta el suelo, dijo las palabras siguientes en medio del silencio respetuoso del ejército de funcionarios que acababan de expresar sus parabienes a esa larva imperial: “Su Señoría, sólo tengo una cosa que desearle: que más tarde pueda usted ser tan sordo a los cumplidos interesados de sus aduladores, como lo es ahora al homenaje de mi profundo respeto”.

El emperador, que estaba presente, no dijo una palabra, pero no olvidó. Algún tiempo más tarde, encontrándose en Rouen, se dedicó de pronto a acribillar a su funcionario con esas preguntas directas, terribles, cuyo secreto poseía y a las que había que responder a como diera lugar. “¿Cuántas personas casadas hay en su departamento?”. El prefecto, impasible, dijo un número. “¿Cuál es la longitud total de sus caminos?”. El prefecto no dudó ni un instante. “¿Cuánta agua pasa al día bajo el puente de Rouen, señor prefecto?”. Y el otro dijo la cantidad de agua. Entonces, con esa voz irónica que equivalía casi a una sentencia de muerte, el emperador preguntó: “Ya que usted lo sabe todo, señor, ¿cuántas aves de paso hay por aquí?”.

El funcionario hizo una reverencia con todo el cuerpo mientras decía: “Una sola, Sire, ¡un águila!”.

Napoleón ya no le preguntó más.

No niego que ésos eran juegos de príncipe y cortesano. Pero sin duda, ¡Napoleón no hubiera olvidado jamás que Quillebeuf es la patria chica de los pilotos!

 

Le Gaulois, noviembre 1, 1881.


Guy Maupassant
. Escritor. Entre sus libros: Fuerte como la muerte, La belleza inútil y Pedro y Juan.
Tomado de Guy de Maupassant, Chroniques. Anthologie (selección, presentación y notas de Henri Mitterand), Le Livre de Poche (La Pochothèque), París, 2008.

Traducción de Alberto Román