De un día para otro el Estado y la sociedad descubren que la ruta del Balsas forma parte del corredor vital de la droga: el triángulo montañoso de Oaxaca, Guerrero y Puebla y las sierras de Guerrero y Michoacán siguen paso a paso la huella de Sinaloa. Apatzingán se convierte en un centro narco, de la mano de Uruapan. La ruptura es sinónimo de violencia: en 1989 hubo 340 asesinatos en el distrito de Apatzingán, 80 por ciento de ellos en la cabecera.
En los últimos tiempos han sido detenidas 300 personas por homicidio. La cultura del narco adquiere el camuflaje de las películas de Mario Almada: las camionetas Cheyenne rojas y negras queman las llantas en avenidas nocturnas al son de me fui pa California; los crímenes se amplifican en la nota roja de los diarios locales; jóvenes desconocidos apuestan 500 millones de pesos en una jugada de gallos; los movimientos en el negocio de bienes raíces se disparan a las nubes, los viejos ricos venden al triple sus residencias a campesinos que convierten en chiqueros los jardines. Y sobre todo, la presencia de la policí¬a: cualquier hora, igual en Tlapa que en Huetamo o Tepalcatepec, convoyes de camionetas polarizadas y sirenas abiertas recuerdan a los pueblerinos que los antinarcóticos están en guerra.
A Coalcomán, un pueblo fronterizo con Colima, a ocho horas de Morelia, bajan de cuando en cuando los muertos de la guerra en turno. Ahí se cuentan leyendas, como la del bandido Valentín Zamorano. Nunca lo agarró el gobierno de don Porfirio. Sólo podía ofrecer un pago en plata por su cabeza. A Valentín lo traicionó su lugarteniente, quien lo asesinó y le cortó la cabeza. Bajó con ella al pueblo. Al traidor no lo colgaron; en recompensa murió fusilado.
Después, en la cristera, el mismo gobierno bajaba sus muertos. Al enemigo lo dejaba colgado en la sierra. La gente en los pueblos hilaba leyendas. Como la de los muertos que han bajado últimamente. «Cayeron unos marihuaneros», «le pegaron duro al ejército», se comenta para empezar la historia. Y se raya en la epopeya en una tierra acostumbrada a guerrear con el gobierno.
La historia de esta mujer la contaron al reportero en versiones similares lo mismo en Aguililla que en Coalcomán. Un destacamento de soldados llegó hace unos cuatro años a una ranchería de San José de la Montaña. Eran seis o siete soldados que perseguían a un marihuanero. En el patio del ranchito estaban una mujer y un niño.
Los soldados no averiguaron que en la casa estaba la madre del marihuanero perseguido. Los militares torturaron a la mujer, la violaron y con las bayonetas le cortaron los pechos. También mataron al niño. En eso estaban cuando la madre apareció con un Cuerno de Chivo. Dicen que ella sola dio muerte a los siete soldados.
Días después el ejército volvió al lugar. Entonces ya no encontró a la mujer con el Cuerno de Chivo: topó con diez hombres con mayor potencia de tiro que los soldados. De Coalcomán bajaron los cadáveres de veinte hombres de tropa. «Es que allá en la sierra son tigres, y si los cucan…”, reflexionan.