El cine llegó al mundo en tren, específicamente a la estación de una ciudad, la Ciotat, y fue proyectado por primera vez en aquella antaño reconocida como la Ciudad Luz. Ante el destello proyectado sobre una pantalla se reproducía por primera vez la ilusión del movimiento y se conquistaba lo que después Burch describirá como el “gran sueño frankensteiniano del siglo XIX: la recreación de la vida, el triunfo simbólico sobre la muerte”. Con la danza de las sombras en una sala oscura y la posibilidad de atrapar lo fugaz de una acción o lo efímero de un gesto, nace uno de los mitos del siglo XX: el cinematógrafo, aquel que “escribe el movimiento”, anuncia una nueva forma de representación y narra sus vicisitudes. Desde entonces la ciudad se convierte en el espacio abierto a la configuración de la mirada, y el cine juega su papel de testigo reproduciendo una tras otra la relación entre las imágenes, como si tejiera junto a Ariadna el intricado material que ayudará a salir del laberinto, o a entrar en él.
Suscripción plus
Este artículo está disponible sólo para suscriptores
Si ya tienes una suscripción puedes iniciar sesión aquí.
Suscríbete
Suscripción plus
(impresa y digital)
1 año por $ 799 MXN
Entrega de la edición impresa*
Lectura de la versión impresa en línea
Acceso ilimitado al archivo
Contenidos especiales
*Para envíos internacionales aplica un cargo extra, la tarifa se actualizará al seleccionar la dirección de envío
Suscripción digital
1 año por $ 399 MXN
Lectura de la versión impresa en línea
Acceso ilimitado al archivo
Contenidos especiales
¿Eres suscriptor de la revista y aún no tienes tu nuevo registro?
Para obtenerlo, sólo tienes que validar tus datos o escribe a soporte@nexos.com.mx.