Entraba y salía de cualquiera de las cuatro botellas de cerveza puestas sobre la mesa donde se jugaba dominó, lo hacía con tal facilidad que hasta daba la impresión de ser una rojura estirada como un chicle o un mazacote. Luego venía la quietud, la inmersión definitiva en el líquido —era indistinta la preferencia de una u otra redomas—, y al cabo de hundirse a placer, aquella plasta corcova adquiría la forma de un diablo irrisorio, algo feérico, pensador, flexionado a modo, mismo que contaba con unos cuernos casi indefinidos y una cola de poco más de dos centímetros.
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