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Entraba y salía de cualquiera de las cuatro botellas de cerveza puestas sobre la mesa donde se jugaba dominó, lo hacía con tal facilidad que hasta daba la impresión de ser una rojura estirada como un chicle o un mazacote. Luego venía la quietud, la inmersión definitiva en el líquido —era indistinta la preferencia de una u otra redomas—, y al cabo de hundirse a placer, aquella plasta corcova adquiría la forma de un diablo irrisorio, algo feérico, pensador, flexionado a modo, mismo que contaba con unos cuernos casi indefinidos y una cola de poco más de dos centímetros. Ahora hablemos de su desaparición: la cual ocurría en tres segundos: un apagamiento, un desdibujo fugaz, una rojura sugestiva, broza. También viene a cuento señalar que de los cuatro jugadores consuetudinarios, sólo Moisés veía a ese diablo que no hacía nada fuera de lugar, pero asimismo cabe apuntar que al ver al personaje dentro de la botella o a la informe rojura fuera de ella, Moisés se hacía el disimulado, a sabiendas de que los demás no detectaban la anomalía y, bueno, a él le bastaba con hacer una mueca guasona, o ladear la cabeza, o echar un vistazo al suelo, para sentirse mejor: no ofuscado, no alelado. Otras fintas haría cuando la plasta intentara abarcar toda la cubierta de la mesa: lo rojo: ¡ya!: alarmante: ¿por cuánto tiempo? Es que eso sucedió en una ocasión: Moisés no pudo no verlo, entonces su disculpa: su ida al baño, la interrupción del juego. Es que esperaba que con ese rompimiento la plasta se redujera y terminara por meterse… ¡a ver en dónde! Su deseo se cumplió. Fue un escamoteo apenas ígneo en el aire. Pero veamos la distorsión: cierta vez el diablo, haciéndose aún más pequeño, empezó a deambular sobre las fichas de dominó. Se sentó en una de ellas: a gusto; la postura clásica de pensador: ¡hela! ¿Por qué el cambio? Era obvio que el diablo quería desconcertar al mirón ducho, sin embargo, no lo consiguió. Dicho jugador tuvo una obstinación: se aferró a su mudez y a mirar la escena compacta de su juego, sus fichas. Gran disciplina ante aquella envestida nunca vista. Rojura de otro modo. Así lo reñido (como tema) e intenso a fuerzas. Acto seguido: el regocijo del diablo: brincos acompasados mientras dos manos revolvían las fichas. Tal atareo. A saber cuál era la razón por la que no se metía en el lugar de siempre. De todos modos continuaba la invisibilidad circundante, pero… Esa vez Moisés perdió todos los juegos. Jugó tan mal que hasta sus contrincantes le dijeron que por qué diablos se había equivocado tanto. Él sólo pudo decir en el típico tono de alguien que se encoge: He tenido un mal día después de muchos buenos. No soy infalible. Lo que siguió fue el pago de la cuenta a cargo de ese perdedor que casi nunca antes… Y la suma: dos mil pesos: ¡demasiado! Primera vez que sucumbía de esa manera. A continuación sobrevino la retirada de los cuatro amigos a sus recintos cercanos, más llanos que humildes. El de Moisés quedaba a dos cuadras. En fin, situemos al susodicho acostado en su cama. Ñoña reflexión: ¿por qué la presencia brincadora del diablo en medio de las fichas? La almohada: ¡¿consejera?! Lo problemático en acción. El diablo retaba. El diablo sonreía. Esas primeras veces.

Esperaba el tipejo que al poner cara de vergüenza, alguno de aquel trío le palmeara la espalda. No fue así. Queden, entonces, como referencia los gestos irritados, inalterables, debido a que cuando lo tuvieron de compañero de juego nadie pudo ganar un solo punto y ¡qué derrota tan maciza! Ahora la referencia: desde hacía unas seis semanas los cuatro amigos se habían puesto de acuerdo para reunirse de lunes a viernes en esa cantina que olía a mostaza y a otras especias similares. Olor fuerte, no repugnante. La causa: casi todos los platillos que allí preparaban tenían dicho embarre agrio. Asunto al margen: la trola sabrosura… bueno, al respecto hay poco que decir: los cocineros debían ser demasiado ineptos porque rara vez alguien pedía de comer y si la cantina de cuando en cuando se llenaba era por la enorme variedad de tragos que allí vendían. Sin embargo, el olor… ese aspecto… Y lo curioso: los cuatro amigos sólo bebían cerveza. Tal vez la razón general consistía en que si tomaban otros alcoholes, lo más seguro era que se emborracharan a las primeras de cambio, lo que repercutía en dos riesgos obvios: la pérdida en los juegos y la pérdida de dinero.

Así las cervezas, la tranquilidad, tanto como la intriga concentrada de ellos a la par que lo ameno de sus frases, frases abstrusas (pero chistosas) dichas con cierta carga de marrullería. Y en cuanto a las ausencias: vamos rápido a lo más fácil, o sea: nomás pongámosle esta cifra también fácil: una noche por persona cada mes (más o menos), aunque quien se ausentara tenía la obligación de dar el aviso a tiempo, por lo que… ¿sorpresas?… ¡nunca!, entonces cuando ocurría lo que se dijo, ni de chiste alguno de ellos iba a la cantina olorosa. Es que odiaban perder el tiempo al estar inanes mirando inanidades, o como en la guala, sin más. De hecho, mejor regresemos a la reflexión que tuvo Moisés durante aquella noche horrible, cuando nomás no pudo dormir como se debe, pese a estar cómodamente acostado en su cama de soltero. He aquí su impostura de inicio, tenía que ser algo muy rotundo para luego darle ilación a toda una estrategia: Mañana no iré, me enfermaré adrede. Sea, pues, el no aviso. No telefonearle a ninguno. Sí, sí (je), ¡jodérselos! E imaginó una historia consecuente: los tres amigos, desconcertados, vendrían a visitarlo de inmediato —¿qué le pasó a Moisés?, ¿se enfermó?— a su recinto apretadísimo. Lo que sí que el supuestamente enfermo se iría al cine esa vez y: de resultas: un mayor desconcierto para el trío de visitantes. Y ya van que van las rastras del azar: otra visita al día siguiente y otra pasado mañana y otra y otra y otra, hasta encontrar a Moisés, mientras tanto él cumpliendo con su plan cotidiano: sus idas al cine, a las funciones nocturnas, durante todos los días de esa semana y no contestar el teléfono si sonaba.

En efecto, no sonó el aparato. Tampoco hubo visitas cucas por las mañanas o por las tardes durante un lapso de siete días. A saber si por las noches… Se aclara que Moisés sólo fue tres veces al cine. Después se metió a los Vips y a los Sanborns a cafetear. Si nos aproximamos con tiento a la principal razón de su ausencia para hacer lo mismo que hacía, casi como robot, pues tenemos que conjeturar que no le gustó perder en el dominó y supuso que mientras el diablo diminuto no se metiera en el líquido de alguna de las botellas de cerveza, él seguiría perdiendo: gacha novedad, quizá más gacha de ahí en delante.

Pero pasaron los días y el tal señor no aguantó permanecer demasiado tiempo sin jugar. De modo que su regreso a la cantina fue medio cínico, bajo el pretexto de haber ido a una playa a bien de asolearse más de la cuenta. ¡Pendejo! Ni venía tostado. Zote error. Sin embargo, quedó el antecedente como sello: el no aviso (subrayémoslo) no podía ser más que una dolorosa descortesía, y lo más ingrato (en contraposición) era que ya había otro jugador sustituto; uno que prometió no ausentarse jamás; uno que ciertamente no era ni muy hábil ni muy suertudo, pero sí vicioso. Lo establecido por los cuatro jugadores un par de días antes fue que no se permitiría que hubiera algún retador. Eso como freno, también como prevención a causa del posible regreso de Moisés, y de darse como se dio esa vez, pues debían cambiar las reglas, sólo que a partir del día siguiente. Consecuencia: por fin un espectador, un ente al que castigaban por haberse ¿ido a la playa?, ¿a poco?, siendo que el castigo también abarcaba la posibilidad de que al pedir perdón de manera automática pudiera jugar tantito. No una ronda, sino… ¿cómo decir?… una partida de sólo cien puntos, ese favor huero, nada más para quitarse el ansia… Pues ni eso, y lo asentado en definitiva: ¡ESPECTADOR Y YA!, con los consabidos lastres del desprecio. Nadie quiso preguntarle nada. Lo ningunearon como si se tratara de un muerto sentado bien a bien: oh: cuyas carnes se descomponen pero no apestan, y Moisés —sin saber cómo (tal vez) lo veían— resistió con entereza esa política momentánea que de algún modo le sugería un no saberse derrotado, porque la consigna para sí fue “no moverse”, “no hacer berrinche”, “no lanzar ni por error una frase ofensiva recubierta de ironía”. Puro estoicismo intachable, aunque con un componente: la prudencia de un cerveceo omiso, delicioso. Cerveceo en el que el diablo no apareció. Ni la plasta roja afuera: insinuada. Ni el brincoteo como disfavor. Ni la inmersión gloriosa. Es que —¡claro!— Moisés no estaba jugando.

Pero la vuelta a la normalidad… “mañana mismo”, ¡ea!, sólo que no completa. No, porque entraría como retador. De ahí en adelante eso, ese empiezo. Siempre. Se lo dijeron al final de la sesión. Acuerdo. Y también le espetaron cosas como estas:
—Es increíble que seas tan mal perdedor.
—No es cierto que te fuiste a la playa, más bien te enojaste porque perdiste.
—Y cuidado con que pongas jeta si vuelves a perder, porque entonces no tiene caso que vengas a jugar.
Amenaza… de enemigos ¿ya? La solución: saber perder, saber ganar. Ay, tal filosofía conspicua derivada en cambio airoso. Nuevo horizonte. Empaque más y más resistente. Ser arquetipo que aporta. Esas cosas. A fin de cuentas todos ellos estaban sobrados. El gobierno, harto benévolo y comprensivo, los mantenía. Conquistadores de jubilación: chanza vitalicia tal vez un poco fomentadora de tristezas. Pero así era el encuadre de los premios al esfuerzo sin desmayo, ¿eh? Y en cuanto a Moisés: a él ninguna mujer lo quiso nunca, solterón: sí: con dignidad; en tal sentido falta saber si esa carencia tuvo a la larga alguna recompensa, ¿para qué saberlo? Mejor así hay que dejarlo todo.

Saberse retador habitual… No debía importarle. Aunque… Sí le importó finalmente, porque estaba perdiendo a diario, lo cual tenía esta traducción: mirón al principio y al final. ¿Juegos?: apenas dos o tres malogrados y el desplazamiento: o sea: mirar, mirar las peripecias de la suerte repartida entre ellos. Además se puntualiza algo todavía más chocante: como ahora existía la novedad consistente (e invariable) en sumar cinco jugadores, dos quedaban fuera después de que el par ganador completaba o rebasaba la cifra de cien puntos; así que aún quedaba la opción de los volados (¿águila o sol?) y Moisés los perdió de cinco veces cuatro, ¡créanlo! Desatino. Mala elección. De modo que el pago a fin de cuentas le tuvo que corresponder a quien no tenía la costumbre del desembolso… Entonces ¡él!, ¡él!, ¡él!… De lunes a jueves —pigres fechas de agosto—, excepto el viernes: lo irremediable, por acuerdo categórico tenido entre ésos. Ya era demasiado el problema que de seguro el diablo le hubo encajado ex profeso a Moisés. Es que no aparecía la transfiguración de nada, mínimo siquiera como un punto rojo, móvil, travieso, dentro de alguna de las botellas de cerveza. ¿Y cómo hacerle para que el monito viniera y de inmediato el azar le fuera favorable? Situación para pensarla con detenimiento. Consulta con la almohada, ¿qué suponer? Horas de sondeo en probabilidades que a lo mejor al redondearse a poco se diluyeran… Hacia la medianoche Moisés decidió no volver a jugar por un buen tiempo. Dígase quince días, o tres semanas, o un mes. No mucho, desde luego, si se aprecia con cálculo jovial. Pero eso sí, a diario debía comprar por lo menos dos botellas de cerveza a bien de afrontar con alegría aquello que amagaba con ser todo un resurgimiento…
Y no… Nomás no resultó.
¿Por qué?
Era preferible convencerse de que el azar era una mole gigantesca que se había resquebrajado, ¿o no?
O sería que el diablo ya no tenía el antojo de aparecer como una plasta diminuta, casi frívola y muy sin querer… Vale asentar eso de una vez por todas.
Sin embargo, después de pensar en lo referente al juego de muy distintas maneras, Moisés tomó la decisión de desviar sus miras hacia otra suerte de ocio. Ahora se le antojaba buscar la intriga en las calles, pasear, matar el tiempo lentamente poniendo buena cara. Entradas y salidas de algo que acaso fuera imprevisto e inverosímil. ¡Vaya! Una botella del tamaño de la ciudad, o algo así.

Digamos que al fulano le dio por entrar a otras cantinas en donde se jugaba dominó o póker o cubilete. Su observación, nada más, distante y crítica. Luego hasta veía tres películas norteamericanas (de esas bien ruidosas) por día, con bolsas chonchas de palomitas, como auxilio. Le daba igual lo abstruso que lo baladí, siempre y cuando tuviera buen ritmo. Incluso enloquecía de placer cuando a sus anchas se despachaba una película de caricaturas, rodeado, por supuesto, de papás y mamás con sus hijitos. También iba al teatro. Le gustaban las afectaciones actorales porque les encontraba un chingo de significados. Asimismo, cenaba como un rey, de preferencia en restaurantes exóticos: aquello era una forma de hundirse sabrosamente en soliloquios que lo empujaban al juego, y de resultas al cerveceo ¡ni modo!; y salía extasiado después de la tragazón y acudía a las cantinas como autómata, pero ¿jugar? Alguna vez se dijo a sí mismo: Si juego es para ganar, no para divertirme. La diversión tenía que ser más superflua, de hecho, más espontánea e inmediata que cualquier actividad extenuante a medias, lo mínimo debía ser lene y no lueñe. La cosa es que si optaba por lo de siempre, tenía que considerar la presencia del diablo y ¿si no aparecía? Al tiempo de hacer esa y otras asociaciones al chaschás, Moisés concluyó que tenía la obligación de beber cerveza a diario y por las noches, como si se tratara de un acto religioso, ya que era el procedimiento más correcto de atracción —llámese subjetiva o crasa— de persuadir al diablo para que alguna vez se dignaba aparecer con delicadeza, y, bueno, que fuera tan fugaz como encogida su aparición, algo ñuta pues, dentro del líquido; que la espuma lo alborotara, que sonriera, que le dijera sólo una palabra brutal al consumidor, una importante. Pero Moisés bebía y bebía y no. Tal vez mañana… Ah, la esperanza… Y nada y ni para qué. Total que sobrevino esta conclusión: definitivamente el diablo se había ido a su infierno, a su gozo eterno, a su legendario éxtasis. Entonces ¿llamarle… desde acá arriba… susurrarle algo, letra por letra? Burdo atrevimiento. Hosco sinsentido. Eso después… ¿verdad?

Otro modo de matar el tiempo era ir a los supermercados a observar las botellas alineadas en los refrigeradores de los Oxxo o de los Superama o de los Wall-Mart. Brega, a fin de cuentas, la observación pasmarota. Deseo de ver aparecer al diablo en medio del frío artificial. Diablo resfriado, con mandíbula muy batiente, pero contento. Y ni ese antojo zumbante se cumplía, pese a que varias veces se dio esa viveza, esa expectativa minutera: estaba Moisés incólume: estatua que en dos ocasiones movió apenas una ceja y sólo en una parpadeó… y mal.

Incomodidad.
Poco después la desconexión.
Diez minutos, cuando mucho, de alelamiento.
El cansancio, sin embargo, no tardó en presentarse como una impostura casi hecha materia. Cierta vez, acostado en su cama, el ex tahúr dedujo que la presencia del diablo había sido temporal. Un capricho. Un supuesto. Un afán o un revolteo de inseguridad. Si de verdad quería desembarazarse de aquel síntoma inexplicable, debía concluir que visiones como ésas son y serán harto comunes, más aún cuando se observa con detenimiento algo que se enciende sin definirse del todo. Pareciera que un color coqueteara para derretirse al cabo… Más o menos… Podría ser la figura de un animal, de un insecto o de una masa que amaga con adquirir la proporción de un contorno reconocible, pero que no puede o no quiere ser algo real y absoluto. Lo más raro fue que, en el caso de Moisés, aquello insidió como un favor metafísico. Sólo que el favor ya no se repetiría, ¿o sí? ¡Bah!, a la suerte hay que hostigarla, porque si no se esfuma. El reto: una burla guarra. Así que en caliente el señor optó por volver a la cantina clásica, la del olor a mostaza, con los que dizque amigos leales, o sea: a lo afectivo recurrente. Vuelta honrosa. A Moisés ya no debía importarle si el diablo aparecía justo como antes, o ya no, ni de rebote, ni como plasta siquiera ¡pues! Incluso se convenció de que aquel fenómeno no era otra cosa más que una impresión bien burra y que en cuanto a su suerte subidora, bueno, bueno, vamos con calma, ésa más bien fue a causa de su gran habilidad para el juego, por lo cual ¿para qué darle vueltas? De suyo, si perdió como perdió fue porque él mismo tuvo la desventura de atraer la mala suerte, por perfilar sus derrotas de antemano. La suerte, pensó al vuelo, es un espectro al que cualquier persona sensata debe ignorar por entero, aunque ¿lo sensato?, ¿sus límites?, ¿su expansión?, a ver… Al parecer lo que se calcula siempre es erróneo… EN FIN… Veamos la caminata de Moisés rumbo al lugar chulo, sí que sí. Ahora con la mira del triunfo a toda costa. Su treta: el despojo de ilusiones tontas. Su prestancia: ¡pote toda! Así que entró al lugar de marras, liberado de… ¿en serio? Y… Sus amigos no estaban. Había otros sesentones, cincuentones y cuarentones jugando dominó, pero ningún conocido. Más bien, por completo, pura novedad. La cantina ya no olía a mostaza sino a vil cilantro. Los decorados eran otros: más elegantes, más blancos candes, con jaspes, profusión de mármoles; también las mesas y las sillas ganaron refinamiento, parecían de caoba, pero no. Todos los meseros traían corbata de moñito, sólo uno traía una vitola enrarecida; no obstante, todos lucían el pelo peinado hacia atrás, como de expertos en amabilidad, y aprovechando, con titubeo Moisés preguntó tras soltar los nombres y los apellidos de… ¡Puf!… Ni los conocían. No, no y ¡no!, por más que se expandió la indagación. O sea que en cosa de tres semanas hubo un renuevo de cabo a rabo. De todos modos, Moisés se sentó por ahí, en una silla bastante corriente, colocada en un recodo apenas agradable, y pidió una cerveza, misma que agarró por el cuello con su mano derecha. Ninguna mesa para él. Sí, se jugaba dominó, pero por lo visto en ningún caso había retadoras. ¿Qué habría pasado con aquellos amigos, compañeros de jubilación? Veleidades. Coyuntura. Cierre de algo. Las transformaciones habidas en concordancia con un bloqueo colectivo. Época compacta con fea —¿o bella?— teñidura. Moisés conocía el domicilio de cada cual. El de un tal Efraín era el más cercano… Ir… Durante buen tiempo ese fulano fue el más perdedor, ergo: el más pagador, lo bueno ocurrió hasta el final (hacía tres semanas), cuando estuvo ganando ¡de calle!… Buscarlo… Al otro día ¿a qué horas? En la noche… Pues ya instalémonos en esa noche y oigamos el timbrazo de Moisés apretando el botón negro del departamento correspondiente y también oigamos la voz atiplada de Efraín por el interfón:
—¿Quién es?
Y así la conversación por cables.
—Soy Moisés, ¿te acuerdas?
—¡Claro!, ¿cómo estás?… ¡Qué sorpresa!
¿Para qué seguirle? A nadie extrañe que esos amigos se quedaran hablando durante diez minutos y pico a través de ese aparato tan necesario en un edificio cualquiera.
Lo que cabe puntualizar aquí es que Efraín no tenía ganas de conversar con Moisés. Lo que hicieron fue citarse en un Vips, conocido por ambos, pero a las veinte horas del día siguiente. ¡Entiéndase, pues!: para nada ninguno cometió el error de mencionar la cantina antaño olorosa a mostaza.

Prudencia abajo y arriba. Hay que considerar que las voces de ellos no se oían uniformes. El interfón era antiguo. A saber por qué en ese momento Efraín había mandado al carajo al visitante.

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Más prudencia cuando los amigos se encontraron en el Vips. Otro acercamiento: más la asechanza que la confianza… y la chanza como remate de, bueno, después de sentarse en un gabinete, ambos le pidieron a una equis mesera nalgona dos tazas de café americano y dos donas glaseadas con rayas de coco: lo inofensivo y como que muy bobo, por decir: sin cervezas, sin dominó, sin, uh, con tranquilidad el habla: por fin: luego de mirarse con urbanismo durante buen rato. La información que soltó Efraín fue lenta, acaso dizque armoniosa como ese lugar de colores ñeques. Hubo violencia en la cantina, pero el decidor trató de suavizar toda la bola de insultos que aquellos cuatro infaustos lanzaron en un momento dado. Hubo escupitajos. Por cierto que el nuevo jugador resultó un energúmeno, él fue el culpable del zipizape que se armó. Ya unos minutos antes estaba caldeado el juego y quién sabe por qué a todos les cambió repentinamente el ánimo. ¿Algo extraño exterior llegaba?, ¿qué fuerza desconocida pudo influir a la barata? Aquello se desató como nunca: ¿por qué? Hubo dos patadas voladoras que no alcanzaron su objetivo. También chingadazos fracasados de principio a fin: puro abanicar el aire. Y la resulta fue que ya no hubo un buen balance.

Total que lo del dominó quedó recargado en un colmo de nulidad irresoluble, porque jugarlo de nuevo ¿para qué? La conversación en el Vips quería encontrar cimientos, pero… tras la ruptura… Ningún acuerdo… Ninguna posible empatía postrera. Desde hacía una semana que nadie acudía adonde tal vez de modo indirecto se arreglara lo que —gracias a Dios— no pasó a mayores. Ergo: la comprobación de Moisés: nadie allá: ruda evidencia, siendo entonces que asomó una figuración nebulosa… En la mente de ambos procurantes platicadores dormía la idea de una posibilidad negativa elaborada por el diablo. ¿Sí? El diablo andaba suelto. ¿Eh? Pero ni Efraín ni Moisés se atrevieron a revelar nada al respecto. Un secreto espantoso (e inconfesable) ya se moldeaba a capricho. No obstante, lo que se dijo en la parte final de la conversación (chapurradamente tersa) fue esto:
—No sé si volvamos a juntarnos los mismos para jugar dominó.
—La verdad, por lo que me has dicho, la veo muy difícil.
—No entiendo por qué pasó lo que pasó… Tan bien que nos llevábamos.
—¡Sepa!

Pero del diablo nada… la mohína noción… Y así el regodeo alcanzando cifra, hasta que Efraín consolidó a poco una propuesta.
—¿Qué tal si regresamos tú y yo a la cantina?, ¿no te gustaría volver a jugar?
—Bueno, tú sabes que para el dominó necesitamos a otros dos jugadores.
—Podemos proponernos como retadora.
—Es que también el juego es cosa de amigos.
—Pero pues vamos a ver qué pasa, si no nos resulta pues ya ¡ni modo!
—Eres optimista.
—Yo creo que hay que intentarlo. A lo mejor todo sale bien.
—¿Y cuándo vamos?
—Mañana, a las ocho.
—Está bien.

Mañana… La añadidura… Una necedad más por temor a no apartarse de lo pasado. Insistir en lo tenido como apogeo tras prefigurar que sería tan normal como fue durante poco más de siete meses. Otra siembra de subjetividades a bien de conseguir el mismo fruto. Entonces lo dicho: a las ocho del día siguiente se encontraron Efraín y Moisés en la cantina.

Muy sueltos los ruidos allí, muy incitadores. Aquello estaba atestado. Siquiera una mesa vacía, una silla… Éxito contra ellos dos. Tanto reparto de proezas y desventuras en el no tan amplio ambiente ahumado y cómico. Enseguida el acuerdo: cuéntese el peregrinaje en circulación —la retadora palurda— de estos ilusos. Basta una palabra reiterada para dilucidar lo consecuente: rechazo, rechazo, rechazo, rechazo: como garantía de indiferencia y como flojedad de tramar lo que no, lo que se volvería un runrún predecible entre los jugadores… Hay una retadora que quiere jugar, pero mejor ahí muere… Por ahí tal frase dicha de diez maneras parecidas.

Ante tal evidencia el sinsabor de esos dos, ésos que arrinconados estaban a punto de darse por vencidos. Aunque el empuje aún… El cabal vencimiento significaba irse a sus domicilios: y: mínimo el magma de ligereza positiva, por orgullo, por calidad de señores reteseguros. Pero la verdad sucedió, caray, como un despropósito, pero también como un recomienzo, sucedió.

Los que habían sido amigos durante un buen rato tenían que romper lo que jamás había llegado a ser un pacto. Efraín y Moisés se conocieron tiempo ha, sólo que hay que enfatizar lo de la temporada del dominó. Podría existir alguna peripecia futura, que el destino volviera a juntarlos bajo otro estilo de relación. Amigos ¿para siempre? Es peliagudo sellar la palabra “siempre”, ya que lo relativo cunde y trunca (a modo de desperfil). Quizá se vieran después, platicaran, llegaran a acuerdos de mediana utilidad, pero al despedirse ambos intuyeron que no se volverían a ver. Aunque es preferible dejar todo esto a expensas de las circunstancias… Al llegar a su humilde recinto, Moisés no quiso poner en orden ni sus ideas ni sus deseos, pero era inevitable que una sospecha lo asaltara. Al cabo de despatarrarse en su cama, vio a tres metros de distancia una botella de cerveza que no estaba destapada. Colocada sobre una repisa, la redoma parecía bambolearse de quedo. Cual si fuera una chanza una plasta rojiza se introdujo en el líquido para que muy remiso adquiriera la forma de un diablo diminuto: ¡el mismo!: hecho y derecho. Ya con requiebros y ademanes y además con su pequeña sonrisa. ¡ERA! Había venido a molestar. Advertido, pues, el arribo tardío: cuando no hacía falta. Ya se puede adivinar la reacción de Moisés…
Coraje. Decurso implacable. Puños que se aprietan al máximo.

Decisión.
¿O cuál sentido concluyente?
Lo que hizo con bravura el susodicho fue destapar la botella a fin de que la espuma saliera desaforada. Se vació la mitad del contenido y el diablo aún allí, con su encogimiento mañoso. Entonces explotó la frase tajante: ¡Te voy a beber hasta la última gota para que nunca me vuelvas a molestar! Y enseguida: ¡Mira lo que has provocado!, ¡maldito! De un solo trago Moisés se despachó la cerveza hasta las últimas heces no sin sospechar que todavía quedaba algún poso de sustancia, una burbuja minúscula —ay—, por lo que ¿romper el casco? ¡En la calle!, por ende: salir, ya que no arrojaría aquello desde una de las dos ventanas que daban a… o sea… escaleras abajo ¡pronto!, ¡acción! Por fortuna la calle se hallaba bien solitaria como para efectuar lo previsto sin problemas. Por lo cual: todo afuera. Con ira el arrojo sobre la banqueta: y: la raja de ruido vidriado: tupa hartura concéntrica, más la duda como lastre: de una vez pisar los añicos para eliminar cualquier vestigio diabólico. Lo hizo. Gran aplaste, tanto que tuvo que jalar aire por la boca de tanto pisar y pisar. Se dio entonces el abandono del desastre concreto. Que la gente de la basura recogiera lo debido: mañana, al amanecer. Así una creencia endurecida: el diablo ya no, sino lo venidero: lo que no se prevé, lo que no desespera…
Moisés mirón.
Moisés afable.
Moisés sin prisas.
Moisés santo.
¿O no?
Otro vicio el cine: ¡chispa! A partir de mañana todos los días ir.
Otra tentativa: ¡el Vips! A partir de mañana todos los días cafetear.
O quizá esperar a que ocurriera algo insólito.
¿O no?
¿O cómo?
¿O qué?

Daniel Sada. Escritor. Su más reciente libro es Casi nunca.