Supongo que lo primero que me tomó por sorpresa fue un olor. Un olor y un tacto. Tuvo que haberme sorprendido, porque mi recuerdo más antiguo es un olor: el olor a mamá. Ésa fue mi primera narración sobre el mundo. Durante mucho tiempo ese olor me acompañó. Literalmente me contenía. Era mi universo inflable, un mundo en miniatura hecho de pura sensación, olor-tacto donde yo podía refugiarme. Luego, ese espacio se abrió y algo comenzó a explicarme desde afuera. Fue una voz. La voz de mi madre. Mi madre hablaba y hablaba, nada la podía parar. Me explicaba quiénes eran esas personas que mis ojos iban juntando por la calle. Inventaba. Se especializaba en hacer de los otros personas fascinantes: individuos distintos y a la vez idénticos a sí mismos, porque era una excelente imitadora. Tenía sentido del humor. También una visión del mundo terrorífica. Todo en las vidas de los otros era potencialmente una desgracia. Nadie tenía un final feliz. Cualquier problema era susceptible de empeorar. Y no había quien no los tuviera. Problemas irresolubles, espantosos. Ésa fue mi primera lección sobre literatura.
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