Enfermarse a los 20 años puede ser romántico, después
de los 60, no tanto. Cuando se es joven enfrentarse a una afección puede ser incluso
una aventura, una excusa para
provocar ciertos efectos en los demás con la certeza de que el horizonte de la vida está lejano.
Pero después de cierta edad se convierte en una verdadera amenaza, un aviso contundente de que la muerte existe.
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