Ratificación de fidelidad a sí mismo, permanencia de una voz novelística única en nuestras letras, inagotable aliento narrativo sostenido por más de medio siglo. En {La voluntad y la fortuna} Carlos Fuentes recrea una vez más ese gran personaje de todos
sus libros de ficción: el lenguaje. Con irrefrenable impulso, su manejo poderoso de la prosa pone en juego
un excepcional mecanismo de escritura sostenida por más de medio millar de páginas de aliento artístico,
coherencia estilística, ambición estética, fabulación
continuada. El lenguaje es así uno de los grandes personajes de Fuentes, y como lectores presenciamos el estimulante espectáculo de su constante ignición, de su hipnótica reinvención permanente.

El novelista renueva también su visión del país y la despliega transformada
en literatura para contrastarla
con nuestra experiencia de la realidad. Novela con referencias a entornos y ambientes múltiples, con variedad de rangos y registros: discursos filosóficos, metafísicos, históricos, políticos, el discurso del poder y de la empresa. Novela de una realidad con muchas capas o de un país con muchas realidades simultáneas, cruzadas transversalmente
una y otra vez por esta prosa de mantenida temperatura emocional
e intensa potencia vital: de la narración realista a la escatología prehispánica, de la circunstancia social al éxtasis sexual, de la maniobra
política al delirio del poder, de la locura a la alucinación mística.

Con esta gran fábula simbólica del México de hoy en su grandilocuencia operística, su representación en gran guiñol de la vida nacional, la pervivencia de mitos
prehispánicos como vía explicativa de realidades contemporáneas, Fuentes sigue retándonos a ahondar en su inagotable verdad novelística sobre México —su pueblo, sus políticos, sus empresarios, su salvaje violencia—,
no para refutarla o aceptarla en términos ideológicos o políticos, sino para entenderla a partir del arte de la novela y su modo de decir lo que la historia o la sociología no alcanzan. “Tomamos la retórica por realidad. Decimos palabras que se burlan de la realidad. Al final, la realidad se burla de las palabras”, recuerda la decapitada {talking head} de Josué Nadal desde una playa de Guerrero en el violento Pacífico mexicano.

La voz piroclástica de Ixca Cienfuegos cubre como
nube calcinante la región más transparente de la urbe en proceso de modernización-destrucción. El murmullo de la historia de Felipe Montero se escucha todavía cual {Aura} flotando por los rincones de la calle de Donceles. Artemio Cruz narra desde su lecho de agonía la violencia posrevolucionaria que lo encumbró y enriqueció durante la forja de un régimen autoritario.
Un rumor telúrico a varias voces —Felipe II, La Celestina y el Señor, el Peregrino y el Cronista, Julián y el narrador omnipresente—, recuenta la génesis y el desarrollo de la {Terra Nostra} con “el lenguaje como epifanía y fundación”. El feto conversador de Cristóbal Nonato relata en nueve meses de gestación la apocalíptica
premonición de un país al cual siempre le va mal y donde no hay tiempo para la felicidad…

Estas memorables voces narrativas de las novelas de Fuentes resuenan perennes y simultáneas en el imaginario
literario, y a ellas se agrega ahora esta cabeza parlante de Josué Nadal en los segundos eternos, fantasmagóricos,
monstruosos entre su decapitación y su muerte. Una pura memoria narrativa, tajada testa conversadora
en recuento de la saga familiar y la violencia anunciada, del aprendizaje del poder, la política y el dinero. Novela de iniciación, aprendizaje y muerte.

En {La voluntad y la fortuna} México ya no tiene un Estado posrevolucionario, ogro filantrópico asesino y perdonavidas, mecenas benefactor y corrupto enriquecedor
de empresarios. Ahora pervive un Estado mínimo y dominado en lo económico por gigantescos corporativos
de las telecomunicaciones, los medios masivos o la construcción, y sometido a la voluntad de magnates poderosos capaces de extremar una crisis bursátil y financiera hasta la ingobernabilidad. En lo político, la partidocracia y la mediocracia impunes se disputan al Estado. En lo social rigen la violencia, la inmovilidad, el miedo, el crimen organizado, el narcotráfico, el temor
conservador a la revuelta social anunciada.

Los personajes de {La voluntad y la fortuna} son también emblemáticos arquetipos fuentesianos presentes en el inconsciente colectivo, imágenes, esquemas congénitos con valor simbólico capturados con técnicas narrativas extraordinarias para explorar la naturaleza de la huidiza identidad de los mexicanos de esta tardomodernidad.

Max Monroy, el magnate poderoso de las telecomunicaciones,
capaz de imponerse al mismo presidente Pedro Valentín Carrera en razón de los favores que el sistema político le debe. El abogado Antonio Sanginés, hábil traficante de influencias, eminencia gris tras el poder político y empresarial. El jesuita disidente, filósofo
y educador Filopáter, condenado a terminar sus días como escribidor en el Portal de Santo Domingo. La simbólica Lucha Zapata, lumpen con nombre de consigna,
personaje repentino y efímero, acaso el menos redondeado. Nazario Esparza, el semejante de Artemio Cruz; su hijo Errol, homosexual rockero. Sara Pérez, la prostituta de la abeja tatuada convertida en la nueva señora Esparza mediante la trama criminal de la banda encabezada por Maxi Batalla, el mariachi delincuencial retratado por Fuentes en su libro anterior ({Todas las familias felices}, 2006) donde muestra cómo el gozo asemeja a todos y el sufrimiento singulariza

Destaca Miguel Aparecido, el rostro amargo del México
violento, del resentimiento y el crimen, de la mafia imperante en los infiernos carcelarios como esta Penitenciaría
de San Juan de Aragón donde son sacrificados infantes sin futuro. Emergen también Asunta Jordán, la oportunista leal, sufridora y ¿enamorada?, y la Antigua Concepción, voz de ultratumba guiando a su hijo Max en el trayecto del éxito, el sometimiento, la dominación.

En medio de esta galería espesa y plástica se mueven los gemelos míticos Cástor y Pólux trastocados en Caín y Abel, emparentados por la sangre compartida y derramada.
Son Josué y Jericó, unidos en fraternal orfandad durante la iniciación, el aprendizaje y el crecimiento. Encarnación de la amistad por siempre y a la vez marcada
por destinos opuestos, predestinada a los celos, la traición, el crimen, la tragedia, el drama impulsado por los desencuentros de la voluntad y la fortuna.

Hace 40 años leí por primera vez a Carlos Fuentes y desde entonces cada una de sus novelas ha entrañado un reto. Primero como lector, actividad que demanda talento, compromiso y pasión. Después como crítico: cada nota que he escrito sobre la obra de este artista mayor ha tenido la intención de capturar y reflejar con honestidad la aventura vital de confrontar su verdad novelística. Acaso esta voluntad crítica haya tenido la fortuna de lograrse alguna vez. Con todo, leer a Carlos Fuentes sigue siendo una experiencia literaria, estética y artística enriquecedora e intensa. Por ello, en el múltiple y continuado homenaje nacional al escritor
por sus 80 años, celebrémoslo con el mejor de los reconocimientos posibles: leyéndolo. n