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Me piden un breve apunte de mi experiencia personal con Carlos: una anécdota, una opinión, un recuerdo de lectura, un aforismo, una impresión, un momento memorable, y la demanda me abruma. ¿Cómo resumir en quinientas palabras —¿debo contarlas a dedo?— una amistad y una admiración literaria que se prolonga desde hace más de medio siglo? ¿Qué imagen, qué impresión escoger? ¿La de mi primera visita a México en 1962, cuando había leído ya con entusiasmo {La región más transparente}, y fuimos con un grupo de amigos al teatro Blanquita y a la plaza Garibaldi? ¿La de nuestros sucesivos encuentros en París, Nueva York, Berlín —con Silvia y Carlos Lemus, meses antes de la caída del Muro—, Barcelona, Marraquech, Guadalajara, Oaxaca? Imágenes y momentos que se superponen en la continuidad: mi lectura fascinada de {Aura} en París, de {Terra Nostra} en una playa bretona, de {El naranjo o los círculos del tiempo} a mi vuelta a Sarajevo. Fragmentos que se funden en un todo como diversos retazos de telas de un tapiz único. Y siempre el recuerdo de Carlos, fiel en la amistad, animoso frente al dolor, creador incansable de una obra tan vasta como rica que le sitúa entre los grandes escritores de nuestra lengua. El de Carlos y Silvia, unidos frente a los crueles zarpazos de la vida. El de… ¿he llegado al límite de las quinientas palabras? ¡Qué lástima! ¡Necesitaría al menos, como Sherezada, mil y una! {{n}}