Un testigo relató que aquella noche de niebla Emilio Carranza había interrumpido bruscamente su cena en el Waldorf Astoria de Nueva York, para ordenar que el avión “México-Excélsior” fuera alistado de inmediato.
Los reportes meteorológicos eran adversos: caía sobre la ciudad una de las peores tormentas del año. Con lo que luego fue recordado como “un comportamiento extraño, solemne”, Carranza se despidió de sus acompañantes
y enfiló hacia el aeropuerto Roosevelt. “Ninguna autoridad conocía sus intenciones. Yo le supliqué personalmente que no volara. Si hubiera sido un aviador comercial, nunca hubiéramos permitido que usara la pista”, dijo el administrador del aeropuerto. Pero Emilio Carranza no era un aviador comercial, sino alguien empeñado en realizar, a bordo de un endeble aeroplano modelo “Ryan”, de 220 caballos de fuerza, el primer vuelo sin escalas entre Nueva York y México. Había
dejado atrás esperanzas desmedidas, y un fracaso que de pronto, en medio de la niebla, intentaba remediar.

Periódicos, estaciones de radio, teléfonos y telégrafos, siguieron paso a paso cada uno de sus movimientos. Al día siguiente, miles de personas se lanzaron al campo de Balbuena, iluminado constantemente con reflectores, para esperar su llegada. Muchas otras habían subido a las torres de las iglesias, con intención de desencadenar un repique general en cuanto el “México-Excélsior” fuera avistado. Una escuadrilla de la Fuerza Aérea Mexicana tenía instrucciones
de salir a recibirlo apenas llegaran noticias de que el aeroplano hubiera sobrevolado Tampico.

Bajo la lluvia, Carranza estrechó la mano de los mecánicos y entró en la cabina del avión. El administrador del aeropuerto fue a rogarle que esperara el paso del mal tiempo: llovía con tal intensidad que la pista acumulaba media pulgada de agua. El piloto respondió que no preveía dificultades para volar sobre un territorio “que conocía como un libro”. Dicen que encendió un “Lucky Strike”. Luego puso en marcha los motores del avión, y se metió directamente en la tormenta.

Durante las largas horas que siguieron, nadie tuvo noticias suyas. La Dirección
de Aeronáutica Civil de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes
se dirigió a las estaciones ubicadas a lo largo de la ruta para pedirles informes sobre el vuelo. La respuesta fue la misma: no se había visto pasar el avión de Carranza.

Los mecánicos del aeropuerto Roosevelt hallaron en el mal tiempo una paradójica esperanza: sabían que el avión no llevaba luces y que el capitán tendría que volar la mitad del camino bajo un clima adverso. “No es probable
que sea visto. Pero en cualquier momento aparecerá”.

La prensa llevaba varias horas frente a las oficinas del jefe de Aeronáutica Civil. Con aparente tranquilidad, el funcionario informó que Carranza era un piloto atrevido, y que no sería extraño que se hubiera aventurado en el Golfo de México, para salvar las 700 millas que separan Galveston de Tampico.

El 12 de julio de 1928, mientras una ciudad entera esperaba la llegada
del avión, un adolescente que recogía bayas en los pantanos de Sandy Ridge, en el estado de Nueva York, localizó el cuerpo destrozado y las astillas del “México-Excélsior”. El joven creyó que el aviador había muerto hacía por lo menos una semana, “a juzgar por el aspecto que presentaba”. Un cable de la Prensa Asociada señaló que Carranza estaba totalmente desfigurado, y con la mayor parte de los huesos rotos. Testigos
oculares afirmaron que un rayo había tocado una de las alas del “Ryan”: Carranza había caído a la manera de los héroes clásicos.

Entre las ropas del piloto, los detectives hallaron 175 dólares, varias monedas mexicanas, dos boletos para una función de box en el Madison Square Garden y un informe de la Oficina Meteorológica, “dirigido al capitán Emilio Carranza”, que advertía sobre la inminencia del mal tiempo. Encontraron, también, un recorte de prensa que refería los preparativos de su recibimiento en México.

El cadáver estaba bocabajo. Tenía en una mano una linterna hecha pedazos, “señal de que había tratado de enderezar el vuelo, después de ser tocado por el rayo”. Su reloj de pulsera se había detenido a las 4:27.

La noticia cayó en la ciudad de México como un balde de agua fría. Quienes habían subido a las torres para escrutar el cielo, bajaban de éstas “poseídos de dolor”. Caravanas demudadas y llorosas volvían a la ciudad desde el campo de vuelo de Balbuena. En fábricas y talleres se hizo un paro de cinco minutos. Según {El Universal}, la caída del aviador
había desatado una visible consternación, un “duelo espontáneo, sincero, visible, profundo”:

Solamente en aquellos tremendos días en que el corazón popular se

conmueve hasta en sus más profundas raigambres, se pudo observar

lo que ayer, a medida que la infausta noticia se fue conociendo.

Esa misma tarde, el “boletín” fue enviado a los cines: se proyectó en la función de las 16:30 y provocó que el público abandonara las salas. Los titulares de los diarios (LA CIUDAD CONMOVIDA CON LA TRAGEDIA) son pequeños relatos de un día sombrío: “Donde quiera hay tristeza”, “Honda pena en el público de la capital”, “Un velo luctuoso paraliza de golpe la vida de la metrópoli”.

El presidente Calles recibió la noticia en su casa de la colonia Anzures.
Ordenó que el cadáver fuera embalsamado y traído a México con honores. El secretario de Guerra, Joaquín Amaro, giró instrucciones para que los miembros del ejército guardaran luto, y portaran un crespón
negro en el brazo. En los teatros, al final de cada tanda, los actores guardaron sobre el escenario cinco minutos de silencio.

A bordo de un tren especial, formado con ocho carros, Álvaro Obregón
llegaba feliz a Guadalajara: acababa de ser nombrado presidente electo de México. Sus partidarios le habían preparado un baile suntuoso
en el paradero del club Atlas; el Partido Revolucionario Jalisciense pensaba ofrecerle un banquete en el restaurante Villa Florida. Cuando Aarón Sáenz le dio la noticia, Obregón, muy conmovido, decidió suspender
los festejos y se encerró en su hotel.

En la capital, la radio repetía una y otra vez la noticia, y las máquinas de escribir tecleaban a todo vapor los informes enviados por la Prensa Asociada. Una estrella de {El Universal,} el periodista Carlos Noriega Hope, recordó
la última vez que había visto a Carranza, en un café y rodeado de amigos:

—Supongo, muchachos —nos dijo—, que se habrán convencido ustedes de que la aviación es, hoy, algo sin importancia. ¡Con un motor “Wright” y unas alas “Ryan” cualquiera se ríe de la atmósfera!

Le hablé, un poco eruditamente, de las teorías de Conan Doyle: de los monstruos del aire que, más arriba de los diez mil metros hasta ahora alcanzados,
esperan a los pájaros de acero para hacerlos su presa: le hablé de esa fauna horrenda que ha sido angustiosamente presentida por los aviadores que se aventuran a grandes, absurdas alturas.

Carranza sonreía siempre. Y sólo al cabo de una larga explicación, más o menos difusa, quiso afirmar:

—El verdadero peligro en el aire no son esos monstruos de que usted habla: el horrible peligro se encuentra en las nubes, que pueden fulminar, con un rayo, cualquier avión…

Hice entonces —¡cuánto lo deploro hoy!— un mal chiste:

—¿Puede imaginarse alguien una muerte más gloriosa que la de ser fulminado por el rayo…?
[…]

Carranza puso fin a la conversación…

—Creo que nosotros, los aviadores de estos años, hemos de morirnos de viejos. ¿Quién piensa en un rayo?

Luego llegó el “flash” de la Prensa Asociada.

Durante los días siguientes, la imagen de Carranza perdido en la niebla, luchando por enderezar el “México-Excélsior”, fue el tema de artículos, columnas, editoriales.

El domingo 15 de julio, Álvaro Obregón llega a la ciudad vestido con un traje gris-azul y un sombrero texano color perla. 70 mil acarreados de Morelos, Hidalgo, Puebla
y el Estado de México, lo reciben en la estación Colonia. Generales, jefes y oficiales
forman una doble valla en Sullivan. La hilera se extiende hasta las puertas del Café Colón. Aunque se intenta imprimir al recibimiento “un aire popular”, y el presidente
electo tarda más de una hora en abrirse paso hasta las oficinas del Centro Obregonista, en la cercana Avenida Juárez, la ciudad está en otra parte.

Obregón preside un banquete “nutrido de aplausos” en el Parque Asturias: sobre la cancha de futbol se han instalado 144 mesas, cada una con 50 asientos. La comitiva
devora 500 chivos y 50 kilos de salsa borracha. Obregón se retira a descansar a su residencia de la Avenida Jalisco. Ahí, cancela una gira de trabajo por Oaxaca. Declara: “De ocho a diez semanas, cuando menos, permaneceré en esta capital, a fin de entregarme por completo al estudio de los problemas cuya resolución corresponderá
a mi próxima administración”.

Ignora, desde luego, que no permanecerá en la ciudad de ocho a diez semanas: que su cuerpo abatido a tiros será subido a un tren cuatro días más tarde. No podrá presenciar la manera en que los funerales de Carranza harán empalidecer los suyos. Obregón se repone
en su domicilio de las fatigas del viaje. En otro lado de la ciudad, José de León Toral ensaya caricaturas del presidente electo, y aceita la Star calibre .35 que llevará entre las ropas el día del atentado.

Todo lo desató, en realidad, el vuelo de Charles Lindbergh a la ciudad de México,
a bordo del famoso “Espíritu de San Luis”, el 14 de diciembre de 1927. Fue uno de esos días extraños en que las calles lucieron
completamente vacías, como si la ciudad entera hubiera quedado de pronto abandonada. “¡Todos se fueron a Balbuena a recibir a Lindbergh!”.

“El Águila Solitaria” se había convertido
en el hombre más famoso de su tiempo desde que en 1917 voló a solas el Atlántico. Aunque derrochó frases de amor a lo largo de su visita a México, su llegada poseía un oscuro significado político: ayudar al embajador
Dwight W. Morrow a restaurar las relaciones entre México y Estados Unidos, en tiempos en que el intento del presidente Calles de expropiar las compañías petroleras
estadunidenses estuvo a punto de provocar
una nueva invasión armada. Morrow había intuido que una visita de su amigo Lindbergh, en un supuesto vuelo de “buena voluntad”, relajaría el ambiente de hostilidad
que privaba en la escena política.

Las cosas pudieron terminar en tragedia:
Lindbergh partió de Washington, extravió su posición, y tardó más de una hora en reencontrar la ruta. En el campo de Balbuena, el presidente Calles coleaba sus cigarros nerviosamente, mientras unas 100 mil personas —la cifra viene de {Excélsior}— aguardaban la llegada del piloto. En un momento
de desesperación, Calles se acercó al grupo que formaban Álvaro Obregón y el embajador Morrow, y les confesó:

—Si se ha estrellado en el camino sería
la mayor calamidad que haya caído sobre México.

A Lindbergh también lo había sorprendido
el mal tiempo. Cuando sobrevolaba los estados del centro del país, descubrió que lo que veía desde la cabina no correspondía
con la información contenida en sus mapas. Intentó establecer los nombres de ciudades y poblaciones leyendo los carteles
colocados en las estaciones de tren. Luego recordó con una sonrisa que lo único
que alcanzaba a leer desde las alturas era la palabra “Caballeros”, colocada afuera de los baños. La marquesina del “Hotel Toluca” le permitió, al fin, determinar la ruta correcta.

Calles lo recibió con un discurso escueto:

—Lo felicito por su viaje, es una gloria para su patria y una nueva gloria para usted.

Después se volvió hacia Morrow, y agregó:

—Tengo el gusto de entregar a usted, sano y salvo, al coronel Lindbergh,
dentro del territorio de mi patria.

De acuerdo con la crónica de {Excélsior}, hubo tumultos y heridos para conseguir, aunque fuera de lejos, ver a Lindbergh levantar el brazo y sonreír.
El recorrido hasta la embajada estadunidense —entonces ubicada en Niza y Londres— duró una eternidad. La esposa de Morrow anotó en su diario: “¡Oh, las multitudes en las calles camino a la embajada… en árboles,
en postes de telégrafos, sobre los toldos de los autos, techos y hasta en las torres de la Catedral. Flores y confetti volaban en todo momento…”.

El presidente municipal entregó al piloto las llaves de la ciudad: Lindbergh
visitó escuelas, el Palacio Nacional, las pirámides de Teotihuacán y los canales de Xochimilco; realizó varios vuelos en los campos de Balbuena (en uno de ellos, Calles fungió como pasajero: fue su primera experiencia aeronáutica) y asistió a un festival organizado en su honor en el Estadio Nacional (más de 70 mil personas); más tarde presenció un jaripeo en el Rancho del Charro y una corrida de toros en la plaza de Sotelo; fue el invitado de honor de un desfile obrero, el cual presenció desde uno de los balcones del Palacio Nacional, y se despidió llevando sobre el pecho “La cruz de la orden del mérito y el valor”, la medalla de oro del Senado, un sarape regalado por Álvaro Obregón y tres piezas de talavera del estado de Puebla.

El historiador Rafael R. Esparza ({La Aviación}, SCT, 1987) cuenta que esa visita se transformó, de orgullo para México, en una forma de la deuda nacional:

Que hubiera venido a México el hombre más famoso de su tiempo

revelaba que, después de todo, éramos importantes en el concierto

internacional. Sólo que si esta sensación era cierta, y el orgullo

tenía fundamento, era igualmente claro que la visita debía ser

correspondida con un vuelo similar: si Lindbergh se había dado el

lujo de volar sin escalas de Washington a nuestra capital, México

estaba obligado a hacer otro tanto.

El 12 de febrero de 1928, {Excélsior} lanzó una iniciativa para que, por suscripción pública, se reunieran los medios necesarios para que un piloto
mexicano partiera rumbo a Washington (“Queremos sentar el precedente
patriótico de que los aviadores mexicanos son capaces de emular,
cuando no de igualar, las grandes hazañas aéreas que en estos días tienen sensibilizados los nervios del mundo”). Banqueros, empleados, burócratas, estudiantes, cantineros, boleros, trabajadores domésticos, vendedores, comerciantes y choferes, se apresuraron a enviar al periódico
diversas contribuciones. Se dice que el propio Lindbergh mandó un giro por dos mil 500 dólares y que el embajador Morrow realizó “una de las donaciones más importantes”. Al fin, fue adquirido un avión idéntico al de “El Águila Solitaria”, un modelo que replicaba “El Espíritu de San Luis”, y que fue bautizado con el nombre de “México-Excélsior”.

Nadie dudó que el aviador elegido para pilotearlo sería el capitán Emilio Carranza, sobrino nieto de don Venustiano, y sobrino también del general Alberto Salinas Carranza, fundador de la Escuela Mexicana de Aviación. Desde los 12 años, y por influjo del tío, Emilio Carranza estaba familiarizado con el mundo de los aviones. A los 18 lo habían aceptado en la Escuela de Aviación Militar y a los 21 había sobrevivido a un accidente durante un vuelo procedente de Chicago. A esa edad fue ascendido al grado de capitán.

En 1927 intentó llevarse los cinco mil dólares que el estado de Texas ofrecía a quien realizara un vuelo sin escalas entre las ciudades de México y Dallas. El gobierno mexicano le impidió participar porque, en el difícil clima de las relaciones bilaterales, se había prohibido que militares mexicanos sobrevolaran el espacio aéreo estadunidense. Las crónicas cuentan que, en venganza, Carranza eligió un punto más lejano
para demostrar que hubiera sido capaz de realizar el vuelo sin problemas. El 2 de septiembre tomó su avión, aterrizó en Ciudad Juárez y fue recibido entre el delirio incontenible de la gente (ese mismo día, Lindbergh llegaba a El Paso en “El Espíritu de San Luis”: al conocer la hazaña del piloto mexicano decidió
invitarlo a la recepción que le ofrecían).

Carranza acababa de cumplir 23 años cuando fue enviado a San Diego a recoger el “México-Excélsior”, fabricado por la Mahoney Aircraft Corporation. Volvió
a México en 21 horas cuatro minutos, volando solo
y sin hacer escalas. Relata el historiador Esparza:

A partir de este vuelo la emoción popular perdió

pie y abandonó el terreno de lo razonable. De pronto

Emilio dejó de ser el mozalbete valerosísimo y el

piloto extraordinario que era para transformarse,

en el inconsciente colectivo, en un hombre capaz

de convertir en realidad todas las esperanzas. Era

tal el entusiasmo que parecía ser suficiente que Carranza

levantara el vuelo para que, con él, México

entero despegara hacia su futuro.

Lo siguiente fue publicado en {Revista de revistas}:

Estábamos acostumbrados a desorbitarnos de

entusiasmo por las proezas ajenas […] Nuestra

admiración llegó a impedirnos ver hacia el propio

corazón de nuestro pueblo. Vivíamos para

admirar lo ajeno y para copiar nuestra

existencia en el espejo de las razas

vencedoras. De pronto sale de la obscuridad

Emilio Carranza, practicante

de secretas devociones por la luz y, con

un escozor de infinitud en la espalda, se

lanza de un golpe al aire […] y describirá

algunas curvas de feria sobre la cúpula

de la Casa Blanca, entonces la visión de

nuestras capacidades irá saliendo nítida

de las brumas admirativas en que

hemos vivido. Carranza ha devuelto a

México su confianza en el Porvenir: ésa

es su gran gloria.

El 10 de junio de 1928, Emilio Carranza cenó en el restaurante “Sylvain”. Su mujer le dijo: “Mañana será nuestro día glorioso”. En una bolsa empacó seis sándwiches, tres naranjas, dos cajetillas de “Lucky Strike” y ocho paquetes de chicles. A la mañana siguiente, antes de subir al avión, los reporteros
le pidieron “sus últimas palabras”. Contestó: —Good bye.

Calles había autorizado que se celebrara una fiesta nacional en cuanto el “Ryan” aterrizara
en Washington. Los niños saldrían de las escuelas y los empleados dejarían sus oficinas. Las patrullas de policía y los camiones de bomberos harían sonar sus sirenas. Tañerían a rabiar las campanas de los templos. Las fábricas harían pitar sus silbatos agudos.

Pero la niebla echó a perder la fiesta. Un informe de Nueva Orleans señalaba: “Creemos que el capitán Carranza voló sobre esta ciudad a las 19:10, pero debido a la niebla y la oscuridad no pudimos leer el nombre de la nave”. A esa hora comenzó a llover intensamente. Alabama informó: “Oímos un motor de avión que pasó por aquí y pensamos que probablemente era el del capitán Emilio Carranza”. Los reportes
sobre el clima adverso se sucedieron. Durante horas dejó de llegar información. La gente llamaba histérica a periódicos y estaciones de radio en busca de noticias. Carranza vivía también momentos de horror.
Le relató a {Excélsior:}

Desde que pasé por Montgomery, Alabama,

me vi rodeado por la niebla más

fuerte que hayan visto mis ojos. Era tan densa

que, a pesar de que anunciaron mi

paso por Atlanta, por el ruido del motor,

yo no vi la ciudad ni me di absolutamente

cuenta de haberla atravesado, pues no

recuerdo haber distinguido luz alguna,

ni tampoco destellos de reflectores.

Hacia el norte de Atlanta, la situación

se hizo mucho más seria. Los vidrios de

las ventanas de la cabina estaban enteramente

empañados, y cuando procuraba

asomarme, no veía lo que podía haber a

dos metros de distancia.

[…] Más al norte experimenté una

sensación muy singular. Ocurrió un

fenómeno extraño, algo así como si hubiese

entrado en una zona cargadísima

de electricidad, pues las brújulas se volvieron

“locas”. Era una fuerza magnética

irresistible, que parecía afectar toda la

máquina, la que empezó a experimentar

serios trastornos, tan serios, que parecía

que yo estaba perdiendo el control del

aparato y que éste se veía arrebatado por

fuerzas extrañas y muy poderosas.

Tan así, que de una altura de siete mil pies

bajé, repentinamente, de golpe, como

cinco mil pies. La sensación que yo

experimenté no podría describirla con

exactitud. Creo que ha sido el episodio

más angustioso de mi vida de aviador.

La niebla lo mantuvo extraviado durante horas. Finalmente, vio los techos de unas casas, las pequeñas luces de una población lejana, y la sobrevoló buscando
un punto en el cual aterrizar. Más tarde relató que, volando a baja altura, advirtió de pronto las luces de un auto:

Opté por seguirlo, volando sobre él, con intenciones de aterrizar en

la carretera si era necesario. El automóvil me condujo precisamente

al campo de aterrizaje. Luego supe lo que había ocurrido. El ruido

del motor había despertado al vecindario, que se daba cuenta de

que un avión estaba describiendo constantes círculos a cortísima

altura. Un vecino, un viejo aviador, sacó su automóvil con intenciones

de iluminarme…

El “México-Excélsior” aterrizó por fin, a las altas horas de la madrugada, en un poblacho ubicado a 300 millas de Washington. El vuelo había fracasado. El fastuoso recibimiento que el gobierno estadunidense tenía preparado tuvo que aguardar hasta las cinco de la tarde del día siguiente: mientras lanzaban flores a su paso, y las bandas militares tocaban, y le restallaban en el rostro los flashes de la prensa, el piloto debió sentir que el edificio de su orgullo se había desplomado. Mientras era felicitado por el presidente Coolidge, resolvió que había una sola manera de hacerse acreedor de aquellos aplausos, de aquellas flores, de aquella fama. Durante
una cena en la Casa Blanca, anunció un nuevo propósito: intentar un vuelo de Nueva York a México, en 27 horas y sin hacer escalas.

El mal tiempo, sin embargo, le obligó a posponer su partida una y otra vez. Sus familiares afirmarían muchos años más tarde que una llamada
de larga distancia le hizo decidir la salida a pesar del mal tiempo. Los constantes retrasos estaban haciendo que el gobierno de Calles quedara en ridículo.

La caída del joven Ícaro uniforma a la ciudad en el dolor. El país entero se prepara a recibir el cuerpo: Calles anuncia que una comisión especial aguardará el cadáver en la estación de tren de Laredo; las tropas rendirán honores en cada una de las ciudades por donde pase el féretro.

El cadáver será recibido en la estación Colonia; en la capilla ardiente, se escucharán las notas de la Orquesta
Sinfónica del Conservatorio Nacional.

El martes 17 de julio, mientras se aguarda la llegada
del héroe, el presidente electo Álvaro Obregón asiste a un nuevo banquete en el restaurante campestre
“La Bombilla”. Se cita a los comensales a las 13:00 horas, teniendo en cuenta que el general acostumbra
madrugar y por lo tanto come a temprana hora. Obregón aparece radiante a bordo de un Cadillac, acompañado, entre otros, por su hombre fuerte, el licenciado Aarón Sáenz, y por el diputado Ricardo Topete. Los fotorreporteros piden una imagen de grupo. El general propone que la foto sea tomada al final del banquete:

—Así todos los retratados tendremos semblantes risueños y satisfechos.

Pero los fotógrafos insisten. En una glorieta del jardín, frente al gran kiosco donde se han dispuesto las mesas del banquete, Obregón posa para la que será su última foto.

Hacia las 14:20, José de León Toral se acerca a la mesa de honor, aparentando hacer dibujos en una libreta. Nadie le concede importancia a aquel joven metido dentro de un traje corriente: los invitados prefieren
hacerle honor al cabrito enchilado y escuchar las melodías que interpreta la orquesta de Alfonso Esparza Oteo: se escucha la “Rapsodia mexicana”; luego, “El pajarillo barranqueño”… Los testigos recordarán
más tarde al joven dibujante: se finge arrobado en su labor, finalmente se acerca al diputado Topete para decirle que ha hecho dos caricaturas del general Obregón y una del licenciado Sáenz.

—A ver qué le parecen a usted…

—Están bien —contesta Topete con indiferencia.

El dibujante propone:

—Se las voy a enseñar al general, a ver qué dice.

Sin que nadie se interponga, se abre paso a lo largo de la mesa, bordea la gran pieza floral que se halla a espaldas del presidente electo, y pone los dibujos
sobre la mesa. Cuando Obregón se inclina a observarlos, José de León Toral da un paso atrás, desenfunda la Star automática y hace seis disparos a quemarropa. El general se desploma sobre la mesa y luego, lentamente, cae sobre su costado izquierdo
hasta quedar tendido en el suelo. La confusión es indescriptible. León Toral es abofeteado, alguien grita que no vayan a matarlo, uno de los comensales se queda con la corbata del asesino entre las manos. Los generales Ignacio Otero y Juan J. Jaime arrastran al agresor hasta un automóvil, para llevarlo a la Inspección de Policía. El dibujante saca
con toda calma un pañuelo blanco, y se limpia la sangre que tiene en la boca.

El cuerpo de Obregón es llevado a su residencia
de la Avenida Jalisco. El periodista Noriega Hope hará una crónica extraordinaria
del ambiente que se vive en aquella “cámara mortuoria”. El doctor Enrique Osornio inyecta el cadáver; dos colaboradores
cercanos, Homobono Márquez y Jaime Otero visten al general con un traje oscuro.

La multitud se agolpa en la calle.

—¿Quién mató a Obregón?

—¡Calles…se!

En un clima de estupor, el féretro sale poco
después hacia el Palacio Nacional, donde será velado por órdenes del presidente. Un Zócalo repleto lo espera: la muchedumbre se descubre al paso de la carroza.

León Toral es interrogado en la Inspección.
“Me llamo Juan”, dice, una y otra vez, a los investigadores. En una sortija encuentran sus iniciales: JLT.

El 18 de julio el cadáver de Obregón es trasladado a la estación Colonia. El famoso Tren Olivo lo conducirá a Nainari, Sonora, en donde será inhumado.

—Temo que el día menos pensado me vayan a “carranquear” —le había dicho el general a su hijo—. Si me matan, me llevas a Sonora.

Noriega Hope vuelve a salir a la calle para cronicar “el último tren del general Obregón”. No parece haber presenciado un cortejo excepcional. “Fueron varios millares de gentes”, dice el autor de la “nota
dura” que al día siguiente será publicada por {El Universal.}

Con aquel tren que se va comienzan los años del Maximato. De pronto, México
parece atravesar los días confusos de un sueño. Un resorte oculto se dispara el lunes 23 de julio, cuando el tren que conduce
los restos de Emilio Carranza recala, humeante, en la estación de Tacuba. “Si yo conociese un vocablo que expresara en conjunto las ideas de apoteosis, fama, alabanza,
apenas podría aplicarlo ahora para calificar lo que el pueblo ofreció ayer a la memoria del piloto Carranza”, escribe el cronista {Jacobo Dalevuelta}.

En 1928, Francisco Ramírez de Aguilar,
célebre en la prensa bajo el seudónimo
de Jacobo Dalevuelta, llevaba 20 años cubriendo los grandes acontecimientos de la República. “No recuerdo haber vivido una apoteosis como la que comenzó ayer en el viejo señorío de Tlacopan y terminó cuando el féretro de bronce quedó colocado
sobre un catafalco severo en la sala de gimnasia del Ministerio de Guerra”.

Llovía, corría un viento helado. Era un día para llorar. Pero cuando la gente salió a la calle, “con el gesto de las grandes horas”, un magnífico sol de julio apareció entre hilachos de nubes blancas. “Todo revivió como a un conjuro”, escribió {Dalevuelta}. Los alumnos abandonaron las escuelas, los empleados salieron de las oficinas, los obreros apagaron sus máquinas. Insistía el reportero: “¿Cómo poder hablar del espectáculo,
cuando jamás lo sospeché?”.

Miles de niños formaron una valla que se extendió por más de seis kilómetros, desde Tacuba hasta Avenida Juárez. Las mujeres lloraban. Caían tantos ramos al paso del cortejo, que de pronto pareció como que estaban lloviendo flores. Se escuchaban
sollozos. Los hombres, con la cabeza
descubierta, se colgaban de árboles, de postes, de estatuas. Los balcones abiertos
lucían pletóricos de gente. En la valla formada por la multitud no había un solo claro. “Se confundían los trajes de seda de las damas con los humildes rebozos de la gente del pueblo”. La lluvia volvió a caer, pero nadie se movió.

“Fue grandioso, fuerte, como para la poesía épica de Díaz Mirón, como para el fresco definitivo de Diego Rivera, como para el homenaje de Emilio Carranza”, escribió
esa tarde {Jacobo Dalevuelta}, cuando la ciudad recordaba un cementerio, y los ramos
de flores pisoteadas se revolvían con los charcos, y la lluvia que seguía cayendo, y no dejaba de caer, hacía pensar en la niebla. Esa niebla que, junto con el cuerpo del aviador, había echado por tierra el avión que transportaba
una maleta repleta de ilusiones. {{n}}