La discusión sobre el futuro de la industria petrolera y sobre la reforma propuesta
por el presidente parece centrarse más en cómo debería Pemex enfrentar
sus problemas que en la propuesta misma. Para algunos se trata de una
reforma inaceptable por privatizadora; para otros es una reforma que no se
adentra lo suficiente en ese camino. Es éste, por supuesto, un debate trascendente
que debe darse. Su desenlace dependerá de los avatares de la lucha política
e ideológica y contribuirá a definir el perfil de México en el mediano y largo
plazos. Se echa de menos, sin embargo, una discusión, diría, instrumental de la
reforma. De menor significado político, e histórico si se quiere, pero que debería
darse al menos en paralelo al debate político, dada su relevancia práctica.
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