A tumbos y trompicones, de manera intermitente y no siempre afortunada, hemos
acabado por conquistar un nicho de mercado para la música de concierto mexicana.
Lo que en otras épocas parecía inexistente ahora tiene quien se interese por ella,
la busque, la vaya a escuchar en las salas de conciertos —donde se la programa menos
de lo que se merece, pero más de lo que se cree—, la pida en las escasas radiodifusoras
especializadas y, sobre todo, la compre en los discos. En esa extraña zona que
las tiendas disqueras le dedican a la “música clásica mexicana”, aislada de la música
de concierto occidental en su conjunto, siempre se pueden encontrar grabaciones de
los nombres consagrados como Manuel María Ponce y Silvestre Revueltas junto con
personajes menos reconocidos y con una creciente oferta del repertorio virreinal. Y
claro, nunca faltará una de las 25 versiones grabadas del {Huapango} de Moncayo, sin
duda la puerta de entrada de todo mexicano —y de muchos extranjeros— al repertorio
local de concierto.
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