Azar o destino, inopinada confabulación de circunstancias, repentino
alineamiento planetario o simplemente suerte, estar en el sitio
correcto en el momento oportuno. Nadie sabe dónde salta la liebre, pero
en esta ocasión saltó y su viaje me trajo hasta aquí. Abrevio la historia.

Me encontraba mordiendo el polvo acumulado por los libros y revistas
arrumbados en mi estrecho estudio, corazón del modesto departamento
donde habito al centro-sur de la ciudad (¡canta, oh Musa!
cuando el corazón de la casa era la alcoba). Me concentraba en la pantalla
de la computadora durante otra revisión definitiva de mi {opus
magnum}, el libro de ensayos literarios escrito a lo largo de los últimos
veinticinco años y titulado (en esta corrección, al menos) {Crítico en
brazos de la Venus de Milo.}

El arrojo de la juventud, el delirio imaginativo, el tono vanguardista
y anticonvencional iniciales del volumen, se habían transformado con
los años y mediante un cernido proceso de escritura en una reposada
sabiduría, producto de la experiencia acumulada en más de medio siglo
de vida y de los compromisos y necesidades de la
madurez (familia, dinero, trabajo, divorcios, dentadura
nueva, más dinero), además de cierta conveniente
corrección política en boga en el nuevo
siglo. En resumen nada de iracundos puñetazos
al cuerpo, puro estilizado boxeo de sombra.

Al reflejar este tránsito sin gloria por el mundo,
lo efímero y circunstancial de cualquier juicio
crítico, el volumen estaba destinado a transformar
los procedimientos vigentes de la crítica literaria
en nuestro país. ¿Qué actitud crítica más
adecuada para esta modernidad, tardomodernidad
o posmodernidad (marque con una equis su
acepción preferida), que negar la crítica misma y
su permanencia? El promiscuo carácter deconstructivista
a la Derrida, el engañoso simulacro
a la Baudrillard, el provocador grado cero de la
escritura a la Barthes, ese simbolismo profundo
del último lector a la Piglia y el aparente fácil
relativismo a la Wittgenstein serían una bofetada
definitiva a cualquier formalismo canónico, frío
estructuralismo o realismo crítico al uso.

—Eres el caballo negro de la crítica —me repetía
el editor de mis dos volúmenes anteriores (aún
inéditos), un tanto melancólico luego de un cuarto
de siglo de cambios, revisiones, promesas incumplidas
y conversada amistad al calor ambarino del
producto de malta de la destilería Glenlivet.

Revisaba pues mi {summa criticum} cuando escuché
en la lejanía un sonido intermitente. Luego
de media docena de timbrazos del teléfono torné
a la realidad. Oculto como estaba el aparato de
comunicación bajo varios suplementos culturales,
un par de diccionarios de autores y los ocho
tomos de la reciente enciclopedia crítica de la
literatura mexicana, para cuando pude levantar
el auricular habían cortado la llamada al otro lado
de la línea.

Transcurrió un minuto entero antes del siguiente
timbrazo, una fracción mínima de tiempo
o una eternidad, un aforismo de Wilde (Libra
cardinal, aéreo y en busca de justicia) o una dilatada
perorata del empelucado doctor Johnson
(robusto Virgo mutable, terráqueo y perfeccionista,
como lo describió Boswell), un epigrama
hiriente de Novo (inevitable Leo, sol y centro,
necio y voluntarioso) o un capítulo de confesiones
sentimentales de Sainte-Beuve tocado con
su infaltable gorrito (Charles Augustin alcanzó apenas el primer día de Capricornio, pero con unas horas más hubiera
nacido el 24 de diciembre).

El motivo de la llamada era una invitación formal a participar en
una decembrina plática televisiva, dedicada al análisis de la producción
literaria en nuestro país durante el último año.

—En la Asociación de Críticos en Plenitud me dieron su teléfono.
He leído su columna y sus comentarios resultarían muy atractivos en
esta reunión informal de evaluación —aseguró con voz joven y educada
desde el otro lado de la línea quien dijo ser el productor del programa.

Se refería a mi columna “Los signos de la literatura”, publicada en
una revista semanal de espectáculos con elevado tiraje. Ya saben, la
relación del signo del lector con la obra del escritor. Digamos la influencia
de una novela de Carlos Fuentes, Sagitario híbrido y efervescente,
viajero y mutable, fogoso y regido por Júpiter, sobre un lector Piscis,
submarino, cambiante, embebido.

Luego de mi refleja negativa inicial, decidí tomar más tiempo para:
a) meditarlo despacio, b) saber si era sino o karma, c) pedir consejo a
mi editor, y d) indagar con mis empleadores del Corporativo editorial
si mis opiniones en un programa televisivo de esta índole podrían costarme
mi puesto como columnista de horóscopos literarios.

—Voy a checar mi agenda —advertí al productor en tono ejecutivo,
y pedí me llamara de nueva cuenta en una hora.

Medité despacio repitiendo el mantra oficial de los miembros honorarios
de la Asociación de Críticos en Plenitud: “¿Es arte la crítica o
es tan sólo vanidad…?”.

Sino o karma, la televisión parecía perseguirme, como a todos, desde
la lejana infancia, cuando la programación en blanco y negro cubría
apenas medio día de transmisión en la ciudad de México. Luego, en
los años setenta, publiqué mis primeras críticas al medio, un celebrado
ensayo breve sobre el asunto (“Mamá es una parabólica”), y un dilatado
{tractat} sobre la expansión de los medios de masas (“El día que la
televisión paralizó la tierra”). En mi historial contaba además la experiencia
como guionista del programa de promoción de la lectura “La
tele también te lee”, y la realización de la serie literaria “Ver para leer”,
una suerte de revista crítica para un nuevo canal cultural. El {rating}
del programa no figuró en ninguna medición nunca, reportó la gente
de Ibope, acaso porque las profundas y digitales disertaciones críticas
a las que sometía al telespectador no eran lubricadas por oportunos
comerciales, lo cual revelaba también cierto desinterés de los inefables
patrocinadores. Como dije: sino o karma.

Mi editor preguntó sorprendido si algo andaba mal conmigo, si no
me daba cuenta de la oportunidad que representaba. “¿Te van a pagar?
Casi no lo creo”, repitió al teléfono y continuó de corrido:

—Hoy no existes como autor si no apareces en televisión. Puedes
tener tres, cinco, media docena de libros en tu haber, pero si no te ven
en pantalla nadie te conoce. La promoción editorial, las presentaciones
en las ferias del libro, la mercadotecnia o las estrategias comerciales de
{best-seller} son insuficientes. Ni siquiera las críticas y las notas favorables
enviadas a los diarios y revistas o de los amigos y colegas sirven ya de mucho. Lo de hoy es la promoción en la tele: {remember} Warhol. Y si
acaso quince minutos te parecen pocos, piensa que se convierten en
ejemplares vendidos, te dan a conocer a ti y a tu obra, y además te consiguen
invitaciones a otros programas. ¿No has sabido de la crítica de
cine que aparece en media docena de programas hablando de todo?

—Soy misántropo —repuse triste.

—Sólo odias las reuniones de más de dos personas, sobre todo si la
otra persona no es una mujer —replicó.

—Lo mío es la soledad del bardo —insistí cursi.

—Porque nadie te soporta más de media hora —ironizó.

—Detesto los medios, las mesas redondas, los noticieros, pero sobre
todo detesto a los patrocinadores… —sumé en apoyo a mi negativa, pero
mi editor tomó aire y como buen carnero ariano embistió de nuevo.

—Lo mismo sucedió cuando te sugerí abrir un blog para exponer
tu escritura y entrar en contacto con la gente, con el mundo, retroalimentarte
le dicen, ¿recuerdas? Lo tuyo es autismo. Los intelectuales,
los políticos, los escritores, los artistas dan la vida por un minuto al aire

—elevó el volumen de su voz—. He sabido de quienes pagan por asistir
a una mesa redonda, por una entrevista aun en programas culturales de
madrugada, por ser mencionados siquiera como referente en las discusiones
y análisis de expertos. Y no preguntes por los anfitriones de esos
programas: los ridículos, las humillaciones, el sometimiento… ¡lo que
han pasado para llegar hasta ahí! Algo anda mal contigo —insistió.

Sus argumentos no terminaban de convencerme hasta que llegó “al
alma de las cosas”, como exigía de la novela el mismo Proust (Marcel
fue un hipersensible Cáncer cardinal, líquido y continente).

—Recuerda el pago de la universidad donde estudian tus hijas, la
tarjeta de crédito, la pensión de tu última ex mujer…, razones suficientes
para que cambies de opinión —finalizó contundente.
Tenía razón, lamenté, pero me consoló pensar que en “el alma de las
cosas” cabían además las cálidas y anestésicas irrigaciones de mi corteza
cerebral debidas a la gente de la destilería escocesa (la vida es tan
diferente después de un high-ball), y acaso también otra circunstancia
con seguridad comprensible para muchos de ustedes y sobre la cual
exijo discreción: el costoso entretenimiento de una semidiosa cubana
(Escorpio plutoniana y lujuriosa, encarnación pedagógica del misterio
femenino), que en meses recientes me enseñaba rumba y salsa por los
salones de baile de la ciudad nocturna. Todo me alentaba entonces en
dirección de acceder a la invitación.

Así las cosas procedí a inquirir a mis empleadores sobre mi última
reticencia, motivada por el caso célebre del crítico literario ibérico (un
Leo exaltado y cardinal, barrunto) a quien echaron del puesto de reseñista
de batalla de una afamada publicación. La razón: una crítica impía
sobre una novela publicada por la misma empresa editorial que emitía
sus cheques salariales. Una anécdota triste y aleccionadora. Por fortuna
en el Corporativo “hubo luz verde”, como dicen los enterados.

Sonó el teléfono a la hora exacta. Acepté. El productor del programa
me advirtió sobre las condiciones de la mesa redonda. Nada de televisión
universitaria ni televisión educativa, tampoco televisión cultural
aligerada con botana de entretenimiento. Sus palabras
exactas fueron: “televisión comercial dura,
cadena nacional, estipendio elevado, pago inmediato
(traiga recibo), profesionales en serio”.

Me citó a las seis de la tarde del día siguiente
en una televisora lejana y gigantesca. Este suena a
Virgo mutable, me dije: exigente, puntual, adicto
al trabajo y la exactitud.

Luego de alisar mi chaqueta de escritor a la moda
de los setenta (pana beige, coderas de piel
oscura, bolsas laterales con tapa y doble abertura
a la espalda) y aflojar la presión intercraneal
con un trago largo de bebida de malta ({pure, not
blended}), llamé por teléfono al servicio de taxis.
Tras enterarme del monto de sus tarifas, salí a
la calle poco antes de las cuatro de la tarde resignado
a un dilatado pero económico viaje en
transporte colectivo.

Entrar a una televisora en el nuevo milenio
exige un solemne ritual de identificación y declaración
de fe: firmar una lista y entregar a resguardo
una credencial acreditada, colgarse en
la solapa el letrero de “Visitante” con código de
barras y chip electrónico, y traspasar un arco detector
de metales. Al cabo de quince minutos de
aguardarlo en el lobby, apareció el productor del
programa (no más de treinta y cinco años, barba
casual, zapatos de lona, pantalón de mezclilla
combinado con una costosa chamarra de piel) y
me tendió cordial la mano.

—Gracias por ser puntual, te adelantaste media
hora… Sígueme por favor…

Subimos presurosos una amplia escalera y luego
abordamos un ascensor al segundo piso. Al
salir recorrimos un laberinto de pasillos ruidosos
y estrechos, repletos de gente circulando en todas
direcciones, hasta llegar a una espaciosa oficina.
Al centro, reunidos alrededor de una ovalada
mesa de juntas, los participantes en el programa
esperaríamos el llamado para entrar al estudio.

El productor me presentó con los invitados:
un joven crítico iracundo en pleno bostezo, la rubia
{starlet} cincuentona y pasada de peso responsable
de las relaciones públicas de un gigantesco
corporativo editorial, y un periodista cultural de
quien no se conocía ensayo o nota crítica alguna,
pero muy popular entre sus amigos por su columna “El chisme es cultura”. Fui presentado como original crítico y
columnista especializado en signos literarios de escritores como Kafka
(Cáncer cardinal regido por lo nocturno, símbolo de la casa y la patria),
Joyce (Acuario fijo, renovador y reformista) y Flaubert (Sagitario mutable
y de moral elástica).

El joven crítico me saludó prolongando su bostezo. La {starlet} con
una sonrisa desdeñosa en la que se leía: “éste no vende ni cien ejemplares”.
Y el periodista con el entrecejo arrugado de quien confunde
las ideas turbias con el pensamiento complejo. Poco antes de las seis
pasamos al estudio y tomamos asiento en los cómodos sofás de una
sala lujosa dispuesta frente a las cámaras.

La titular (como se dice en el medio) de un exitoso noticiero de arte
y cultura fue invitada a conducir la plática. Y en efecto, la inmejorable
factura de sus extremidades inferiores era reconocida como la más
sobresaliente causa de {rating} en la televisión cultural reciente. Con su
primera pregunta sobre un mapa inicial de las letras mexicanas en el
último año, la conductora quiso tantear el terreno con los invitados. El
primero en atacar fue el joven crítico iracundo:

—¡Nada nuevo! Todo un prolongado bostezo. Las mismas estrategias
narrativas convencionales: lo urbano, lo histórico, la frontera,
la infancia, el narcotráfico, la crónica repetitiva, las historias rosas de
nuestras novelistas más vendedoras, ninguna indagación formal…

—balbuceó.

Su apunte fue interrumpido por otro de los repetitivos bostezos que
expandían sus carrillos haciéndolo lucir mofletudo, lo que dio oportunidad
a la intervención de la {starlet} editorial.

—A pesar de la crítica, poco importante pero siempre arrogante y
presuntuosa, tenemos varios {best-sellers} que hablan de una literatura
mexicana sana y con muchos lectores. Como los verdaderos críticos
literarios saben, los alcances se miden por las regalías acumuladas en
la cuenta bancaria… Los jóvenes críticos son románticos y rebeldes,
es su papel…

El crítico iracundo contragolpeó ofendido no porque la redonda {starlet}
contradijera su evaluación literaria, sino por llamarlo “joven”…

—¿Qué tiene que ver la edad con la situación de la literatura mexicana?
Esos son prejuicios, descalificaciones {a priori}, ¡jóvenes mis…!

—Dejemos que intervengan los demás —apretó la conductora dirigiéndose
al autor de la columna “El chisme es cultura”. Éste la miraba
con evidente turbiedad y aprovechó el momento para intentar un acercamiento
apropiándose de la entrada de una novela clásica:

—Vine a este programa porque me dijeron que acá estarías tú. Mi
asistente me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verte en cuanto
consiguiera que me invitaran. Le apreté las manos en señal de que lo
haría; pues ella estaba por irse y yo en un plan de prometerlo todo con
tal de verte.

La conductora no mostró interés y reviró insistente:

—¿Qué me dice de nuestros novelistas?

—Sí claro… —continuó el periodista disimulando el rechazo—. Recuerdo
al premiado autor, amigo y compañero de tantas expediciones
al {table}, y a quien apoyé desde el principio en mi columna, cuando
dijo: “Los críticos me valen madres, yo lo que quiero es poder escribir
mi novela que no me sale… Estoy bloqueado…”. Como vemos, lo importante
es la lucha por la escritura y el privilegio de la amistad. Se me
anegan los ojos de imaginar el reto creativo de este autor entrañable,
lleva cuatro años sin ver la suya y sin embargo persevera.

—¿Qué dice de este panorama el autor de “Los signos de la literatura”?
—intervino la conductora acotando el melodrama.

Acudí a mis mejores cartas:

—Siguiendo la crítica de la crítica de Todorov (Tzvetan es un Piscis
clavado, intuitivo, hombre de fe y búlgaro-francés para mayor excentricidad);
la idea del canon de Bloom (un
cálido y cardinal Cáncer); la tesis
de la crítica civilizadora de Steiner
(Tauro eficiente, fijo y terráqueo);
las lecciones para reconocer un
clásico de Wilson (otro Tauro,
aunque éste un tanto colérico);
el elogio de la novela como arte
mayor de Kundera (ariano cardinal,
fogoso e inteligente); la
clásica teoría estética de Reyes
(otro combativo Tauro, pero
don Alfonso era apacible y risueño);
la afirmación de que
sólo la crítica nos hace modernos
debida a Paz (Aries solitario y de intuición razonante);
o incluso la…

La conductora no me dejó terminar. Cruzando
entusiasmada sus citadas extremidades y
desplazándose atenta hacia la orilla del sillón, insistió
en preguntarme los signos y las características
de otros escritores, sus planetas regentes, los
ascendentes y descendentes, su cielo y su medio
cielo, las posibilidades profesionales de cada signo,
quiénes estaban predestinados a la escritura,
qué reconocimientos literarios había yo previsto
en mi lectura de los astros ese año, cuáles serían
los libros y los premios para el próximo…

Contrariado, el joven crítico iracundo sacudió
los carrillos y bostezó, pero ahora no como
muestra de aburrimiento sino con desprecio.
Con furia reclamó:

—¡A la crítica la tratan como la sirvienta de la
casa…!

En tanto la {starlet} cincuentona y rolliza aseguraba
con orgullo tener ya en prensa el próximo
éxito editorial.

—¡Venderá cien mil ejemplares de entrada!

—decía a gritos con una sonrisa que dejaba ver
sus afilados colmillos, mientras blandía el contrato
firmado con sangre por su joven promesa
novelística.

Por su parte el autor de la columna “El chisme
es cultura” continuaba con voz engolada
hablando de sí mismo en tercera persona. Con
la mirada turbia y los ojos arrasados se dirigía
hostigante hacia la conductora:

—Soy el tenebroso, el viudo, el desconsolado,
el Nerval del periodismo cultural, el Tablada
de Ciudad Neza mirando el paso de las mujeres
tan cerca de sus ojos y tan lejos de su vida. Pero
la congoja de este amanuense no proviene hoy
de la nostalgia, el rechazo o la impotencia usuales.
Si una lágrima rueda por su rostro enjuto y
hollado es de emoción ante la novela mexicana
reciente. Desde su triste aislamiento monástico
el acongojado reflexiona en los enormes alcances
de la narrativa nacional mientras hojea las
revistas de porno suave que tanto lo acaloran. El
abandonado canta entonces, con la voz del bardo
jerezano, a las piernas de nuestra conductora: “A
fuerza de quererte. Me convertiré, Amor. En un
peligro. Cuando en ti piense. Y mi alma apenas
pene… Amen”.

La conversación viajó por caminos impredecibles y tensos. Al final y ya
“fuera del aire”, el joven crítico y la {starlet} editorial exhibían con violencia
y sin rubor sus desatadas pasiones intelectuales.

—¡Han olvidado la literatura, las editoriales encumbran baratijas de autoayuda
y esoteria, la industria promueve el bestsellerismo banal, buscan
mercado y negocio. El arte les importa un rábano y la crítica un pepino…!

—vociferaba con iracundia el crítico.

—Ustedes son quienes alejan a la gente de la lectura. Sus poses intelectuales
son una farsa. El mercado editorial está creciendo a pesar de ustedes…
criticones de aldea, puristas provincianos, rencorosos de barrio —disparaba
también la {starlet} sin menoscabo de su licenciatura en relaciones públicas.

En ese momento el periodista cultural se encaminaba por fin hacia la
salida escoltado por dos agentes de seguridad, quienes a pedido de la conductora
le mostraban el camino, pues la diva pareció adivinar en la mirada
encendida y lujuriosa del autor de “El chisme es cultura” a un animal presto
a saltarle encima en cualquier momento.

Entre estos desbordados y estresantes ánimos y con un abrupto ataque
de claustrofobia, intenté la retirada con disimulo. El productor del programa
se acercó entonces a mí y a bocajarro me soltó la fáustica proposición
que me tiene hoy aquí. En resumen: los patrocinadores habían observado
la discusión y me ofrecían media hora semanal para llevar a la televisión
mi columna “Los signos de la literatura”. Un lujoso escenario de libros para
entrevistar autores a los que leería sus cartas astrales. Intimidades y anécdotas
planetarias de los escritores de moda y lo grandes clásicos. Predicciones
sobre los premios literarios y editoriales… Un hit garantizado en programación
nocturna y horario doble A, me aseguró.

Como dije, azar o destino, inopinada confabulación de circunstancias,
repentino alineamiento planetario o simplemente suerte, estar en el sitio
correcto en el momento oportuno. Ahí pues saltó la liebre y me trajo a mi
propio programa televisivo y a otras frecuentes apariciones en cuanta serie
literaria o cultural surge en las cartas de programación de las televisoras.
Con el programa llegó también la publicación de mi libro {Los signos de la
literatura. Una aproximación astrológica a los escritores y la escritura}. Mi
editor la negoció con la misma starlet del corporativo editorial, quien ahora
se muestra amable y sonriente conmigo mientras me convence de no hacer
caso a la nota en la cual el joven crítico iracundo despedaza mi libro. Tiene
razón, son más abundantes los comentarios favorables que saturan mi nuevo
blog, abierto por fin siguiendo el viejo consejo de mi editor.

Así las cosas. La universidad de mis hijas está pagada. La pensión de
mi ex también y la tarjeta de crédito saldada. Los distribuidores del producto
escocés me lo envían directo a casa y con descuento. Ahora busco
un departamento nuevo con un estudio amplio y espacioso donde recibir
amigos, invitados y a un creciente número de escritores solicitantes de mis
servicios. La semidiosa cubana ha prometido instalarse ahí conmigo para
practicar hasta el acoplamiento perfecto nuestros rítmicos bailes. En cuanto
a mi magna obra, {Crítico en brazos de la Venus de Milo}, qué puedo decir, si
ahora paso el tiempo en esos misteriosos brazos. Y aunque sea por quince
minutos, la oportunidad la voy a exprimir hasta el tuétano. Lo dicho, nadie
sabe dónde salta la liebre. {{n}}