El hijo del carpintero

Cuando le abrió la puerta no hubiera pensado que era el carpintero: tenía frente a sí a un hombre alto, de cabello rizado y castaño, de hermosas facciones y barba de dos días, cerrada y comenzando a encanecer. Iba acompañado por un joven adolescente, un niño, que era en todo su réplica, salvo en que no había alcanzado su estatura ni su peso, un joven delgado y silencioso que miraba tan ingenuamente que parecía abrir de más los ojos. Lo pasó con respeto a la recámara, con el trato obsequioso que se da a quien desea comprar la propiedad, y le mostró el hueco: “Quiero un clóset muy bueno, de caoba, con espejos en el revés de las puertas. Ah, y que no sean corredizas. Con una bonita cajonera para camisas y ropa interior, cajones de poca altura para las camisas y un par más profundos. Aquí, mire, en este lado”. Antonio anotó con lápiz en una libretita de hojas rayadas donde ya había trazado un rectángulo: “Cajonera del lado izquierdo. No quiere usted que llegue hasta arriba, me imagino, una buena altura sería ésta”, y puso la mano a la altura de sus hombros, “aquí dejamos un hueco donde pueda usted colocar... no sé, lociones, cepillos para ropa, mancuernillas, le damos un bonito acabado. Caoba, dice usted”. Sí, quería caoba y un muy buen trabajo. “Los cajones camiseros ¿le parecen bien de diez centímetros de alto?”. Marcó la cifra con su flexómetro y un grueso pulgar de uña cuadrada indicó la altura. Era la solicitada porque no quería que cupiera más de una camisa, una ligeramente sobre otra, salvando los cuellos. “Quisiera cinco cajones de esa medida, luego dos más profundos y uno inferior con todo lo que reste; ya ve, donde uno revuelve calcetines y todo tipo de cosas”. Y en cuanto al ancho de los cajones, sería el que dieran tres camisas dobladas, lado a lado. Antonio tomó medidas, luego hincó una rodilla en el piso alfombrado para lanzar el flexómetro de un muro al otro. “Toma la punta, hijo”, pidió con voz cálida y amable. El joven hizo lo solicitado y al bajar la vista mostró unas oscuras pestañas, brillantes, que se rizaban hacia las cejas. El padre anotó en su libretita. Luego midió la altura. “¿Lo desea forrado?”. Mm, sí, estaría mejor forrado, salvo, quizá, el fondo. “De fondo dejaremos el muro y en este extremo ponemos un bastidor de triplay de caoba. Encima echamos una repisa a todo lo largo. Puede ser de tambor para que sea gruesa sin excederse en el peso y tampoco en el precio”, concluyó sonriendo con hermosos dientes. “Y, a ver, aquí deberá ir un tubo cromado para que usted cuelgue su ropa, un tubo para los ganchos”. Anotó la medida. El joven, sin ninguna duda su hijo, seguía cada uno de sus movimientos, sus rayas en el croquis, sus números anotados sobre las líneas, con esa expresión que parecía de asombro y, siendo tan rutinaria la tarea, debía de ser simple inocencia y claridad del alma.

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Publicado en: 2008 Marzo