Tengo frente a mí los tomos empastados de la revista {nexos}. He hojeado y ojeado algunos volúmenes y concluyo que la memoria hace con nosotros lo que le da la gana. Si voy hacia el fondo y el pasado, recuerdo que me integré al equipo de redacción de nexos en febrero de 1984. Desde entonces ha sido mi casa. Como a todas las casas, en la oscuridad a ésta la cruzan los fantasmas, los recuerdos, las escenas de otras vidas y las personas que fuimos en el pasado y no volveremos a ser nunca. Voy a referirme a ese teatro de la memoria menos para encontrar una verdad y más para buscar el sentido de una biografía, la mía, en el largo viaje de una publicación que ha durado sin pausa 30 años en el espacio público mexicano. Apago la luz y el escenario se ilumina.

Yo había hecho mis primeras armas editoriales en el mundo de la edición de libros, primero en Premiá y luego en Nueva Imagen. La crisis económica del año de 1982 arrasó las finanzas de Nueva Imagen, que dirigían Guillermo Schavelzon y Sealtiel Alatriste, y la dejó en los huesos. Después de cuatro años de trabajo, me quedé sin empleo. Lo mismo le ocurrió más tarde al equipo que yo coordinaba y entre los que se encontraban Alberto Román, Sergio González Rodríguez, Lourdes Villafaña, Angélica de Icaza, Lourdes Ladrón de Guevara. Con ellos compartí oficina y aventuras laborales en esa casa editora. En aquel tiempo, vertiginoso y formativo, aprendí mis primeros conocimientos de periodismo literario. Fui uno de los redactores que se integraron a las páginas de {La cultura en México}, suplemento de la revista {Siempre!}, que dirigía Carlos Monsiváis. Ese suplemento sería una de las fuentes de energía de {nexos}, de ahí vendrían colaboradores, editores, temas periodísticos. A esos entusiasmos, y a mal terminar la carrera de letras francesas en la UNAM, dediqué mis esfuerzos a principios de los años ochenta. Tenía 25 años y me sentía invulnerable.

{nexos} se había fundado en 1978 y consolidado rápidamente como una revista de escritores e intelectuales universitarios cuyo sueño editorial consistía en desplazar el conocimiento del cubículo académico hacia un público más amplio. Lo habían logrado en unos cuantos años con una pasión desmesurada por el futuro de México y de América Latina. Los colaboradores e integrantes del consejo editorial buscaban la democratización del país, el juego electoral limpio y competido; su centro analítico era la desigualdad, la devastación del campo, en fin, la crítica frontal de un México sin rumbo y hundido en una profunda crisis política y económica. La revisión de las letras y las expresiones artísticas, el desarrollo de la crónica, la poesía, la parodia y la literatura como ventana al mundo formaron la oferta cultural de la revista. Estas fueron las causas de las páginas que dirigió Héctor Aguilar Camín cuando sustituyó en la dirección a Enrique Florescano. El joven Aguilar era conocido entonces por un libro de historia que había logrado la unanimidad del elogio, {La frontera nómada}. Vienen al escenario nombres a los que asocio textos, ensayos, artículos, mesas redondas, traducciones: Roger Bartra, José Carreño Carlón, Rolando Cordera, Adolfo Gilly, Gilberto Guevara Niebla, Soledad Loaeza, José María Pérez Gay, Carlos Monsiváis, José Joaquín Blanco, Carlos Pereyra, Arturo Warman, Carlos Tello Macías, Hugo Hiriart.

El público mayoritario de esas páginas mensuales surgió con naturalidad de una franja de la izquierda mexicana. Con el paso de los años, una parte de esos lectores ubicados en la izquierda, inamovibles, encerrados en el laberinto de la fidelidad a los principios contra viento y marea y también negados a la evolución de las ideas, se enemistaron con nexos. Antes de escribir estas líneas leí un artículo de Jean Daniel titulado “Camus, nuestro contemporáneo” donde el periodista francés conmemora los 50 años de la entrega del Premio Nobel a Camus. Daniel se refiere extensamente a la famosa pieza literaria que fue el discurso del autor de {El extranjero} y escribe: “Camus dice en Estocolmo que él, que formó parte de la generación de los jóvenes que querían cambiar al mundo se siente entonces inclinado a conservarlo”. Al leer estas líneas me sentí imantado, como se magnetiza alguien cuando encuentra un pensamiento propio expresado al fin con transparencia. Es cierto: ya no quiero cambiar el mundo, prefiero conservarlo y, si se puede, mejorarlo. No paso por alto que he desviado un tema de nexos hacia un asunto personal. Puede ser un error expositivo, pero no una obra de la casualidad.

Debuté en las páginas de {nexos} en el número tres de la revista. Escribí una reseña sobre {Alguien que anda por ahí}, el libro de cuentos de Julio Cortázar. Logré una nota pedante y sonsa donde le reprochaba a Cortázar sus entusiasmos sandinistas y su olvido, según mis cuentas juveniles, de que las letras deben surgir sin la contaminación de la política (bien pensado quizás yo tenía razón). Siempre Cortázar, aunque no venga al caso. Su influencia despeñó a toda una generación, la mía por ejemplo, en la admiración incondicional. No sabíamos que nada se entrega sin condiciones. Desde entonces colaboré asiduamente en nexos y quiero pensar que mis textos no siempre fueron tan desventurados. Una noche de tragos y música de Lou Reed, Luis Miguel Aguilar me invitó a trabajar en nexos. Aguilar y Hermann Bellinghausen formaban la redacción de la revista a la que me incorporé en 1984. En el escenario que se ha iluminado con estos nombres sé que los tres compartimos mucho más que un empleo. Trabajamos juntos en la casa de Prado Norte, en Las Lomas, donde nexos puso sus oficinas en ese tiempo. Los redactores leían cuartillas, encargaban materiales, corregían galeras, observaban el trabajo de Bernardo Recamier, diseñador de la revista durante varios años, no sé ahora cuántos, y comían tortas durante los cierres en la legendaria Imprenta Madero donde se hizo la revista por mucho tiempo. Los nombres de Vicente Rojo, Alba Rojo y Neus Espresate nos eran gratos y familiares.

Luz tenue en el rincón de la escena: Arturo Durazo Moreno, ex director de Policía y Tránsito del Distrito Federal es acusado de fraude, contrabando, acopio de armas. El general fue detenido meses después en Puerto Rico. Como si la sombra de la corrupción policiaca oscureciera todo lo que rodeara su círculo de tinieblas, el 30 de mayo de aquel año fue asesinado el periodista Manuel Buendía. En la edición de julio de 1984, Héctor Aguilar publicó un artículo al que tituló “Manuel Buendía y los idus de mayo”. Me gustó su claridad expositiva, la textura de sus ideas y la intriga de su pasión por la vida pública mexicana. Guardo del año en que me incorporé a {nexos} chispazos extraños: Contadora, Simpson-Mazzoli, renovación moral, Sánchez Duarte. Cierto, no sirve de nada recordar esas palabras, sólo son ecos perdidos en alguna escena de la memoria. En cambio recuerdo con claridad las reuniones del consejo editorial en las que se discutía con pasión sobre los candentes temas de la actualidad, la llamada agenda nacional, y yo me aburría soberanamente. El fervor de los colaboradores no me entusiasmaba. Yo quería otra cosa, pero no sabía qué.

Eran los años de la quiebra definitiva del modelo político y económico del México moderno. Esa bancarrota terminaría con una imagen tragicómica: en su último informe de gobierno, el presidente de la República, José López Portillo, lloraba ante el país entero desde la tribuna del Congreso de la Unión. López Portillo pedía perdón por su fracaso. {nexos} dio cuenta puntual de aquella crisis y de esa quiebra. En los años posteriores, los de la presidencia de Miguel de la Madrid, las páginas de la revista se encargaron de analizar las reformas económicas que, vistas sin eufemismos o alardes técnicos, trajeron arcas vacías, austeridad, ajustes económicos, empobrecimiento y falsa renovación moral. Y con todo fueron buenos años para la cultura en México y para los escritores de {nexos}. En esa década en penumbras iniciaron sus obras Héctor Aguilar Camín, Hugo Hiriart, Ángeles Mastretta, José María Pérez Gay, José Joaquín Blanco, Juan Villoro. Del mismo modo se expandieron las obras en marcha de Carlos Fuentes y Carlos Monsiváis, colaboradores y miembros de su consejo editorial. Por una vez, la política perdía ante las letras.

En otro de los actos de esta obra que ocurre ahora sólo en mi memoria hay incordios, críticas acérrimas, varapalos a {nexos} y a quienes integrábamos la revista. Corría el año de 1992 y nexos, el Conaculta y la UNAM organizaron lo que se llamó Coloquio de Invierno. La revista Vuelta dedicó al menos dos números a tundir, acusar y a fabricar algo así como un secuestro de la cultura nacional encabezado por nexos. Fue la polémica cultural y política crucial de esos años. La casa se cimbró. Aunque parezca una renuncia a hacer el recuento de palos, en esta ocasión no voy detenerme en ese asunto, prefiero iluminar otros espacios del escenario.

Junio de 1995. {nexos} realiza una serie de cambios en los cargos directivos. Luis Miguel Aguilar fue nombrado director de la revista, se renovó el consejo editorial y yo fui nombrado subdirector general y director de la Editorial Cal y Arena. Quiero transcribir un párrafo del editorial del mes de junio de 1995: “En la revista {nexos} confluyeron la generación de Medio Siglo y la generación del 68. Ambas trajeron a la revista sus propias ideas y obsesiones. Mientras tanto dieron acceso a una nueva generación que convivió con ellas y que ahora está a las puertas de la revista exigiendo su turno. Es la llamada generación de la Crisis, la de los nacidos a partir de los años cincuenta. Ahora la revista debe renovarse como espacio propicio a la expresión de esas nuevas presencias generacionales, incluyendo en esa renovación el cambio de sus mandos”. En esos días y como en muchas ocasiones Luis Miguel Aguilar y yo nos encerramos en la oficina a escribir. A veces yo estaba en el teclado y él a mis espaldas, otras él escribía. Redactamos una despedida al director saliente de la que traigo estas frases: “Aparte de su obra personal y de la labor que ha desarrollado en {nexos}, quienes trabajamos en nexos con Aguilar Camín no dejaremos también de agradecerle sus golpes aforísticos a la mitad de la oficina, la invitación exacta a un trago (siempre y cuando se necesitara), la certeza de que editar no es obstruir (…), las inspiradas efervescencias que de pronto resolvían un número, las axiales preguntas, ¿Cómo vamos?, ¿Cuándo salimos?, en fin el dicho reiterado de uno de sus autores predilectos, Francis Scott Fitzgerald: ‘admitir que las cosas no tienen remedio y mantenerse sin embargo decidido a cambiarlas’. Sin olvidar, por supuesto, el cumplimiento de su célebre divisa: ‘A más, más.’ ”. He pensado en esas líneas y las suscribo, incluso agrego: tengo edad para saber que su famosa divisa es falsa. No quiero ponerme pesimista, pero la vida demuestra que a más, menos. Por lo demás, admiro la vocación de grandeza de Aguilar Camín, lamento su intemperancia, me asombra su generosidad ilimitada y pondero su obra narrativa.

Muchas veces la vida da las mejores cosas en los peores momentos. Así pasó en ese año. Fue la peor circunstancia para asumir mandos directivos. México atravesaba por la tempestad de la más grave crisis financiera de su historia moderna. Los insumos se encarecieron, los lectores dejaron de comprar libros y revistas. Sólo nos salvó una idea conservadora, un tanto abarrotera si se quiere, que rigió siempre las finanzas de nuestra casa: {nexos} no había contratado ningún crédito con los bancos que se desmoronaban y, en consecuencia, no se perdió en la espiral en llamas de las tasas de interés. En un trágico final de sexenio, el gobierno de Carlos Salinas se hundió en el descrédito y más tarde en la certidumbre de, al menos, alarmantes complicidades en múltiples corrupciones y saqueos de bienes públicos. Pagamos otros intereses y otros costos, el exagerado y furibundo cobro de la cercanía de Héctor Aguilar Camín con el ex presidente Salinas.

Una de las consecuencias inmediatas de ese fin de época convulsionado e incierto fue la hiperpolitización de todos los espacios públicos. Los medios de comunicación se repletaron de opiniones improvisadas a falta, salvo contadas excepciones, de una visión seria y rigurosa en torno a la interminable zona de turbulencia por la que atravesaba la política mexicana. En esos años, la vida pública se caracterizó por la pérdida de un canon intelectual. Eran muy malas noticias para los nuevos director y subdirector de {nexos}. Supongo que Aguilar no me tomará a mal si escribo aquí que lo acompañé siempre que pude en sus trabajos editoriales y que capeamos el temporal. Los temas históricos de la revista no dejaron de aparecer mensualmente (sobre todo en el {cuaderno de nexos}, que coordinaba Rolando Cordera en compañía de Soledad Loaeza y José Woldenberg), y a ellos añadimos algunos de los asuntos que nos interesaban: la literatura internacional, la difusión de nuevos autores, la vida privada, la sexualidad, el humor, las traducciones, la crónica. Si no ilumino mal el escenario de esa época, al calor de varios whiskys Luis Miguel imaginó el primer número como un modelo del rumbo que se proponía él en su calidad de director y yo como subdirector. Paso las hojas de ese número y recuerdo: una encuesta sobre la legalización de las drogas, una traducción de notas, aforismos y lecturas de un volumen póstumo de Elias Canetti en traducción de José María Pérez Gay. En las páginas centrales publicamos un cuento inédito en español de Rubem Fonseca: “El enano”. Ángeles Mastretta escribía “Puerto Libre”, Carlos Castillo Peraza “Parabólica”, Héctor Aguilar Camín “Compuerta”, Falcón ocupaba la página final con “Cráter” y yo me hacía cargo de la columna “Crucero”. La composición del número me gustaba y, pese a los malos augurios, me sentí módicamente satisfecho de la oferta. Sobre esta época de nexos, los lectores tienen la palabra. Recuerdo, eso sí, que era un trabajal. Andrés Hofmann se hacía cargo del pie de cría de una dirección comercial y participaba en las reuniones editoriales; Jesús García llevaba las complicadas finanzas y yo realizaba la coordinación general. Así se enfilaba la revista rumbo al cambio de milenio.

Luces centrales en el escenario, brillos cenitales. En el año 2000 fui nombrado director general de {nexos}, es decir, de las líneas de toda la pequeña empresa: la revista, Cal y Arena, {la carta de nexos} y {Política Digital}. Yo sabía que después de nueve años de dirección, Luis Miguel Aguilar estaba cansado. Una noche de tragos y músicas y después de hablar con Luis Miguel, le ofrecí a José Woldenberg dirigir la revista; mejor, le ofrecí proponer su nombre en el consejo de administración. Así lo hice y después de las formalidades del caso empezó una nueva época de nexos. La dirección de Woldenberg cumplirá este año cuatro de propuestas editoriales. Llegamos a los 30 años.

Prendo la luz, desaparece el escenario. Estamos en el presente, el territorio de la incertidumbre y la esperanza. {{n}}