Ha sido realmente muy desafortunado para toda la historia
de las Repúblicas latinoamericanas que adoptaran
el modelo de régimen político habitualmente llamado
“presidencialista”, en contraste no sólo con los regímenes parlamentarios
típicamente europeos, sino también con la división de poderes
estadunidense basada en un esquema de frenos y contrapesos. La típica
República latinoamericana comporta una enorme concentración
de poder en una institución unipersonal, la presidencia, a la cual las
demás instituciones están subordinadas o en confrontación.
El gobierno basado en la concentración de poder es pequeño,
débil y conflictivo y, en sociedades étnicamente
heterogéneas y económicamente muy desiguales
tiende a ser socialmente alienado, políticamente a
la vez litigioso y vulnerable y, como consecuencia,
altamente inestable.
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