La edición conmemorativa de Cien años de soledad,
publicada en el mes de marzo de 2007, y con la cual
la Asociación de Academias de la Lengua Española
celebra los 40 años de la publicación de esta novela y los
80 años de su autor, resulta sencillamente espléndida.
Lo es porque, además de una versión revisada por García
Márquez, cuenta con una presentación y una nota al
texto signadas por los editores (es decir, por las academias
de la lengua), tres comentarios de escritores contemporáneos
del Nobel colombiano (Álvaro Mutis, Carlos
Fuentes y Mario Vargas Llosa), dos estudios elaborados
para esta edición por académicos destacados, y un apartado
que consta de cuatro escritos de sendos personajes
importantes en la escritura y crítica literaria de nuestro
continente, que versan sobre el autor y su novela en la
literatura hispanoamericana. Por si
todo ello fuera poco, el libro incluye
la portada de la primera edición
y también la portada encargada a
Vicente Rojo que, al no estar lista
en mayo de 1967, apareció en la
segunda edición, datada en el mes
siguiente del mismo año. Además,
el libro tiene un árbol genealógico
de los Buendía, una bibliografía
utilizada, un glosario y los nombres
propios de todo tipo mencionados
en Cien años de soledad. No podía
faltar una foto del autor, con una
mirada directa a la cámara que interpela
al lector, y vistiendo su ya
clásico saco a cuadros, sin corbata.
Todo ese arsenal acompañante, a
manera de un arcón navideño, le
da brillo conmemorativo al motivo
central: la caudalosa imaginación
que mana de la novela latinoamericana
más leída en la historia
editorial reciente, y quizá, de la
historia latinoamericana toda. Sí,
una edición sencillamente espléndida.

El comentario inicial de Álvaro Mutis, titulado “Lo
que sé de Gabriel”, es constancia de la amistad que
une desde hace muchos años ya (60 de creer a Mutis)
a estos dos grandes escritores latinoamericanos. Mutis
reconoce el enorme trabajo que le cuesta decir algo
sensato acerca de la obra literaria de García Márquez, a
pesar de haber leído todos los originales antes de que fueran publicados. Una dificultad que nace de
la profunda amistad que ambos cultivan. Sin
embargo, dice que Cien años de soledad “es un
libro sobre el cual no se ha dicho aún toda la
deslumbrada materia que esconde. Cada generación
lo recibirá como una llamada del destino y
del tiempo y sus mudanzas poco podrán contra
él”. Le vaticina un futuro de clásico de la literatura
universal. Un futuro que comenzó desde
la primera edición.

Por su parte, Carlos Fuentes hace remembranza
de cuando conoció a García Márquez, en el ya
lejano 1962, en la casa de Manuel Barbachano
Ponce, en Córdoba 48, ciudad de México. Fuentes
menciona que, al terminar de leer Cien años
de soledad, escribió una carta a Julio Cortázar
en la que desde entonces comparó la novela del
colombiano con Don Quijote: “He leído el Quijote
americano, un Quijote capturado entre las montañas
y la selva, privado de llanuras, un Quijote
enclaustrado que por eso debe inventar al mundo
a partir de cuatro paredes derrumbadas”.

De especial importancia es el texto de Mario
Vargas Llosa, titulado “Cien años de soledad.
Realidad total, novela total”, por varios motivos.
En primer lugar, porque este escrito es el
capítulo VII, ligeramente modificado para que
se ajustara a la edición conmemorativa, del libro
García Márquez: historia de un deicidio, que
Vargas Llosa dio a la imprenta en 1971, y que
luego retiró de la circulación. En segundo lugar,
porque es un estudio de corte académico, muy
riguroso, elaborado por un escritor del boom
latinoamericano a pocos años de publicado Cien
años de soledad. En tercer lugar, porque parece
ser el inicio de una reconciliación largamente
esperada. Vargas Llosa señala que Cien años de
soledad es una novela total en la medida que
compite “con la realidad real de igual a igual,
enfrentándole una imagen de una vitalidad,
vastedad y complejidad cualitativamente equivalentes”.
Por ello es que considera a García
Márquez un suplantador de Dios, y, más aún,
señala que incurre en el grave y emancipador
delito del deicidio. El texto de Vargas Llosa
indaga, también, en los diferentes planos en
que se mueve la novela: lo mágico, lo míticolegendario,
lo milagroso y lo fantástico. Es un
texto sin complejos, sin remilgos, sin envidias,
de un gran escritor acerca de otro gran escritor,
cosa poco vista. El libro completo de Vargas
Llosa es un estudio que ha sido citado con
mucha frecuencia en los posteriores análisis,
abundantes ya, de la obra de García Márquez hasta Cien años de soledad. Por ello es
deseable que vuelva a circular íntegro
para beneplácito de los interesados en
ambos escritores: habla acerca de García
Márquez, pero dice mucho de quien
lo escribió.

Víctor García de la Concha y Claudio
Guillén realizan sendos estudios,
no exentos de rigor teórico, en que la
poética y múltiples recursos retóricos
—entre ellos la hipérbole como eje
articulador de la narración— son instrumentos
y a la vez sujetos de análisis
para mostrar caminos concretos de acceso
al texto de la novela.

En la parte final están los escritos de
cuatro personalidades latinoamericanas
que discurren acerca de Cien años de
soledad en el contexto de la novela latinoamericana:
Pedro Luis Barcia, Juan
Gustavo Cobo Borda, Gonzalo Celorio
y Sergio Ramírez. Destaco aquí el texto
de Gonzalo Celorio porque aborda
la novela con la misma herramienta
con la que la leyó por primera vez en
septiembre de 1967: la pasión literaria.
Nos dice Celorio que el libro se le
quedó pegado a las manos y que ni el
trabajo, el sueño o el hambre lo pudieron
sustraer de la lectura de la novela.
Y luego apunta: “apenas publicada en
mayo de 1967, Cien años de soledad
pasó enseguida a manos del lector común;
fue leída por oficinistas, amas de
casa, médicos, abogados, y por quienes
nunca habían leído un libro en su vida
y después de Cien años de soledad se
aficionaron a la lectura”.

Debo decir que leí por primera vez
Cien años de soledad a los 14 años, y
cuando vi en la primera página que
“Macondo era entonces una aldea de
veinte casas de barro y cañabrava construidas
a la orilla de un río de aguas
diáfanas que se precipitaban por un
lecho de piedras blancas y enormes como
huevos prehistóricos”, paré de inmediato
pensando que ya había leído
ese texto anteriormente, y al terminar
el fragmento en que Melquíades dice
que “las cosas tienen vida propia, todo
es cuestión de despertarles el ánima”,
recordé en dónde había leído eso antes.

Fui a buscar en mis antiguos libros de
texto gratuitos, y en el de lecturas de
español de sexto grado encontré que
alguien había incluido ese fragmento
con el título “Macondo”. Desde los años
setenta y hasta hoy, este fragmento,
junto con otro titulado “La casa de José
Arcadio Buendía”, son leídos por los
niños de sexto grado de las primarias
públicas del país. Tiene razón Gonzalo
Celorio, el libro fue leído por muchos y
a muchos aficionó a la lectura. Pero algo
más señala Celorio: el autor de Cien
años de soledad fue reconocido y admirado
por los lectores, “pero, sobre todo,
fue querido, muy querido, como era su
deseo y el más hondo de los propósitos
de su escritura”. La pasión literaria se
transmite y suscita la querencia.

Mucho se ha escrito ya de Cien años
de soledad. Libros, tesis doctorales, estudios,
artículos, comentarios, entrevistas.
Se ha dicho bastante sobre su calidad
literaria, sobre la exacerbación del
realismo mágico en sus páginas, de los
ejes que giran ordenando la narración
y que lo seguirían haciendo si no fuera
porque esos mismos ejes se gastan, de
la constante repetición de personalidades
y destinos en la familia Buendía, de
Melquíades y José Arcadio, del lenguaje
poderoso con que está escrito y del tono
impertérrito del narrador a pesar de
los prodigios que narra, de Remedios,
la bella, que se elevó a los cielos mientras
colgaba unas sábanas en el patio,
y de muchos otros episodios, asuntos y
detalles que permiten diferentes interpretaciones,
significados y sentidos de
ese gran texto. Y se seguirá escribiendo
sobre Cien años de soledad. Lo cierto es
que el mejor cumplido para el libro y
su autor es la lectura y la relectura de
esta novela que seduce y subyuga hasta
a los más reacios. Borges decía que un
libro es clásico porque en la soledad
del acto de leer los diferentes lectores
lo cuestionan, y para cada uno de
ellos ese libro tiene una respuesta. Así
sucede con Cien años de soledad, que
tendrá la posibilidad de ser interpretado
y reinterpretado, una y otra vez, por
los lectores de los siglos venideros que
jubilosos dirán, parafraseando al gran
cronopio: “queremos tanto a Gabo”. n