En su número 352, nexos dio a conocer los resultados de una encuesta
organizada con intención de ubicar las tres mejores novelas
mexicanas de los últimos 30 años. En México, ya se sabe, las encuestas
son asuntos que revisten la mayor seriedad. No importa que sus resultados
cambien de un día a otro: las vemos como formas de la astrología
que permiten tener, de modo anticipado, diferentes categorías de la
verdad. Los números de una encuesta son capaces de bloquear Reforma
durante meses.

Entrañan, sin embargo, un problema filosófico: el espacio de la duda.
¿Esa encuesta es de fiar? ¡No me van a decir a mí que esa novela que no
he leído es de veras mejor que la que sí leí! ¿Y dónde está la obra que Fulanito
publicó en una editorial marginal en febrero de 1978 y que nunca
volvió a reeditarse? ¡Recuerdo que era muy buena!

El año pasado supuestamente aprendimos que las encuestas, a la manera
de Farabeuf, son simples radiografías de un instante. Les seguimos
concediendo, sin embargo, la importancia que tienen los resultados de
un campeonato mundial. Las leemos como instrumentos capaces de
construir un canon. El ganador se conmueve como si acabara de recibir
el Nobel y el perdedor mastica su desprecio dudando de la honorabilidad
y el buen criterio de la instantánea Academia.

La encuesta organizada por nexos, y comentada en números anteriores
por José Joaquín Blanco, Rafael Pérez Gay y José María Espinasa, además
de tres novelas ganadoras (Noticias del Imperio, Las batallas en el desierto
y Crónica de la intervención, en ese orden), así como otras 76 obras mencionadas
como aquellas que coronan el gusto literario de cierta franja de
lectores, arrojó de modo tangencial algunos resultados que ilustran más
sobre el estado del mundillo cultural, que sobre la encuesta misma.

Durante la conferencia de prensa ofrecida para dar a conocer las
piezas seleccionadas por 60 lectores especializados, “de Gabriel García
Márquez a Tryno Maldonado”, alguien preguntó a José Woldenberg
cómo le iba a hacer para explicar que La guerra de Galio, de Héctor
Aguilar Camín, hubiera obtenido el sexto lugar. Si lo preguntó en serio,
quiere decir que se imagina —seriamente— que el Consejo Editorial
de nexos es capaz de reunirse en sesión plenaria para preguntarse cómo
organizar una encuesta en la que Héctor Aguilar Camín obtenga el sexto
lugar. Una de las señoras que el año pasado bloqueó Reforma, descalificó
la encuesta diciendo que, “para empezar”, la mejor novela de Fernando
del Paso no era Noticias del Imperio, sino Palinuro de México. La reportera
que la entrevistó no se tomó la molestia de decirle que, “para
empezar”, la encuesta sólo abarcaba novelas escritas de 1978 a la fecha,
y que Palinuro había sido publicada en 1977. No sabe nexos lo cerca que
estuvo de lograr que Reforma fuera bloqueada de nuevo.

Cierto crítico se congratuló, por otra parte, porque entre las novelas
ganadoras hubiera dos de carácter histórico: Noticias del Imperio y Crónica de la intervención. Le faltó subrayar, en mi opinión, el inusitado interés que la intervención
francesa ha despertado en la novelística mexicana
(pues es tarde para informarle que los personajes
de Crónica de la intervención mueren en 1968, y
no, como él quisiera, luchando contra los franceses
en el heroico Cerro de las Campanas).

No faltó, tampoco, quien dijera que el dato
más sorprendente (la salida de Carlos Fuentes
del gusto de sus contemporáneos: una caída semejante
a la de la bolsa de Nueva York en 1929)
obedecía a que los lectores desearon ser originalísimos
y “decir algo distinto al resto”. Así que,
en lugar del “obvio” Carlos Fuentes, esos votantes
originales se habrían inclinado por el nada
“obvio” Juan García Ponce, quien, siguiendo esta
línea argumental, de otro modo no habría tenido
posibilidades de figurar en la lista.

Me atrevo a resaltar, por último, el comentario
que indica que la ausencia de novelas escritas por
mujeres sólo compete a las ansias del Consejo
Editorial de la revista por afianzar al varón en las
cimas del poder cultural. Con tal imaginación, es
extraño que no se escriban mejores novelas.

¿Qué arroja, en el instante de ser levantada,
la encuesta de la revista nexos? En primer lugar,
el reconocimiento de los escritores contemporáneos
a dos de las obras más ambiciosas de los
últimos 30 años. Una lograda (me parece), otra
no tanto. La lograda —escrita con una mano
que dejaba de responderle a su autor— condensa
espectacularmente las obsesiones de éste, y
prosigue la creación de un mundo empeñado en
indagar en sus criaturas: una labor que García
Ponce había iniciado en La noche, o más atrás,
en Imagen primera y Figura de paja. La no tan lograda,
reordena y reinterpreta el pasado a través
de un delirio monologal que cuenta los 22 mil
días de locura de la emperatriz Carlota. Ambas
tienen, por cierto —para desgracia de quienes
trataron de afianzar al varón en las cimas del
poder cultural—, entrañables personajes femeninos:
la Carlota de Noticias del Imperio, que en
su despertar sexual se untaba miel en la vulva, y
con los ojos cerrados convocaba a las moscas; y
la Mariana que abre Crónica de la intervención
ordenando a Anselmo y José Ignacio: “Quiero
que me cojan todo el día y toda la noche”.

Entre Noticias del Imperio y Crónica de la intervención
(primero y tercer lugares de la encuesta),
la lista arroja, como una cuña, el reconocimiento
a lo que Rafael Pérez Gay ha llamado la
contraparte literaria de estas novelas: Las batallas
en el desierto, que con sólo 68 páginas de concisión
perfecta se ha erigido desde 1981 como una obra maestra de
la brevedad, una pequeña novela perfecta sobre el aprendizaje, la
memoria y su nostalgia.

De ahí en más (sorprende el homenaje a Salvador Elizondo a
partir de una obra más bien floja; parece previsible la inclusión
del muy respetado Sergio Pitol), la imposibilidad de encontrar un
sentido colectivo del gusto favorece la dispersión: si Noticias del
Imperio recibió 23 menciones, las 76 novelas restantes obtienen
sólo seis votos, cuatro votos, tres votos, dos votos… uno sólo.

Del Paso, Pacheco, García Ponce, Elizondo y Pitol se habían
consolidado como escritores antes de 1978. ¿Su sombra sigue cubriendo
las tres décadas siguientes? ¿Los escritores mexicanos no
han logrado escribir obras más o menos indiscutibles, libros que
unifiquen el criterio, como quiere José Joaquín Blanco? ¿O se trata
de un reflejo de lo mucho que hay para escoger, como afirma José
María Espinasa?

Tal vez no se escriben buenas novelas y tal vez ciertas buenas novelas
llegan a perderse bajo el bombardeo continuo de las editoriales.
Yo prefiero creer que estamos ante una encuesta: una encuesta
que revela lo que 60 lectores pensaron, recordaron y olvidaron al
momento de contestarla. Un amigo me confió que había votado por
“Y” porque ignoraba que Dos crímenes se hubiera publicado luego
de 1978. En esa misma mesa, otro escritor declaró que al momento
de llenar la boleta no había considerado que pudieran caber Jorge
Ibargüengoitia, Vicente Leñero, Ricardo Garibay.

Así que una encuesta es también un asunto de memoria, en
una época en que la memoria está cada vez menos en el cerebro
que en el disco duro de las computadoras. Auden dijo que algunos
libros son inmerecidamente olvidados, aunque ninguno es inmerecidamente
recordado. ¿Dónde está, por ejemplo, Dos horas de
sol, de José Agustín?

En todo caso, me gusta pensar que en un tiempo en que los
escritores son producto del mercado, de sus apariciones en los
medios, de sus declaraciones en la prensa, de sus vastas redes
internacionales y de sus minuciosas relaciones públicas, algunos
que creo verdaderos, como Guillermo Fadanelli y Enrique Serna,
hayan logrado meter sus libros entre los 10 primeros lugares de la
lista, y que frente a los consagrados, los muertos, los que no dan
para más, los que apostaron por los premios y tuvieron sólo premios,
los que ya van de salida, hayan escrito obras que figuren en
lo que 60 lectores especializados pensaron, recordaron, olvidaron,
al rellenar las boletas.

En 1925 El Universal Ilustrado publicó una encuesta en la que
participaron Victoriano Salado Álvarez, Alfonso Cravioto, Carlos
González Peña, Xavier Sorondo y Rafael López. Se trataba de
saber quiénes serían los escritores del porvenir. En esa encuesta
la mayor parte de los interrogados coincidió en estos nombres:
Salvador Novo, Francisco Monterde, Xavier Villaurrutia, Carlos
Pellicer, Horacio Zúñiga, Miguel Mendizábal, José Gorostiza,
María del Mar, Julio Jiménez Rueda. Dicha forma de la astrología
acertó en algunos y fracasó en otros. Hoy no hay un sentido
colectivo del gusto, pero la encuesta entregó 79 novelas que 60
especialistas consideraron las mejores de los últimos 30 años.

No está mal en un medio saturado de basura. n