La NASA* ha concedido el contrato para construir la nueva generación de cohetes espaciales tripulados por humanos —denominado, curiosamente, Proyecto Orión— a un consorcio encabezado por Lockheed Martin. El anuncio resultó sorpresivo por varios motivos, pero uno de los aspectos más inesperados fue el hecho mismo que ocurriera. La administración Bush ha sido tan generosa con su retórica y sus promesas de financiamiento y tan parca en la entrega del mismo —respecto, por ejemplo, de la reconstrucción de Afganistán, Irak y Nueva Orleáns y del problema del SIDA— que uno se siente desprevenido al constatar que una promesa se transforma en billetes contantes y sonantes. (Nótese que esta promesa se remonta al primer Bush, que se comprometió a enviar un hombre a Marte en una fecha tan remota como 1989. Quizás este sea uno más de los dramas edípicos de la familia Bush.) Sin duda algo tiene que ver con que se trata de uno de tantos elefantes blancos entre amigotes, ya que el contrato de Lockheed Martin asciende inicialmente a 3.9 miles de millones de dólares.
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