I
Lo único sustancial es lo que sigue a un final. Después del final, cualquier final, viene la imaginación. Imaginar una conversación en la que eres tan mordaz como genial luego de colgar el teléfono, imaginar las grandezas que pudiste haber hecho de no haber ido a un bar con los muchachos de la oficina, imaginar una aventura candorosa después de perder la servilleta con su número anotado. El deseo de la imaginación es modesto: hacer lo no hecho. Modesto porque esa proyección que observas, con la pasividad de quien engulle palomitas, es la posibilidad de haber hecho algo sin la ambición de llevarlo a cabo. La imaginación es la ficción del día a día. El asunto capital, en todo caso, es su alcance en el imaginario de un hombre. Pues si, como a Borges le gustaba decir, la imaginación es lo mismo una extensión de la mente que un telescopio que extiende las capacidades visuales, ésta es, también, el más alto monumento de la mente de un hombre. Y el final de cualquier anécdota, desde la acontecida hasta la leída, presta el escenario para arrojarse a la construcción de esa efigie, la propia. Imaginar una historia y otra. Imaginar una ahora mismo, por ejemplo. La historia de un hombre que vive imaginando. Imaginarla.
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