Leí a Daniel Sada (Mexicali, 1953) por primera vez hace ya más de diez años; fue un cuento titulado “Cualquier altibajo”, contenido en Registro de causantes, el excelente libro de relatos que le valió el premio Xavier Villaurrutia en 1992. En él se cuenta la historia de un partido de beisbol en algún pueblo de ¿Coahuila?, donde los peloteros -un equipo sufriendo la resaca y el otro incompleto- tienen que hacer de recogebolas bajo el sol inclemente y jugando con una única pelota. Más allá de la simple anécdota -el jardinero central se ve obligado a buscar la bola en un lugar alejado donde se encuentra a su compadre, un pastor, quien lo invita a beber sotol en su casa, y al final decide abandonar el juego e irse con él- había una frase mínima que provocó en mí una risa incontenible: “De pronto, salió un jonrón rajanubes que de seguro caería en la pradera a su cargo”.

Aunque así, fuera de contexto, la frase pudiera parecer inocua, no miento al afirmar que me arrancó carcajadas durante varios minutos. Me alegra que en su última novela, La duración de los empeños simples (gran título, por cierto), la escritura de Sada siga teniendo esa capacidad de sorprender, de hacer cosquillas, de entregarnos pequeñas perlas incrustadas en historias sencillas con multiplicidad de puntos de vista, contadas con una voz compasiva hacia sus personajes y plagada de humor. (No me gusta que me acaricies cuando estoy dormida. Me espantas, ¡de veras! -dice Leonora Godínez en esta novela.) No sobra decir que, a partir de su muy particular uso del lenguaje -retruécanos, mucha tipografía, neologismos, etcétera-, Sada continúa imponiendo en todo momento su forma de aprehender el mundo. Y aunque ha ido variando ligeramente a lo largo de los años, siempre con ese estilo que Carlos Fuentes ha definido, y aquí parafraseo, como una combinación genial de Góngora y Cantinflas.

La duración de los empeños simples es una novela corta -algo inusual en Sada pero que se agradece, ya lo había hecho en Una de dos- que relata la historia de una pareja cincuentona -Alberto Junco y Leonora Godínez- que vive en unión libre desde hace más de veinte años. La historia comienza cuando Alberto sorprende a Leonora bebiendo sus propios orines, hecho que desencadena la serie de episodios que culminan en una separación. Alberto, como es de esperarse, la cuestiona severamente. Y ella, por su parte, se lanza a contarle los grandes beneficios que trae la urinoterapia para la salud; la discusión termina cuando Alberto le dice que, a pesar de sus explicaciones, a él le será imposible volver a besarla en la boca y ni siquiera en el cachete ya que Leonora también se unta la orina en el cutis. En la relación, ya para entonces bastante apagada, el incidente ahonda la distancia y orilla a Alberto a entregarse aún más a su obsesión delirante: la creación de países y mapas imaginarios.

Y para colmo, el hijo de ambos -Luis Lauro, antaño mariguano incorregible, y de quien no han sabido en muchos años- decide regresar a sus vidas, ahora regenerado y con la firme intención de convertirse en un gran poeta vanguardista. Con una estructura hasta cierto punto simple y lineal, que consta de capítulos cortos, Sada va narrando, con elegancia y un mínimo de complicaciones narrativas, los viajes de cada uno de estos tres polos de la historia: la incansable trabajadora corporativa bebe-orines, el ¿burócrata? despedido e inventor de naciones, y el mariguano trotamundos hecho poeta vanguardista. Los capítulos intercalan los puntos de vista de cada uno de los personajes, ninguno de los cuales parece imponerse como protagonista, aunque a partir de la segunda mitad es quizá Luis Lauro quien más aparece o es, al menos, el más entrañable. Pero en todo momento Sada permanece fiel a cada uno de ellos.

Igual que la brevedad de esta novela, cabe resaltar cómo Sada ha ido desterrando, ya desde Luces artificiales (2002) y Ritmo delta (2004), su propia literatura: el contexto original donde transcurrían sus historias era el norte desértico de México -el mejor ejemplo es la vastísima y hasta cierto punto incomprendida Porque parece mentira la verdad nunca se sabe (1999)- y poco a poco ha ido mudándose hacia lugares más urbanos, aunque nunca muy definidos.

En su juventud Sada fue becario del Centro Mexicano de Escritores y sus tutores fueron nada menos que Salvador Elizondo y Juan Rulfo. Cuenta Daniel, imitando la inconfundible voz gangosa que caracterizaba a Elizondo, que la forma en que a veces lo criticaba era imputándole que su literatura era demasiada tipografía para su gusto. La descripción no está muy lejos de ser una realidad, pero en mi opinión resulta, al menos en algunas de sus obras, una virtud. Sobre todo porque su uso de los puntos, dos puntos, puntos y comas, puntos suspensivos, guiones, signos de admiración, etcétera, es consistente, obsesivo y sirve a su narrativa. Como su admirado Joaquín Machado de Assis, escritor brasileño de la segunda mitad del siglo XIX, el manejo que Sada tiene del lenguaje -y de todas sus herramientas tipográficas- construye y deforma la realidad con una voluntad demoledora que, como acto chamánico (poesía al fin y al cabo), transforma y renueva el mundo y a todos los seres que lo habitamos. El obsesivo pasatiempo de Alberto -inventar países y mapas- es algo similar a lo que Sada hace con su escritura y con el potente estilo que la sostiene.

El carácter “tipográfico” de su literatura me hace relacionarla con cierto cine experimental donde el (la) director(a) pone énfasis en el carácter material de la película misma. Pienso en Stan Brackhage o recuerdo, por ejemplo, un cortometraje de Yoko Ono y Lennon (Apotheosis, 1970) que consiste en un viaje de ellos dos en globo aerostático; la mayor parte de los veinte minutos que dura es pura pantalla blanca -el globo asciende por las nubes en un paisaje nevado-, lo cual suscita que el espectador comience a fijarse en la película misma, en los rayones y manchas que sobre ella se han incrustado durante todo el proceso. De igual manera, Sada nos hace conscientes de que la literatura es, en última instancia, letras y puntuación. A manera de pintor cubista, pero más a menudo como uno expresionista abstracto, Sada construye y destruye frases, las llena de sonidos -como las piezas para pianola de Conlon Nancarrow- que a veces ni vocablos parecen y pausas necias que frecuentemente echan luz sobre los sentimientos, ambiciones y esperanzas de sus personajes: “Milagro (allí) para verse sólo de reojo, pero más milagro afuera: lo millonario queriendo entrar”.

Al final de la novela todos sus personajes han sufrido una transformación y justo cuando parece que van a terminar unidos, felices y millonarios, Sada asesta su último golpe, como un empeño simple y denso y duradero: “Una duda para siempre”. n