Leí a Daniel Sada (Mexicali, 1953) por primera vez hace ya más de diez años; fue un cuento titulado “Cualquier altibajo”, contenido en Registro de causantes, el excelente libro de relatos que le valió el premio Xavier Villaurrutia en 1992. En él se cuenta la historia de un partido de beisbol en algún pueblo de ¿Coahuila?, donde los peloteros -un equipo sufriendo la resaca y el otro incompleto- tienen que hacer de recogebolas bajo el sol inclemente y jugando con una única pelota. Más allá de la simple anécdota -el jardinero central se ve obligado a buscar la bola en un lugar alejado donde se encuentra a su compadre, un pastor, quien lo invita a beber sotol en su casa, y al final decide abandonar el juego e irse con él- había una frase mínima que provocó en mí una risa incontenible: “De pronto, salió un jonrón rajanubes que de seguro caería en la pradera a su cargo”.
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