El hombre hace a la ciudad con sus pasos, su movimiento, pero sobre todo la edifica desde su desesperación. Las ciudades son el extremo de la voluntad, la expresión más acabada del ser. No obstante, en esta época, las urbes parecen haber ido más allá de la mesura, de la proporción humana para transformarse en un sueño de locos. De este sueño, turbulento, inhumano en esencia, despierta una ciudad que se resiste a sucumbir y sobrevive en la imaginación de sus escritores y de sus artistas. La literatura mexicana ha dado cuenta de la ciudad imaginaria que sobrevive en el seno de la otra ciudad, de la urbe que no puede ser descrita porque su realidad se ha impuesto a la belleza. Es en la obra de Payno, Gutiérrez Nájera, Salvador Novo, José Joaquín Blanco, Carlos Fuentes, donde las ciudades se salvan, no como ficciones inmaculadas, sino como realidades que aún pueden mirarse, describirse, en suma: hacerse humanas.
Como nada en el mundo, libro de 12 relatos escritos por Héctor de Mauleón, funda en una de sus aristas la imagen de una ciudad que el mismo escritor va apuntalando con sus sentidos. Se necesita ser un héroe, escribía Walter Benjamin, para vivir en las ciudades de la modernidad, pero De Mauleón renuncia a la heroicidad y prefiere la mirada silenciosa, el espectro curioso que recoge signos a su propia conveniencia. “Los lugares oscuros”, comienza con una nota encontrada al azar en el periódico: en una aldea remota de las planicies chinas las mujeres hablaron durante cuatro siglos una lengua secreta. Fernando, actor del relato, acostumbra recortar ciertas notas de los periódicos para adosarlas a una pared. Más adelante, descubre que la mesera de un bar donde él es habitual escribe en las comandas frases ilegibles. Entonces se imagina a la mesera como un habitante más de la mítica aldea, el eco de un historia que no acabará jamás. Y vuelve la eterna sospecha: que las mujeres de todos los tiempos se han empeñado en el cultivo de una lengua que es ajena a los hombres. No por razones distintas, Robert Walser escribió que la sonrisa femenina es una costumbre insensata y al mismo tiempo un fragmento de historia universal: una locura que perturba a los hombres desde su nacimiento. “Los lugares oscuros” es merodeo de estas sospechas, paseo alrededor de signos que nadie podrá descifrar a fondo.
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