El niño y la suicida

Una tarde especialmente soleada, de regreso a su departamento, Silva se descubre pensando que una de las razones por las que no ha querido mudarse de ciudad, de barrio -de perímetro, puntualiza-, de manzana y ni siquiera de calle es porque en ella, en su propia calle segada por un camellón sembrado de palmeras polvosas, vida y muerte coexisten día a día, codo con codo, en una inexplicable simbiosis. Recuerda de pronto, como si hubiera sido ayer, aquella mañana dos años atrás en que despertó sacudido por los gritos de una mujer que se adelantaron veinte minutos a la alarma programada a las siete cuarenta y cinco. A los gritos no tardó en unírseles una andanada de sirenas que hizo saltar en pedazos el vidrio matinal y obligó a Silva a tallarse los ojos con fuerza para primero desembarazarse de la red de un sueño que jamás pudo reconstruir y después arrancarse las sábanas, dejar la cama, dirigirse descalzo al ventanal del dormitorio y apartar las cortinas para localizar el origen del barullo.

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Publicado en: 2006 Octubre